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ANÁLISIS

¡Temprano empiezan!

En política, quienes se llaman amigo o maestro acaban a tortazos

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias (d) el 20 de diciembre en el Congreso. EFE

Temprano empiezan. Felipe y Guerra, que eran como el huevo y la patata de la tortilla, tardaron veinte años en mirarse torcidos. Carrillo sobrevivió a sí mismo, pero era una bomba de relojería en un partido al que Stalin le había puesto su sello, y allá donde se desmadraban Semprún, Claudín o Pradera, se hacía borrón y cuenta nueva. Ni el eurocomunismo alivió esa fiebre.

Los siguientes, en cada una de esas escalas, han afilado los colmillos de la misma manera; a Rubalcaba le dijeron sí, por poco, en Sevilla, y un mes más tarde ya no quedaba nada de la tregua. Y luego, en la era Sánchez, a éste le crecieron pronto los colmillos y entre todos se los mellaron de cuajo, y él se fue a la calle, buscando un coche.

¿En el Partido Popular? Eso es una novela noruega, que cuando acaba empieza otra vez. Nombres propios, de ciudades también: Valencia, Esperanza, Mariano, Rita, Aznar, Fraga, Paco Camps. Pocos se dieron cuenta, pero había que ver esa mirada de Aznar a Fraga en Valencia; la gente se fijó solo en la mirada de Aznar a Rajoy. Pero la de Aznar a Fraga era un capítulo de House of cards, no te metas en mi sitio, aparta, viejo,o, si me permiten, del Milenio sueco, tan lleno de sangre.

La amistad no hace buena cama en la política, desde César a Aznar, por poner a dos campeones

¿Y ahora? Todavía no se ha puesto en la pantalla la película Gürtel, pero ya se sabe qué pasó con la B de Bárcenas, una película de terror y enemistad en la que Casablanc le puso la cara de demonio a las dos partes.

Si entras con un cuchillo en la mantequilla de los partidos (de los catalanes, de los gallegos, los vascos son más sosegados, de los andaluces, de los canarios…) encontrarás una nuez que sangra, y esa nuez la partieron los amigos.

¿Los amigos? La amistad no hace buena cama en la política, desde César a Aznar, por poner a dos campeones, desde Washington a Trump, por poner a otros dos campeones de ligas distintas. Quienes más dicen “amigo” o “maestro” para referirse a otro son los actores y los periodistas. Y los políticos, si lo sabrá Romanones, menuda tropa. Hay una famosa anécdota que contaba Jesús de la Serna sobre dos periodistas que se llevaban a matar, como Jack Lemmon y Walther Mattau; un día uno le gritó al otro “¡¡Maestro!! Y el otro lo mató con la mirada, diciéndole: “¡¡Más maestro serás tú!!”.

No nos llevamos bien, no se llevan bien. Y los que dicen lo contrario hacen como Pablo Iglesias e Íñigo Errejón, que antes de esta trifulca de Navidad, hashtag por medio, han roto las paces selladas, para beneficio de las redes sociales, tan alimentarias, con un beso que dio la vuelta al ruedo.

Aquí, en la política, decir amigo o decir maestro lleva detrás el tortazo

Eso de los besos. Dejan sabor amargo o dulce, y este debe saberle ahora a perros, porque se rompió por donde más dulce había: se dijeron tanto, por carta, amigo, compañero, amoríos tan varios, que cuando explotó la pus ya estaba todo el cuerpo contagiado. El cuerpo de Pablo, el cuerpo de Íñigo, y salieron a la calle a tortazo limpio. En la jerga actual tortazo se llama tuit, esa palabra de pajarillos.

La película la habíamos visto, en el PSOE, en el PCE (¿recuerdan el PCE?), en el PP, entre gallegos, entre andaluces, entre canarios… Aquí las parejas que han sobrevivido son, ay, qué años, las de Segarra y Gensana, las de Mauri y Maguregui y todas aquellas que fueron bendecidas por el dios del fútbol viejo.

Aquí, en la política, decir amigo o decir maestro lleva detrás el tortazo. A veces se ve, como ahora, y a veces se sirve frío, como la sopa envenenada. En el caso que ahora nos ocupa, podría decirse eso que dicen los canarios cuando la gente se pelea por las herencias: “¡Temprano empiezan!”.

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