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lunes, 7 de marzo de 2011
Reportaje:SERVICIOS

Alquilar coche a un extraño

Emerge el préstamo de vehículos entre particulares - Google invierte en la empresa RelayRides en Estados Unidos - WhipCar triunfa en Reino Unido

Si en 2009 explotaron las redes sociales y en 2010 las tiendas de fuera de temporada online, este año, entre cupón descuento, se está propagando un nuevo y práctico servicio en la Red (nuevamente, al margen de las reglas establecidas): el alquiler del coche entre particulares.

A un lado, el propietario de un coche que lo usa solo unas horas al día; al otro, alguien que necesita uno pero no puede o no quiere comprarlo. En el medio, como siempre, Internet.

Las webs que ponen en contacto a una y otra parte se están extendiendo rápidamente. Es el llamado P2P car sharing, como se conoce a este fenómeno en inglés. En EE UU Google ya le ha visto el potencial y ha invertido hace un mes en RelayRides, una nueva empresa que opera en Boston y San Francisco.

En la web se da de alta el coche con la franja horaria y precio de alquiler

En España no está el sistema, pero sí hay páginas para compartir vehículo

En Londres, WhipCar empezó en mayo y ya cuenta con mil particulares dispuestos a alquilar su coche en 450 pueblos y ciudades de Reino Unido. En Francia, las firmas Deways y Livop han replicado la idea y en Alemania la web Tamyca ha hecho lo mismo. En España, de momento, nadie se lanza.

"El mayor obstáculo es cambiar el comportamiento de los consumidores. No están acostumbrados a alquilar un coche a un extraño en Internet, pero en cuanto lo prueban y ven que funciona repiten", asegura desde Londres Vinay Gupta, de 33 años, cofundador de WhipCar, que está convencido que algo así también podría funcionar en nuestro país.

En teoría es sencilla. Los propietarios dan de alta su coche en esta web y deciden en qué franjas horarias y a qué precio desean alquilarlo. Los horarios son flexibles, desde tres horas a la semana o días completos. En Reino Unido, como en otros lugares, los coches se usan entre una y dos horas al día. El resto es tiempo muerto al que, gracias a la Red, se puede sacar partido.

Los conductores que necesiten un coche pueden encontrarlo por entre 30 y 40 libras (35-47 euros) al día. En las compañías tradicionales con flota de vehículos propios cuesta el doble. "Cobramos un 15% de la transacción y tres libras (3,5 euros) al conductor. Incluye un seguro de hasta 500 libras", dice Gupta.

El sistema procesa los pagos entre particulares. Al final, dado el componente local de la idea, uno suele acabar alquilando la máquina al vecino de al lado, lo que hasta ayuda a socializar.

El auge de estas iniciativas tiene una explicación: acceder temporalmente a un producto o servicio en vez de comprarlo gana adeptos. Y no solo para contenidos digitales, música, series o videojuegos, también para objetos y de valor como los coches.

Primero empezaron las compañías tradicionales de alquiler de vehículos por horas, con la pionera Zipcar en EE UU, los grandes operadores y versiones españolas como Avancar, Conduzco o Ibilkari. Pero ahora la nueva hornada de webs aprovecha la desintermediación de la Red para conectar directamente a personas, a propietarios y conductores, fomentando el llamado consumo colaborativo.

En España nadie se ha lanzado con esta modalidad pero sí crece una corriente similar denominada carpooling, es decir, compartir viaje y gastos con desconocidos, algo común desde hace años en EE UU y países nórdicos. "Ponemos en contacto a través de Internet a personas que tienen trayectos similares para que aprovechen sus coches, no conduzcan solas y ahorren dinero", dice Diego Hidalgo, fundador de la madrileña Amovens.

Hidalgo cree que en España se da más importancia a la propiedad. "La idea de compartir coche es todavía chocante, pero se va abriendo camino". Decenas de empresas y universidades usan ya el sistema de Amovens (también Viajarjuntos, Shareling o BusVao) para que empleados y estudiantes viajen juntos, ahorren dinero y, de paso, energía, y reduzcan la contaminación.

Parking del aeropuerto de El Prat de Barcelona. / SUSANNA SÀEZ

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