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TORMENTAS PERFECTAS | OPINIÓN

Conjuros para evitar los tsunamis

En muy pocos días hemos oído de boca de Barack Obama discursos sobre las relaciones de Estados Unidos con Israel, con Reino Unido y con Europa. El presidente ha elegido las palabras más solemnes y sentidas para rubricar alianzas, amistades y lazos que son de por sí estrechísimos y que nunca se romperán. Al contrario, el presidente incluso se promete a sí mismo y promete a sus interlocutores que serán cada vez más sólidos. Se diría que hasta llegar incluso a la fusión y por qué no a la confusión.

Es una verdad estricta en lo que concierne a Israel: Netanyahu se mueve como pez en el agua en Washington, tiene mejor acogida en el Capitolio que en la Knesset, e incluso sus palancas políticas llegan más lejos en la capital americana que en Tel Aviv. También le sucede a Obama: poco se entienden sus esfuerzos si no estuviera peleando en dos mesas de juego, la interna de su reelección como presidente en 2012, para la que necesita contentar a la opinión judío-americana, y la externa como superpotencia que quiere seguir siendo determinante en Oriente Próximo, con palancas sobre las sociedades árabes y musulmanas en su despertar.

No se puede hablar en propiedad de relaciones internacionales en los casos de Israel y Estados Unidos. Si hay pugna es porque las clientelas electorales andan mezcladas como no sucede en ningún otro lugar. No sucede así con Reino Unido, que es el caso diametralmente opuesto. Si Israel actúa como un niño mimado, el tropismo británico cultivado por Tony Blair, del que David Cameron quiere distanciarse, es el de la sumisión, extraña paradoja para quien fue metrópoli de las colonias americanas. Si el foco se extiende más allá de las islas y abarca el entero continente europeo, nos encontramos con una relación más compleja, llena de confusa y ambigua proximidad, en la que se mezclan sentimientos divergentes de incomprensión hacia EE UU y de inevitable subordinación, sobre todo en cuestiones de seguridad.

Estos son los lazos que envuelven el mundo que hemos conocido, el occidente que se interroga sobre ese enigmático resto del mundo que crece más aprisa y demuestra una ambición devoradora de recursos y de influencia en la configuración de la nueva cartografía. La garantía de que las cosas evolucionen de la mejor manera es que esos lazos no se suelten. Por eso nuestros dirigentes, encabezados por Obama, los evocan una y otra vez en cada oportunidad y se dicen que "la hora de nuestro liderazgo no ha pasado". Luego se hace un profundo silencio. Nadie va a discutirlo. Pero la repetición suena como las oraciones o los conjuros para evitar que llegue el tsunami que todo lo arrastre y nos ofrezca a la mañana siguiente el paisaje de un mundo con los lazos rotos en el que hemos dejado de contar. -

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 29 de mayo de 2011