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Qué Europa queremos

El Libro Blanco busca que los Gobiernos definan el futuro de la UE, sin obstaculizarlo

Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea
Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea EFE

El Libro Blanco sobre el futuro de Europa que la Comisión presentó el miércoles al Parlamento Europeo supone una operación política de calado. Debería desembocar a lo largo de este año en una aclaración de la voluntad política de los Gobiernos y los ciudadanos que la sostienen. La Comisión pregunta a todos, claramente, qué quieren que sea Europa cuando sea mayor; esto es, desde ya, puesto que el Tratado de Roma que la fundó cumple este mes 60 años.

El ejercicio es políticamente imprescindible. Sobre todo porque plantea sin embozos alternativas a la dinámica actual de la UE, paralizante e insuficiente para afrontar los múltiples retos a los que se enfrenta el continente.

La secuencia habitual consiste en que el Ejecutivo comunitario —Bruselas— propone avances en la integración, los 28 Gobiernos los aplauden retóricamente, los populismos de distinto signo los vapulean en la calle y al final casi todo el mundo incumple los compromisos contraídos. Las ideas y proyectos nuevos se desgastan así sin generar ilusión ni sensación de compartir proyecto, a la par que se minoran los resultados prácticos.

El Libro Blanco devuelve la pelota a los Gobiernos, que desde hace muchos años usan a las instituciones comunes, y sobre todo al Ejecutivo, como chivo expiatorio de sus déficits y errores. La actual UE, pese a su eficacia administrativa —y judicial—, se está convirtiendo por ello en una máquina de europeizar fracasos y nacionalizar éxitos. Así, la Europa política carece del impulso requerido para asentar las políticas comunes necesarias, mientras que el antieuropeísmo, nacionalista y populista, se ceba en esa carencia para obstaculizar los avances, aún sin poderlos destruir. Hay que desempatar.

Harta del juego sadomasoquista en el que sus mejores propuestas (por ejemplo, sobre el reparto de los refugiados) se ven congeladas, desnaturalizadas o aplazadas por los Gobiernos, la Comisión les pone frente al espejo de la responsabilidad. Ya era hora.

Y el momento para fraguar respuestas resulta adecuado, porque este año, plagado de convocatorias electorales, no incentiva las grandes iniciativas, pero sí posibilita la reflexión, y la preparación de un nuevo rumbo para la Unión.

Se necesita una hoja de ruta de nuevo cuño y consensuada. Por razones externas, dados los peligros y/o retos que entrañan la agresiva presidencia de EE UU, la insistencia rusa en un nacionalismo agreste y la redefinición en curso de todo el área asiática, principalmente de China. Y también por motivos internos, dado el desafío de reconducir o dar buena salida al Brexit, que sustraería a la Unión de su tercer (y muy relevante) socio.

Bruselas plantea cinco escenarios de futuro, desde el continuismo de lo actual a unos EE UU de Europa, pasando por reducir la UE a un mero mercado o distintos grados de velocidad en su construcción. Se echa en falta cuál sea la apuesta de principio del proponente, aunque eso facilitará quizá que los 28 sean más concretos. Y se aprecia la autocrítica del proemio, que sintetiza bien las decepciones e incertidumbres ciudadanas y los defectos de la Unión y de sus políticas.

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