El mejor año de Soraya Sáenz de Santamaría

La vicepresidenta ha aprendido a blindar su vida privada y a sortear la polémica

Afronta su aniversario como madre y portavoz del Gobierno

Soraya Sáenz de Santamaría, a su llegada al Congreso de los Diputados, en Madrid, a finales de octubre. / ULY MARTÍN

La hemos visto mandar, mucho, tan solo con el gesto de dar el turno, cada viernes, a los periodistas en la rueda de prensa del Consejo de Ministros. La hemos visto zafarse dialécticamente de la oposición en las duras sesiones de control al Gobierno en el Congreso. Ha dado ruedas de prensa y ha pronunciado discursos mostrando la capacidad para dirigir e imponerse. Pero apenas hemos visto la faceta más personal de la vicepresidenta del Gobierno, Soraya Sáenz de Santamaría, de 41 años. Esa en la que, de puertas adentro de su casa, se convierte en la madre del pequeño Iván, que cumple mañana un año.

Cuando su hijo sople las velas de su primer cumpleaños, Santamaría habrá culminado el que será probablemente el año más importante de su vida. No solo porque se convirtió en madre y vivió la que probablemente es la experiencia que más modifica la vida de una persona, sino porque en ese mismo tiempo ha alcanzado los hitos más destacados de su trayectoria profesional. Y ambas experiencias se han interconectado estrechamente en su día a día.

Santamaría estrenó su maternidad hace un año como protagonista de una formidable polémica, al decidir cumplir apenas dos semanas de la cuarentena para incorporarse al trabajo. Con aquella decisión, personal, dejó claro que llevaba años preparándose para estar en el Gobierno y no iba a renunciar a ese sueño. Por eso, tras la victoria del PP en las elecciones generales del 20-N, en las que concurría como número dos de la candidatura por Madrid, no dudó en asumir el primer encargo que recibió del presidente Mariano Rajoy: coordinar el traspaso de poderes entre el PP y el Gobierno saliente del socialista José Luis Rodríguez Zapatero.

Apenas un mes después llegaría su nombramiento como la mujer con más poder de la historia de la democracia española. Es vicepresidenta primera, portavoz del Gobierno y titular de Presidencia, pero también tiene el control del Centro Nacional de Inteligencia (CNI).

Fuentes de su propio partido revelan que ya ni siquiera se habla con Cospedal

Y es, sobre todo, la cara más visible del Gobierno. Coordina un Consejo de Ministros que tiene el dudoso honor de haber perdido más de ocho puntos en intención de voto, según el barómetro de octubre del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), antes incluso de haber cumplido su primer aniversario. Santamaría ha tenido que informar a los españoles de los recortes más duros que ha sufrido el Estado de bienestar. Dar la cara por el presidente ante algunos de los momentos de inestabilidad política, como los ataques a la deuda española y el rescate bancario, el auge del independentismo catalán, la tensión con Argentina por la expropiación de YPF-Repsol, el batacazo en las elecciones andaluzas, el adelanto electoral en Galicia y País Vasco o el ascenso brutal del desempleo hasta el 25%. Y, sin embargo, en este año ella no ha dado los pasos atrás que se presuponen para tamaña exposición pública como portavoz del Gobierno.

Santamaría no ha protagonizado ningún desliz destacado, como sí ha ocurrido con otros colegas del Gobierno. Desde el polémico ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert –que ha pisado callos por doquier–, hasta el responsable de Justicia, Alberto Ruiz-Gallardón –inmerso en un viaje hacia el ala más dura del partido–, o la titular de Empleo, Fátima Báñez. Todos los ministros suspenden en valoración, según el último sondeo del CIS, pero ella se mantiene en el cuarteto en cabeza, por detrás de Gallardón, 3,54 de nota; de Miguel Arias Cañete (Agricultura), con un 3,32, e igualada con Ana Pastor (Fomento) en un 3,28.

Superó en marzo también otra polémica referente a su familia, cuando su esposo, el entonces abogado del Estado Iván Rosa, fue fichado por Telefónica para trabajar en su gabinete jurídico. Poco antes había solicitado una excedencia, para evitar incompatibilidades por el cargo de la vicepresidenta y el suyo propio en el Ministerio de Economía y Hacienda.

A diferencia de Wert o Gallardón, no ha cometido ningún desliz destacado

La salida laboral que se buscó Rosa en una empresa privada pretendía marcar una línea muy clara de distancia respecto de la polémica suscitada una semana antes por el fichaje de Ignacio López del Hierro, el marido de María Dolores de Cospedal, secretaria general del PP, como consejero de Red Eléctrica Española, compañía cotizada pero controlada mayoritariamente por el Estado a través de la Sociedad Estatal de Participaciones Industriales (SEPI). El revuelo que provocó este nombramiento hizo que López del Hierro renunciara horas después de hacerse público. Muchos hablaron de presiones desde La Moncloa, el centro de poder de Santamaría.

Fue un paso más en el enfrentamiento soterrado que mantiene la vicepresidenta con la secretaria general del partido. Y en esta batalla interna del partido, Santamaría también ha ganado, según cuentan desde el PP. Enfrentada por el control de las filas populares a Cospedal, con la que según algunas fuentes ya ni siquiera se habla, ha salido más que airosa. “No hay color”, señalan en el partido sobre la ascendencia política de la vicepresidenta en relación con la de su rival.

Cospedal no solo no ha logrado entrar en el Gobierno como sí ha hecho Santamaría, sino que además ha salido perdiendo en la batalla mediática. Porque, pese a todo, los ciudadanos identifican más a la presidenta castellano-manchega con los recortes y ajustes que a Santamaría, responsable directa en el Ejecutivo.

En el plano personal, la vicepresidenta ha optado por alejar a su familia de cualquier exposición pública. De su vida privada solo ha trascendido que procura estar con su pequeño siempre que sus obligaciones se lo permiten. Y que, incluso en esos momentos, vive permanentemente conectada a través del móvil a sus responsabilidades. Santamaría rechaza todas las peticiones de los medios para hablar de su vida privada, incluso las que acentuarían su lado más amable. Ha optado por cerrar a cal y canto esa puerta, aunque pudiera servirle para mejorar su valoración como vicepresidenta.

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Redactora de Política en EL PAÍS

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