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Quién roba a Cataluña

Mas utiliza el independentismo para encubrir la corrupción de su partido

Artur Mas durante un acto de Òmnium Cultural donde sugirió que las acusaciones de Fèlix Millet, Jordi Montull y Gemma Montull contra Convergència son "pura invención".
Artur Mas durante un acto de Òmnium Cultural donde sugirió que las acusaciones de Fèlix Millet, Jordi Montull y Gemma Montull contra Convergència son "pura invención". EFE

Artur Mas, primer ministro del último Gobierno de Jordi Pujol y presidente de la Generalitat después, queda inmediata y directamente interpelado por los hechos expuestos por los máximos responsables del Palau de la Música Catalana ante el tribunal que les juzga. Hasta ahora, las reacciones de Mas a las diversas tramas corruptas recuerdan mucho a las del Partido Popular y de Mariano Rajoy en la cascada de casos judiciales que afectan a personas de su formación política: son asuntos del pasado, el proceso judicial ha durado demasiado tiempo, ya veremos en qué queda todo. Pero el sucesor de Jordi Pujol hereda también las consecuencias de la corrupción rampante en su partido y, por más que intente envolverse en tecnicismos, pocos pueden dudar ya de su responsabilidad política.

En su día, Mas aseguró en el Parlament que Convergència era ajena al saqueo. Últimamente ha garantizado en público su plena confianza en los que han sido tesoreros de Convergència bajo sus mandatos. Mientras tanto, la justicia ha seguido su curso y se han abierto más procesos en los que también se investiga el pago de otras comisiones. La oposición ha pedido explicaciones inmediatas de Mas en el Parlamento de Cataluña, y sorprende que Esquerra Republicana, tan activa en el trabajo contra la corrupción, no forme parte ahora de las fuerzas que lo exigen, sin duda a la espera de obtener réditos políticos de las ruinas del nacionalismo.

De lo escuchado en el juicio queda claro que el Palau de la Música era uno de los medios utilizados por Convergència para financiarse ilegalmente. Y sus responsables no cobraban solo la cifra mítica del 3% del importe de adjudicación de obras públicas, sino que hubieron de subir al 4% “porque Convergència quería más dinero”, según la abrumadora declaración de Jordi Montull, ex número dos del Palau, quien ha confirmado y ampliado la del día anterior de Félix Millet, el principal responsable. El modus operandi —pagos en efectivo a los tesoreros del partido— era el habitual de tantas tramas corruptas. El entonces tesorero Daniel Osàcar “venía a buscar el dinero al Palau. Yo tenía el dinero a punto en un sobre, él lo recogía, lo contaba y se iba”, siempre según Montull.

El sentimiento independentista no va a desaparecer en Cataluña por los casos de corrupción, pero todo cuando se va sabiendo cuestiona el “España nos roba”, argumento con que el aparato de propaganda del separatismo ha machacado durante años. Por el momento, el que se está demostrando que robó a Cataluña es el que fue su partido gobernante durante muchos años, y esto no se borra por más que haya transmutado sus siglas a las de PDECat.

Que todo esto coincida con la mixtificación de un trámite urgente y semisecreto de la reforma del reglamento del Parlament, destinada a encubrir jurídicamente la declaración de Cataluña como república independiente, es una cortina de humo demasiado burda y un modo realmente estrambótico de defender la necesidad agónica de una nueva patria. Todo hecho contra las promesas de transparencia, respeto a la legalidad y compromiso de contar con la mayoría social que el independentismo había predicado.

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