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Mentiras y delitos

Si Esquerra no expulsa al exjuez Vidal, valida su aplauso a los Estados policíacos

De izquierda a derecha, Francesc Homs, Oriol Junqueras, Santiago Vidal y Artur Mas. Detrás, Carles Puigdemont.
De izquierda a derecha, Francesc Homs, Oriol Junqueras, Santiago Vidal y Artur Mas. Detrás, Carles Puigdemont.

El senador de Esquerra y exjuez Santiago Vidal ha propagado que la Generalitat cometió una larga serie de hechos que resultan delictivos, y/o estratosféricos. El más grave atenta contra todos los ciudadanos catalanes, violando criminalmente su intimidad y toda la legislación —catalana, española y europea— sobre protección de datos: consiste en que “la Generalitat tiene todos vuestros datos fiscales” mediante un procedimiento de sustracción o compra, del todo ilegal y delictivo.

O el senador miente descaradamente. O es un delincuente. O quizá ambas cosas a la vez, en distinto y contradictorio grado.

Apretado por los suyos, él mismo alegó ayer que sus revelaciones en “tono coloquial” son falsas: “no se ajustan a la realidad”. Cuesta creerlo, porque no han sido improvisadas, sino reiteradas en al menos media docena de conferencias públicas. Y porque su trayectoria profesional previa a su paso a la política republicana era la de un juez alternativo pero detallista, conocedor del Código Penal y de sus castigos.

A la interpretación de la mentira, el desvarío o la calentura se han acogido medios benévolos y portavoces de Esquerra, que le excusan porque “arengaba a la tropa” (sic) para la secesión. Si eso fuese cierto, no solo Vidal, sino todo el partido de cuya ejecutiva formó parte hasta ayer, sería reo de los mismos horrores del engaño, la posverdad, la opacidad y la falacia que han impuesto los defensores del Brexit y Donald Trump y sus amigos xenófobos.

No basta, pues, que Esquerra le haya forzado a dimitir del Senado y su dirección. Hasta que no lo expulse de su militancia y su entorno, será el partido de Oriol Junqueras el principal responsable de estos desmanes, por contagio de un exdirigente.

Algunos piensan que la degradación del senador; el mentís “categórico” de la (inane) portavoz del Gobierno de la Generalitat, Neus Munté, que ha logrado que nadie crea ni sus obviedades; y las melifluas excusas del departamento de Junqueras no son ni suficientes ni convincentes.

Alguna razón les alberga, porque los sucesivos Gobiernos secesionistas, de Artur Mas al actual, se han vanagloriado de su astucia, de sus hábiles escamoteos de la legalidad, de su capacidad de engaño “al Estado” (y a los catalanes y a todos los españoles), y de la elaboración de leyes de “desconexión” secretas, como la de “transitoriedad jurídica”. Todos ellos, caldos de cultivo para desvaríos como el de Vidal.

La investigación abierta por la fiscalía es, pues, incuestionable, porque si el exjuez no mentía, delinquía: revelando secretos (artículo 197 del Código Penal), o bien omitiendo denunciar a quien cometía delitos (459), o encubriéndole (451).

Vidal simboliza, con su regodeo en violar los derechos de los catalanes; de manipular a los jueces, cribándolos y depurándolos; con su satisfacción por las partidas secretas de los presupuestos; con su aplauso a los extraños pactos con potencias extranjeras sobre contraespionaje y dispositivos militares para Cataluña una grave enfermedad que afecta a ciertos sectores del procés: la querencia por la ilegalidad, el desprecio a la ley, la violación de derechos individuales, el secuestro de la independencia de los jueces y la admiración hacia un Estado policíaco como los que han dejado imborrable recuerdo.

 

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