La biblia de los farmacéuticos
Una exposición reivindica el espíritu de la 'Concordia' de 1511

"Serpiente negra de un palmo, que tenga ojos rojos, lengua móvil y cuernos. Córtala en trozos de unos tres dedos. Saca los intestinos y la piel. Lávala con agua y la cueces hasta poder separar la espina de la carne. Trincha la carne y mézclala con pan africano. Haz conos que pesen un sueldo y déjalos secar". Estos conos eran uno de los remedios que vendían en las boticas de Barcelona en el siglo XVI para remediar dolores y enfermedades. Los farmacéuticos de esta ciudad recogieron esta fórmula magistral y otras 308 para preparar pastillas, infusiones, laxantes, jarabes, colirios, ungüentos y emplastes, y publicaron, en octubre de 1511, la Concordie apothecariorum Barchinone, con la idea de unificar fórmulas, pesos, sabores y precios de estos compuestos sanadores.
De la Concordia, como se conoce este libro pionero de la farmacología mundial (solo los boticarios florentinos se adelantaron, en 1498) escrito en latín con letra gótica, se conoce un único ejemplar. Está considerado uno de los libros más importantes de la historia de la farmacia hispana y su dueña, la Universidad de Barcelona, la conserva bajo siete llaves. Durante dos meses ha abandonado la caja fuerte de la Facultad de Farmacia y puede verse en la exposición Concordia y patrimonio. Tesoros de la farmacia catalana, instalada en el vestíbulo del edificio histórico de la plaza de la Universitat, hasta el 16 de diciembre.
Juramento
Junto al texto original también se exhiben dos reimpresiones de 1535 y 1587, en las que se corrigió y amplió el primer texto. "Fue una obra que estuvo vigente hasta el siglo XVIII e incluso los nuevos farmacéuticos juraban sobre ella que compondrían las medicinas según la Concordia, como si fuera la Biblia", explica Victoria Cirlot, vicerrectora de Artes, Cultura y Patrimonio de la Universidad de Barcelona, impulsora de la exposición.
"Queríamos dar a conocer este patrimonio único, pero también reivindicar el espíritu de concordia entre las personas e instituciones que posibilitó su creación", destaca Cirlot. Tras la publicación, se acabó con la posibilidad de que cada boticario elaborara el medicamento de forma diferente, con la consiguiente falta de rigor científico.
Junto a los textos se pueden ver unos 200 objetos relacionados con la historia de la farmacia catalana: balanzas de precisión; recipientes de madera, cerámica o vidrio; aparatos de destilación, y morteros para obtener los medicamentos, la mayoría desconocidos para el gran público. Entre ellos, dos mostradores modernistas que pertenecían a la desaparecida farmacia Vilardell, una de las más antiguas de Barcelona, y la rarísima colección de 142 píldoras de barro, denominadas terra sigillata, algunas del tamaño de una pelota de pimpón, en las que se colocaba el principio activo y que el paciente chupaba o incluso comía, poniendo a prueba su estómago.
Además pueden verser los cigarrillos balsámicos contra el asma, el rapé para los resfriados y las pastillas que hicieron famoso al doctor Andreu; los primeros envases de la centenaria Aspirina, cajas de Laxen Busto con "el tratamiento moderno del estreñimiento habitual", y los aparatos para dar una capa de pan de oro y plata a los comprimidos, para que tuvieran una apariencia más agradable, y que acabaron generando la expresión "dorar la píldora". En la exposición también hay un apartado dedicado a la publicidad que se generó para vender los medicamentos. Sorprenden los mensajes, como el de la zarzaparrilla para "todas las enfermedades de la sangre", y las píldoras catárticas, que aceleran la defecación, las dos, creaciones del Doctor Ayer.
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