EL DEFENSOR DEL LECTOR

Un tremendo error

La difusión de una foto falsa de Hugo Chávez intubado indigna a los lectores, que critican su publicación incluso en el supuesto de que hubiera sido auténtica

La publicación de una foto falsa el pasado jueves del presidente de Venezuela, Hugo Chávez, fue un tremendo error, y así lo admitía la rectificación que publicó el viernes el diario y que se titulaba “La foto que EL PAÍS nunca debió publicar”. Una vez, aunque tardíamente, detectado que se trataba de la imagen de otro paciente, el diario la retiró de la web y paralizó la distribución de la edición impresa en todos los puntos de venta donde fue posible. Paralelamente se imprimió una nueva edición, sin la supuesta noticia, que llegó con retraso a los quioscos. El jueves, el diario publicó una nota en la edición digital en cuya versión definitiva se pedía disculpas a los lectores por lo ocurrido y se anunciaba la apertura de una investigación.

La foto fue ofrecida al departamento de Fotografía en la mañana del miércoles por la agencia Gtres Online, con la que el diario ha trabajado en distintas ocasiones sin problemas. A lo largo de la tarde, el director adjunto, varios subdirectores y el responsable de Fotografía aquel día, así como un representante de la agencia, tuvieron distintas conversaciones para analizar la oferta y la publicación de la imagen. El director, ausente de España, fue informado. El asunto central era evaluar las garantías que ofrecía la agencia sobre la autenticidad del documento. Según su versión, la foto había sido obtenida siete días antes por una enfermera del hospital cubano donde está ingresado el mandatario y había llegado a España a través de la hermana de esta. La agencia, que ha admitido que fue engañada, pidió que no se publicasen estos detalles para evitar represalias. Aunque se hizo un chequeo en Internet buscando la foto, no se detectó que, la semana anterior, varios internautas habían denunciado en Twitter la difusión de un vídeo de unos 30 segundos de una persona intubada en el que falsamente se apuntaba que Chávez era el enfermo. En los citados mensajes se enlazaba a su auténtico origen. Esta semana, Venezolana de Televisión emitió un reportaje donde relataba la manipulación del citado vídeo, cuyo montaje atribuía a un exembajador panameño. La foto que publicó este diario procede de este vídeo que, en realidad, presenta el tratamiento a un paciente acromegálico de 48 años. Un documento médico que no tiene nada que ver con Chávez y que se halla en YouTube desde el 6 de agosto de 2008. No es la primera vez que en Internet circulan imágenes fraudulentas de Chávez. Este mes se distribuyó un fotomontaje, utilizando un fotograma de la serie Perdidos, que presenta el supuesto cadáver del dirigente venezolano. Este mismo miércoles circuló por la Red otra imagen, igualmente sin ninguna acreditación de veracidad, en la que aparecía el político venezolano paseando por La Habana. A las 2.11 de la madrugada del jueves, la agencia Efe distribuía una nota en la que informaba de la publicación por parte del diario de la citada foto y se citaba que en el pie informativo de la misma el diario precisaba que “no ha podido verificar de forma independiente las circunstancias en que fue tomada la imagen, ni el momento preciso, ni el lugar. Las particularidades políticas de Cuba y las restricciones informativas que impone el régimen lo han hecho imposible”. El propio diario anunciaba en las redes sociales la supuesta exclusiva. La imagen fue publicada en la web del diario a las 3.50. Los comentarios de internautas sobre la falsedad de la foto alertaron a los responsables del diario que retiraron la imagen de la web hacia las 4.20 e iniciaron la compleja operación de paralizar la distribución de los ejemplares impresos. El proceso de cambio en la edición supuso que el jueves llegara con retraso a muchos puntos de venta.

Los lectores han manifestado a través de mensajes y llamadas su indignación. Algunos admiten que la reacción del diario, retirando la edición, fue la debida, aunque ello no mitiga su crítica por lo sucedido. Otros plantean una segunda cuestión. ¿Incluso en el caso de que la foto hubiera sido auténtica… debería haberse publicado? Su respuesta es que no. La oportunidad de la difusión de la imagen del enfermo intubado, obviamente ignorando su falsedad, fue considerada por los responsables del diario. La conclusión a que se llegó es que la imagen era pertinente tras la ausencia de Chávez en el acto de toma posesión del nuevo mandato y ante la falta de transparencia informativa de las autoridades venezolanas sobre la situación del enfermo.

Varias sentencias del Tribunal Constitucional español establecen el criterio de que ante una colisión de la libertad de información con el derecho a la intimidad debe darse preferencia, en general, a aquella. El Libro de estilo del diario establece que las fotografías con imágenes desagradables “solo se publicarán cuando añadan información”. En la hipótesis de que se hubiera tratado de una foto auténtica cabría plantearse su publicación si sirviera de aval a una precisa y contrastada información sobre el estado de salud del mandatario y para combatir la opacidad. Sin estos datos, la imagen aislada, en un contexto indeterminado, pierde valor testimonial y se carga de connotaciones indeseables. He trasladado al director del diario, Javier Moreno, las quejas de los lectores por la decisión de publicar una foto sin que el diario hubiera logrado establecer de forma independiente las circunstancias, lugar y fecha de la foto, y el reproche porque, incluso en la hipótesis de que hubiera sido auténtica, el diario hubiera considerado que merecía ser publicada.

En la Red había avisos previos sobre la falsa atribución del vídeo

La respuesta es más larga de lo habitual, pero la excepcionalidad del caso creo que justifica su publicación íntegra:

“La publicación de una foto falsa del presidente venezolano durante 30 minutos en la web —y en la edición impresa, que tuvo que ser retirada en la madrugada de los canales de distribución— constituyó un error de enorme gravedad, cuyas consecuencias sobre la credibilidad y el prestigio del periódico en España y en el extranjero, especialmente en América Latina, no minusvaloramos. Tras el incidente, ordené a dos periodistas del diario, José María Irujo y Joseba Elola, una exhaustiva investigación sobre lo sucedido. De la lectura del texto, que se publica hoy en la sección de Internacional, y de mi conocimiento de los hechos, tengo claro que el error primordial consistió en creer que la agencia estaba realizando un trabajo de verificación, similar en estándares a los del propio periódico, cuando en realidad nada de ello estaba aconteciendo durante las largas horas en las que se sucedieron las negociaciones y conversaciones para la adquisición de la imagen. Ese fue un yerro propio, que no podemos ni debemos atribuir a nadie más. Y puesto que no pudimos verificar de forma independiente las circunstancias, el lugar o el momento en el que se tomó la fotografía, como se explicaba en el texto que acompañaba a la imagen, esta no debió publicarse nunca. He de manifestar que esta precisión sobre el hecho de que EL PAÍS no hubiera podido verificarla de forma independiente no se introdujo en el texto a modo de cautela, en la eventualidad de que aquella fuese falsa, como finalmente se demostró. La foto se publicó porque creímos que era auténtica. La precisión se añadió para proporcionar al lector toda, absolutamente toda la información: creemos que la foto corresponde al presidente venezolano —por eso la publicamos, y no por otra razón—, pero aun así ha de saber que nosotros no hemos logrado verificarla de forma independiente. Ese es el abismo moral que media entre el error y la manipulación; nadie, cuando se equivoca, es consciente de que se está equivocando; aquellos que violan un principio ético son perfectamente conscientes de lo que están haciendo. De haber llegado la foto a la redacción por una vía irregular, sin mediar una organización profesional como una agencia informativa, y al depender únicamente de nuestras propias averiguaciones, la imagen jamás hubiera encontrado un camino hasta las páginas del periódico. Otro debate legítimo es si la foto, incluso en el caso de ser verdadera, debiera haberse publicado. Comprendo las razones de los lectores que argumentan que un periódico como EL PAÍS no debería haber accedido en ningún caso a difundir la imagen de una persona en una cama de hospital, por lo que ello supone de grave menoscabo a su derecho a la intimidad y a su imagen personal. Y me preocupan especialmente las acusaciones de doble rasero: que el periódico pueda tomar esa decisión con un dirigente latinoamericano, pero que jamás lo hubiera hecho con un mandatario europeo. Un periódico se distingue tanto por lo que publica como por lo que no publica, y este último es también un derecho que en EL PAÍS ejercemos a conciencia: la publicación de toda foto susceptible de herir sensibilidades o infringir los derechos de las personas se debate siempre en profundidad, a menudo de forma acalorada entre los responsables de la redacción. Yo tomo siempre la última decisión. Y, efectivamente, una imagen similar de un dirigente político de un país con una democracia avanzada, en la que prima la transparencia informativa, en el que los medios ejercen su trabajo sin trabas ni restricciones, y en el que el equipo médico responsable emite un parte diario para mantener informada a la opinión pública no tiene cabida alguna en nuestro periódico, y así se ha acreditado siempre a lo largo de nuestra historia. Ese respeto no ha variado. Y se seguirá aplicando de forma inflexible en el futuro, se trate de personas en Europa, en América Latina o en el resto del mundo. Pero Venezuela no observa ninguna de las normas anteriores: el presidente no acudió a la toma de posesión, las informaciones sobre su salud han sido escasas o inexistentes y a millones de ciudadanos venezolanos se les priva del conocimiento de las circunstancias y el estado preciso de salud de su presidente, internado por añadidura en Cuba, una dictadura que además de excluir la pluralidad limita severamente las libertades de información y opinión. En estas circunstancias, juzgamos que la foto de Chávez constituía un documento de interés para la opinión pública.

El director pide disculpas y señala la distancia entre error y manipulación

He hablado antes del abismo moral que distingue el error de la manipulación. Los otros elementos que separan al uno de la otra consisten en la rectificación, pronta y con limpieza, y en la petición de disculpas. Tras descubrir el engaño, el periódico retiró en media hora la noticia de su página web y a esa hora de la madrugada, las 4.20 (horario peninsular español), comenzó una compleja operación logística, en la que no se escatimaron esfuerzos ni regatearon costes, para retirar la edición impresa de todos los canales de distribución. El periódico pidió disculpas a sus lectores, que yo quiero hacer hoy extensivas a los venezolanos que se hayan sentido ofendidos por la publicación de la foto y, naturalmente, al propio presidente de Venezuela.

Lo sucedido me ha llevado también a poner en marcha un debate en el periódico sobre la necesidad de reforzar las estructuras de consulta y de toma de decisión en el periódico; de ordenar la investigación a fondo de las circunstancias que llevaron a la comisión del error que hoy publicamos y a escribir este texto a requerimiento del Defensor del Lector. Por su longitud (más de 1.000 palabras), hubiese podido convertirse en un artículo propio. Pero he considerado que en los momentos de zozobra y dudas sobre nuestras propias capacidades que siempre suscita la comisión de un error, resultaba más necesario que nunca someterse a —y reforzar así— las instituciones que rigen la vida de EL PAÍS y los mecanismos con los que buscamos la excelencia, pese a los errores de los que no se libra ninguna actividad humana. El Defensor del Lector y el trabajo profesional de sus periodistas, en la figura de los que hoy firman la investigación sobre este desgraciado asunto, son dos de ellas”, concluye el director.

El diario cometió un grave error que procuró subsanar sin reservas. Pero el episodio pone en evidencia la necesidad urgente de establecer nuevos protocolos de verificación que refuercen el blindaje ante el error e impidan que se reiteren estas lamentables equivocaciones.

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