La ilusión de los Oscar frente a la industria real

Los premios enseñan lo que la academia del cine entiende por calidad, pero en la trastienda actúan también otros elementos de decisión

Sabemos que los Oscar son un ejercicio de autocomplacencia; la industria se premia a sí misma, por vanidad corporativa, por ínfulas artísticas, por exhibición de poder económico y por táctica comercial. Las estructuras antropológica (como las fiestas de la siega o de la vendimia), psicológica (autoafirmación) o de mercado son perfectamente identificables. Pero importa el premio, la coartada; y no es evidente lo que premia el festival, ni cómo lo premia. Puede argumentarse que al tratarse de una manifestación artística, los criterios son constitutivamente subjetivos y arbitrarios. Pero la arbitrariedad no excluye unas reglas propias de reconocimiento. De hecho, se premia de manera diferente en Cannes, en Berlín, en Venecia o en San Sebastián.

¿Qué premian exactamente los Oscar? ¿La excelencia de la dirección, de la interpretación o de los guiones? Bastaría para descartar esta respuesta el recuerdo de que Alfred Hitchcock nunca recibió la estatuilla, y otros grandes artistas fueron premiados a título honorífico. ¿Retribuyen los académicos algunas líneas artísticas hipertrofiadas, como las películas que han requerido esfuerzos excepcionales de producción y rodaje, a intérpretes que fuerzan sus límites físicos hasta hacerse irreconocibles, al modo de Robert de Niro o Charlize Theron? Seguro. ¿Se limitan a apostar por el cine más publicitado, el que llega antes a sus mansiones envuelto en mejores cohechos? No hay que descartarlo. ¿Los premios se reparten siguiendo las directrices de los núcleos de poder en Hollywood? Probablemente; así se explicaría la persistencia de premios a directores mexicanos (Cuarón, Iñárritu) bien integrados en Hollywood. Y, en fin, ¿incluyen los académicos el criterio de compensación para reparar errores notorios?

Si estas hipótesis son ciertas, las probabilidades de los premios gordos en 2016 quedarían repartidas del siguiente modo: mejor película para The Revenant (todavía no estrenada en España) porque, al margen de su calidad, se ha rodado en condiciones extremas de soledad y temperatura, con el añadido extravagante y presumiblemente conmovedor de que se ha filmado con luz natural; mejor director, González Iñárritu, por The Revenant, por las razones expuestas más su nacionalidad mexicana; mejor actor, Leonardo di Caprio, por la misma película, con el agravante de que la Academia le debe un Oscar desde su apabullante exhibición en El lobo de Wall Street; mejor actriz, Cate Blanchett, simplemente porque Carol es un argumento presuntamente espinoso (lesbianismo) y Cate tiene una capacidad histriónica superior a la de sus competidoras (incluida Jennifer Lawrence).

El principio de Hollywood es el propio espectáculo. Los Oscar miden la imagen que tiene la industria de sí misma: edénica y narcisista. Le encanta ser observada. Enseña en el escaparate lo que entiende por calidad, pero en la trastienda habitan los poderes reales (las interminables sagas de superhéroes, acunadas por las majors). Los Oscar mantienen la ilusión de que no todo son superhéroes, Star Wars y franquicias Fast & Furious mientras Disney y Marvel dominan el negocio, cuyos Oscar están en la taquilla.