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Obama en Cuba

El régimen castrista debe dar pasos concretos de apertura tras la normalización de relaciones con EEUU

El anuncio de la visita que el próximo 21 de marzo realizará Barack Obama a La Habana —la primera de un presidente norteamericano a la isla en casi un siglo— es el máximo escalón registrado hasta ahora en la normalización de relaciones entre Cuba y Estados Unidos tras décadas de desencuentro.

Independientemente de las reacciones políticas al anuncio del viaje—en plena temporada de primarias en EE UU— el mandatario estadounidense ha impreso un tono de demanda de apertura al castrismo que es imposible pasar por alto. Obama ha subrayado que viajará a la isla para promover “los esfuerzos y avances que mejoren la vida de los cubanos”, y ha insistido en los últimos meses en que no excluye a nadie de sus posibles entrevistas y que, entre sus prioridades para Cuba, está la libertad de expresión.

Se trata de dos cuestiones concretas que apuntan directamente a respaldar a la oposición interna al castrismo. Si Raúl Castro diera algún paso en este sentido, supondría un cambio vital en un régimen que desde que se anunciara la normalización de relaciones, en diciembre de 2014, ha visto a una comunidad internacional volcada con Cuba pero que, a cambio, ha dado escasas muestras de cambio y apertura real.

Es cierto que desde el lado estadounidense queda por resolver el embargo. Aunque Obama ha expresado su voluntad de acabar con la medida —que no ha tenido el efecto de acabar con el régimen pero sí el de empobrecer a los cubanos— se enfrenta a la negativa de un Congreso en manos de los republicanos que, en año electoral y con el calendario de primarias marcando la visita, parece muy difícil que la acepte. En todo caso, Obama no quiere que este viaje —muy importante en la configuración de su legado— sea utilizado por los republicanos contra la persona que finalmente resulte elegida para la candidatura demócrata.