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Nostalgia y nacionalismo

La supremacía de la raza blanca es el punto de encuentro de los distintos grupos de la peligrosa derecha alternativa estadounidense

Steve Bannon, nuevo consejero principal de Donald Trump. AP

En los próximos tiempos oiremos hablar bastante de la derecha alternativa (o alt-right), un movimiento nacido en Estados Unidos que se presenta como la alternativa al conservadurismo clásico y que reúne a un amplio número de grupos que critican a los líderes convencionales. No conviene creer que se trata de un movimiento alternativo, lleno de gente joven, vitalista, un poco indie y un poco asilvestrada, deseosos de mejorar la sociedad. Se trata de algo muy peligroso: son movimientos racistas, cuyo principal punto de encuentro es la supremacía blanca.

En una era en la que se consigue como nunca disimular viejas ideas con nombre nuevos, la alt-right o derecha alternativa esconde el más antiguo y conocido odio racial. Lamentablemente, denuncia Ian Allen en la revista The Nation, la nueva palabra aparece continuamente, cada día más, en medios de comunicación, como denominación de algo inédito, cuando es una ideología bien conocida. Se presentan de muchas maneras: grupos anti-inmigración, antifeministas, anti-musulmanes, cristianos fundamentalistas o anti-gay, pero detrás de todos ellos crece una misma idea: el llamado nacionalismo blanco.

La categoría racial como identidad nacional está echando raíces no solo en Estados Unidos, sino en medio mundo occidental, sin que se le conceda la importancia que tiene y sin que se organice la respuesta que merece. Está ya claramente presente en Europa (el próximo día 4 se celebran elecciones presidenciales en Austria, con un candidato que podría caer perfectamente en la categoría de nacionalista blanco, se expande en la Europa central, asoma la cabeza en la Alternativa para Alemania (AfD) y se infiltra en el nuevo gobierno que prepara el presidente electo Donald Trump, con el nombramiento como “consejero principal” de Steve Bannon. En el entorno del nuevo mandatario estadounidense se van colocando personajes que si no son directamente racistas, se aproximan mucho. Betsy DeVos, la nueva secretaria de Educación, es una millonaria, por matrimonio y por familia (su hermano, Erik Prince, es el fundador de la empresa de mercenarios Blackwater, que envía miles de soldados privados a Afganistán e Irak), militante activa contra los derechos de los gay y contra los sindicatos de profesores, y probable miembro del secretista Council for National Policy, la organización que reúne a los más poderosos reaccionarios de EE UU, incluidos bastantes nacionalistas blancos.

Poco a poco, los medios de comunicación norteamericanos comienzan a elevar el tono de alarma. No muchos llegan al extremo de Michael Hirsh, responsable de la información nacional de la famosa revista Politico, que publicó esta semana en Facebook la dirección particular del principal portavoz de la alt-right, Richard Spencer, de 38 años, no con la idea de que le enviaran cartas, sino recordando la costumbre de “nuestros abuelos de llevar bates de baseball a la reuniones del Bund” (la German American Federation, organización nazi estadounidense). Hirsh ha dimitido después de que su director, John Harris, afirmara que su comentario “excede los límites de lo aceptable”.

En una entrevista publicada recientemente por la revista sueca Glänta, el filósofo Zygmunt Bauman propone denominar a estos primeros años del siglo XXI como la “era de la nostalgia”, una idea que reemplaza a la llamada “era del progreso” de la segunda mitad del siglo XX. La nostalgia, la tristeza por un bien perdido, ha tenido siempre aristas muy peligrosas: depende de qué se considere un bien y a quien se considere responsable de su pérdida. Tal y como están las cosas, parece que se extiende la idea de que el bien perdido es la cultura blanca y los responsables, los inmigrantes. A eso, antes, no se le llamaba alt-right, ni tan siquiera nacionalismo blanco. Se conocía como racismo nazi.

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