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Tribuna:LA CUARTA PÁGINA

El Mediterráneo busca un proyecto político

¿Derribarán las revoluciones árabes el muro invisible que separa las dos riberas mediterráneas? Para ello, Europa debe poner de su parte, debe ayudar a la evolución norteafricana hacia la democracia y el progreso

Como Pirandello cuyos personajes buscaban a un autor, o como Proust que iba a la búsqueda del tiempo perdido, el Mediterráneo está a la búsqueda de un proyecto político.

Las revoluciones que cristalizaron el 14 y el 25 de enero de 2011 en Túnez y en Egipto suponen el fin de una época y con ella, la necesidad de redefinir las relaciones euromediterráneas. El mundo árabe no volverá a ser el mismo, y el hasta ahora difícil equilibrio entre una Europa que aportaba cooperación y comercio, unos EE UU que asumían la seguridad y unos países árabes que garantizaban estabilidad, se ha desbaratado. De pronto, es como si el mundo árabe hubiera entrado de lleno en la historia universal, como si los anhelos de democracia y de libertad que han sido el hilo conductor de la historia europea hubieran traspasado por fin el Mediterráneo. Pero el vuelo hacia la democracia está lleno de turbulencias. Libia vive una confrontación civil cuyo final es incierto. Egipto apenas ha empezado los deberes de una transición compleja. Túnez prepara elecciones para elegir un Parlamento que redactará una nueva Constitución, pero la crisis económica puede echar por tierra un consenso social frágil.

El despertar del mundo árabe es una gran oportunidad para los europeos

Se puede ofrecer cooperación política, ayuda financiera, comercio, inversiones y movilidad

Se ha dicho que las revoluciones en África del Norte han sido tan imprevisibles como la caída del muro de Berlín. La cuestión ahora es saber si los acontecimientos que estamos viviendo supondrán la caída del muro invisible que separa los dos lados del Mediterráneo y si el proyecto de creación de un espacio euro-mediterráneo común es posible. Es sabido que la diferencia entre un proyecto y un sueño es que el primero cuenta con los medios para su realización. Nos jugamos buena parte de nuestro futuro si no somos capaces de convertir este sueño en un proyecto. Se trata de nuestros vecinos, nuestros mayores proveedores de energía, de quienes constituyen la mayor fuente de inmigración, con quienes compartimos un mismo mar y un mismo patrimonio cultural y natural de incalculable valor y, sobretodo, son con quienes compartimos un destino histórico.

La Declaración de Barcelona de 1995 puso las bases de una nueva forma de ver las relaciones de Europa con el Mediterráneo no europeo. Se ideó una estructura con tres columnas: un diálogo político que era el eufemismo para referirse a la necesidad de que los socios mediterráneos abordaran reformas democráticas. Una columna económica con la creación de una zona de libre cambio comercial acompañada de una cooperación financiera para ayudar la transición a una economía de mercado. La tercera columna era el diálogo social y cultural que reconocía la importancia de sobrepasar el mal llamado choque de civilizaciones. A pesar de las críticas, justificadas, el balance del proceso de Barcelona no es negativo. Se concluyeron acuerdos de asociación con todos los países del sur excepto con uno, Siria; la zona de libre cambio avanza aunque el comercio sur-sur sigue muy estancado; la Fundación Anna Lindh en Alejandría ponía la primera piedra institucional de un diálogo cultural cuyo objetivo es superar los estereotipos sobre culturas que se ignoran a pesar de que siguen fascinándose.

En 2008 nació la Unión para el Mediterráneo. Era la iniciativa del presidente Sarkozy para hacer una nueva política mediterránea. Estaba basada en la convicción de que no habría cambios políticos en los regímenes del sur. Pero a pesar de ese error de perspectiva, la iniciativa aportó algo muy importante: la institucionalización de las relaciones euromediterráneas. Por primera vez se creaba una organización común: la Secretaría de Barcelona; y una forma de gobierno paritaria: la copresidencia norte-sur. Son dos éxitos indiscutibles. Francia y la UE creen, y nosotros con ellos, que Europa se construyó con instituciones y que el Mediterráneo no puede avanzar sin ellas, incluso teniendo en cuenta el gran obstáculo del conflicto en Oriente Próximo. La determinación de Sarkozy y del entonces ministro Moratinos permitieron que la Cumbre de París en 2008 fuera un éxito. Barcelona se erigió en capital de la iniciativa y se inauguró la sede de la Secretaría en el Palacio de Pedralbes.

Ahora, la cuestión es la siguiente: ¿cuál debe ser el papel que debemos desempeñar para responder al reto mediterráneo? ¿Cómo podemos ayudar a crear un espacio euromediterráneo tan importante para nuestro futuro? ¿Pueden España, Cataluña y Barcelona ser el puente necesario?

El objetivo es la convergencia económica y política hacia Europa. Sin aproximación ni convergencia económica real nadie podrá decir que la cooperación euromediterránea ha sido un éxito. Los escalones de renta per cápita de 1 a 14 que separa España de Marruecos o de 1 a 20 como el que hay entre Gaza e Israel no son sostenibles ni para quienes están arriba ni para los de abajo. Para alcanzar esta convergencia debemos utilizar cinco herramientas.

Desde el punto de vista político, el surgimiento de la primavera árabe, los cambios políticos y las perspectivas de democratización, constituyen una gran oportunidad. La UpM debe ser el marco regional que debe promover la democratización. España, Portugal, Grecia y los países del Este pueden compartir sus experiencias de transición democrática. La UE, a través de la UpM, debe aportar su cooperación y apoyo político y financiero.

La segunda herramienta es la ayuda financiera. El sur del Mediterráneo necesita un plan de ayuda suficiente. Las transferencias financieras actuales de Europa son escasas, apenas cuatro euros por habitante y año. Esta ayuda será particularmente importante en los próximos años si la crisis alimentaria se agudiza.

El tercer instrumento es el comercio. Europa logró superar más de 75 años de guerras intestinas con la creación del proyecto económico europeo que nació de la Declaración de Schumann en 1950. El sur del Mediterráneo necesita su Schumann, una visión integradora; solo el 5% del comercio exterior de los países del sur del Mediterráneo es entre ellos. Los acuerdos de asociación firmados a raíz de la Declaración de Barcelona deben aplicarse en su totalidad y abrirse a la agricultura y servicios.

Las inversiones hacia el Mediterráneo sur deben despegar. En la región hay un déficit de inversión del 7% del PIB regional. Pero las inversiones exigen unos mínimos de seguridad. Se debe crear un instrumento de garantía de inversiones en el marco de la UpM.

La movilidad es otra gran prioridad. Sin movilidad de empresarios, estudiantes y profesionales los ciudadanos del sur van a sentirse discriminados y el potencial de interacción y crecimiento se resentirá. Un acuerdo para regular de forma apropiada la movilidad y la emigración es fundamental.

Francia y Egipto, copresidentes actuales de la UpM, buscan sucesores. Solo la UE está en condiciones de asumir esta función. Debe recomunitarizarse la política europea hacia el Mediterráneo, como era la tradición del Proceso de Barcelona, corrigiendo el principal defecto del primitivo planteamiento sarkoziano de la UpM, su excesivo planteamiento franco-francés y su empuje renacionalizador de la política euromediterránea. Al sur, Jordania, Túnez, Marruecos o, por qué no Turquía, podrían suceder a Egipto y trabajar codo con codo con la UE para que la Unión para el Mediterráneo produzca los proyectos que se exigen. La Secretaría de Barcelona debe trabajar para identificar y promover esos proyectos. Junto a los seis grandes proyectos UpM aprobados en la Cumbre de París debe lanzarse un gran programa de apoyo a la transición política, económica y social de esos países.

El gran historiador del Mediterráneo Fernand Braudel dijo que a lo largo de la historia las riberas sur y norte del Mediterráneo nunca han vivido momentos de desarrollo y progreso al mismo tiempo. Cuando el sur florecía en el punto álgido de la civilización árabe, Europa, al norte, vivía los años más oscuros de la Edad Media. En cambio, cuando Europa comenzó a expandirse y crecer, el sur desfallecía y entraba en decadencia. Es hora de que el norte y el sur sean capaces de trabajar juntos para compartir crecimiento y progreso. Sea cual sea el marco, Europa y nuestros socios del sur están felizmente condenados a cooperar. Tenemos los instrumentos, debemos acometer la tarea de concitar la voluntad política. Es hora de actuar para que el despertar del mundo árabe mediterráneo sea una oportunidad, porque democracia y progreso, por mucho que algunos lo duden, también hablan árabe.

Josep A. Duran Lleida es presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Martes, 26 de abril de 2011