TRIBUNA

‘Al vent del món’

No tienen tantos argumentos para irse como para seguir con nosotros

Los que hace 35 años teníamos 30 años, o casi, nos salvábamos del miedo, o de otras contingencias de la vida cantando como náufragos Al vent, la canción de Raimon que rompió los tímpanos de la noche en plena grisura franquista. Luego vino Joan Manuel Serrat (y también vinieron otros) y nos acostumbramos a cantar, de madrugada, las canciones de amor o de cuna dichas en catalán. Un idioma cristalino, lleno de un sonido que era a la vez marino y montañoso, montaraz y poético, bellísimo. Al tiempo nos hicimos lectores de libros que venían de Barcelona, y para muchos Barcelona era la capital a la que se dirigían nuestras pasiones (la futbolística, la cultural), conducidas a veces por Kubala y a veces por Marsé, Barral o José Agustín Goytisolo.

Barcelona ha sido y es, en nuestra generación, que fue la generación de la espera, un diapasón, una manera de ser a la que aspirábamos. Era el centro mismo del mundo para los latinoamericanos y para los que veníamos de más cerca, pero éramos también, a nuestro modo, latinoamericanos. En la historia de este encuentro hubo luego algunos desencuentros, construidos sobre tópicos pútridos que condujeron, en algún momento muy concreto de nuestra experiencia, a aquel boicoteo a lo que se produjera allí, en Cataluña. Recuerdo con la nitidez con la que la memoria devuelve lo falaz e incomprensible un mediodía en Talavera de la Reina, al inicio de aquel boicoteo. El camarero no quería que tomara agua de Vichy, pues esta era de fabricación catalana. Como había mucha gente y no era momento ni sitio para arrancarse de allí pedí agua Perrier, que, como su nombre indica, es francesa de origen. Rebusqué en el envase hasta que encontré que también Perrier se embotellaba a las afueras de Barcelona.

El mundo ya es una entidad ilocalizable. Pablo Neruda se burló de las patrias antes de que existiera Internet, y calificó esa palabra, patria, como un peligroso guarismo tan feo como las palabras termómetro o ascensor, una señal de tráfico. Detrás de la palabra patria siempre viene un ejército a romper, por parafrasear El extranjero de Camus, la armonía del día, el silencio excepcional de las playas en las que uno se siente del mundo, al vent del món.

De todas las cosas que he leído estos días acerca de la reivindicación pública de la identidad catalana como estandarte de la independencia, me interesó mucho, y me horripiló más, lo que se le atribuye a un senador, Vilajoana, que llevó asuntos de Cultura de la Generalitat. Según parece, este político experimentado gritó, en medio de su júbilo, “español el que no bote” para significar que en el éxtasis solo se podía admitir la unanimidad de su querencia. Nadie podía no botar a riesgo de ser llamado español, como si ser español, aparte de aludir a un lugar de procedencia, fuera sinónimo de no sé cuántos fracasos.

Barcelona ha sido y es, en nuestra generación, un diapasón, una manera de ser a la que aspirábamos

Soy español de Canarias. Fueron los peninsulares (a los que algunos canarios llaman godos, según cómo los peninsulares se porten; Vilajoana, lo siento, puede ser tenido por godo) los que tomaron aquella tierra para entregársela a los Reyes Católicos. En algún tiempo de nuestra historia hubo reivindicaciones independentistas basadas en el hecho cierto de aquella colonización; lo que pasa es que ahora la mayor parte de aquellos colonos se ha reencarnado en nosotros mismos. Mi madre decía que nosotros, nuestra familia, provenía de Francia y de unos gitanos, pero nunca he sentido la tentación de buscar en ningún árbol genealógico la certidumbre de sus aciertos o de sus invenciones. En todo caso, como comparto con Neruda ese juicio sobre la palabra patria, sé que soy de un lugar cruzado por un sinfín de culturas o de ideas, entre las cuales estuvo, en algún momento, el enciclopedismo, después el surrealismo, y recientemente incluso la atlanticidad, que nos comunica más con lo que sigue mar afuera que con lo que el mar deja atrás.

Entre esas influencias, la generación a la que pertenezco, en Canarias y en España, atesora la influencia de Cataluña, el gusto por el catalán y por lo catalán, en la cultura, en las costumbres, y entre estas, cómo no, figura el fútbol como un estandarte que en mi caso tiene el aire blaugrana. Leí el otro día aquí un artículo de Félix Ovejero en el que se decía que (a propósito de la diatriba catalana) uno debe respetar todas las ideas, incluida la de la independencia de Cataluña. Cómo no, todo el mundo tiene derecho a su opinión, a su opción, a su historia, etcétera. Añadía Ovejero que ese respeto no era suficiente: si uno está en contra de la idea que respeta ha de luchar por la idea propia.

Y como ciudadano del común, como amante de Cataluña y de Catalunya, modestamente proclamo el disgusto que me causa que un gran número de catalanes (incluido, por supuesto, aquel senador) quieran dejarnos a nosotros, los españoles de cualquier parte, de Canarias también, fuera del círculo de tiza que quieren construir porque no soportan al Gobierno de Madrid, a los gobernantes españoles, a los políticos con los que no se entienden.

Francamente, creo que no tienen tantos argumentos para irse como los que tenemos nosotros, los catalanófilos, e incluso los que no lo son, para seguir con nosotros, gritando, como Raimon, al vent del mon. Al vent del mon, diguem no. ¿Podemos?

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