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El carisma del Papa

Francisco propone diálogo, un camino más largo pero en el que todos ganan

El Papa Francisco. EFE

A lo largo de casi cuatro años de pontificado, el papa Francisco ha dado a la Iglesia católica una influencia global como no había tenido en décadas. Lo más importante es que Jorge Bergoglio sabe que un líder debe ganarse la simpatía y la credibilidad para, en pasos posteriores, tratar de emplearlas en lograr sus objetivos. No hay duda de que quienes le eligieron querían cambios respecto de los antecesores.

La entrevista concedida a EL PAÍS y publicada el pasado fin de semana ofrece un acabado ejemplo de las diferencias entre Francisco y su predecesor, el frío teólogo académico Joseph Ratzinger, y de lo consciente que el Papa se muestra de que solo se puede restaurar una Iglesia afectada por diversos problemas a base de conectar con la gente.

Francisco sostiene que la única revolución que intenta es la de la normalidad. Se observan sus esfuerzos para despejar la imagen —tan reiterada en tiempos pasados— de multiplicar los anatemas y las prohibiciones. De su lenguaje se desprende que ha cortado con el mensaje de la Iglesia sancionadora y lo ha transformado en ideas de acogida, escucha y preocupación, principalmente por los colectivos excluidos. Invita a no pensar en calamidades de antemano, pero sin dejar de abordar los problemas de fondo que afectan a las convulsas sociedades contemporáneas. Por eso en la entrevista con este periódico resurge su inquietud por la dura respuesta del mundo próspero hacia millones de personas dispuestas a arriesgarlo todo por una vida mejor. De ahí su reconvención a los que mantienen: “Busquemos un salvador que nos devuelva la identidad y defendámonos con muros, con alambres, con lo que sea, de los otros pueblos que nos puedan quitar la identidad”.

Francisco no busca enfrentamientos, sino la forja de consensos. Este es un camino habitualmente largo y que otros actores de la vida pública suelen considerar inútil, por lo menos a corto plazo. Muy razonablemente, el Papa aconseja la práctica del diálogo antes que el desprecio de las posiciones de los demás, y en este punto hace una interesante referencia a España como un país necesitado de dialogar. No se trata de una actitud buenista, como lo ha demostrado la diplomacia vaticana, activada en diferentes conflictos. Sí acepta el desgaste de no limitarse a desempeñar la tarea de un intermediario, atento a sus propios intereses, y prefiere la del mediador, que “hace que ganen las partes aunque él pierda”. Sus referencias a construir puentes, y no muros, sí constituyen una crítica frontal a la actitud de ciertos dirigentes políticos, sin nombrarlos.

Jorge Bergoglio, argentino de origen, es el primer Papa nacido fuera de Europa. Esto le hace tener muy en cuenta a fieles católicos de todo el mundo, y sin duda los de Latinoamérica, que le resultan tan cercanos. Es difícil saber si conseguirá ganar sus audaces apuestas, sobre todo en lo que se refiere a la renovación de la curia de Roma.

En todo caso, su palabra convincente, su imagen carismática, le mantienen en la batalla de la reforma interna de la Iglesia y le ayudan a navegar en un mundo proceloso. Tanto si el que atiende los mensajes del Papa se sitúa en un marco confesional como si no, siempre resulta muy interesante escucharle.

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