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verano húmedo

Sexagésimo cuarta Susana

Es posible sentir pulsión erótica por un fantasma exclusivamente virtual, que jamás tuvo vida terrenal como persona? ¿Y perder la razón por él?

Tres años atrás, un relato mío titulado Huellas desnudas de la mujer invisible (relato real: miren en mi web) ganó el premio Luis García Berlanga sobre el zapato femenino (premio real: miren en Google) e inspiró a Paco Gil (diseñador real: vuelvan a mirar en Google) la realización de unas sandalias similares a las de mi cuento: de tacón de aguja, amarillas y sexualmente agresivas, tenían el poder de otorgar un feroz éxtasis sexual a la mujer que las calzara, aunque después su embrujo acabase por atraer el crimen o el horror. Fueron bastantes las lectoras, especialmente internautas, que expresaron su fascinación por la magia negra de mis sandalias amarillas. Pero ninguna tan expeditiva como Susana Moo.

A través de Facebook, me envió el uno de agosto este mensaje: "Compré en mi ciudad unas sandalias como las que describes. Su amarillo hace más rojo el rojo sangre de las uñas de mis pies. Las calcé y, en el acto, experimenté su extraordinario embrujo. Con ellas puestas soy la depredadora sexual que siempre deseé: irresistible, amoral e implacable".

Ante tan excitante tríada de adjetivos, tecleé Susana Moo sin perder un instante, y surgió en la pantalla una excitante profusión de entradas (profusión real: miren en Google): escritora, bloguera, erotómana especializada en el fetichismo de los pies... De inmediato busqué imágenes de su rostro y, al no encontrarlas, recorrí la red progresivamente obcecado, como el marinero enamorado que persigue de puerto en puerto señales de la mujer cuyos ojos creyó entrever, fijos sobre él, al otro lado del océano. Pero Susana Moo es un misterio virtual que bucea en lo invisible. Vive oculta en la red, secreta e inimaginable como la siguiente palabra que pronunciará Sherezade. Esa condición de inalcanzable objeto de deseo solidificó mi obsesión y, un amanecer, intenté la forma más natural de localizarla: respondí a su mensaje. Y ella contestó:

"Acudiré a la conferencia que darás en mi ciudad el cinco de agosto. Podrás reconocerme porque calzaré las sandalias amarillas, mis uñas relucirán con brillo rojo sangre y anudaré a mi tobillo una cadenita de plata recubierta de diminutos espejitos. En ellos podrás ver reflejada tu alma. Pero no iré sola".

"No iré sola"... Las palabras del abismo.

Cuando salí al escenario, me hallé ante un auditorio de sesenta y cuatro mujeres (el aforo completo) calzadas con sandalias amarillas. Me escucharon atentas, respetuosas e interesadas, lo que sin duda aumentó mi desconcierto. Me rendí ante el sentido del humor de Susana Moo, también ante su inquietante capacidad de convocatoria. ¿Cuál de las sesenta y cuatro miradas sería la suya?

Ha pasado un día. Todo, lejos de terminar, ha comenzado. Mientras escribo esta frase, descubro a una mujer al otro lado de la terraza del hotel. Es la cuarta que veo, en lo que va de mañana, con sandalias amarillas, uñas rojo sangre y cadenita de espejos al tobillo. ¿Será Susana Moo alguna de ellas? ¿O lo serán las cuatro? Y los espejos de esa cadenita... ¿reflejarán realmente el alma de quien se incline ante ellos?

* Este articulo apareció en la edición impresa del Jueves, 12 de agosto de 2010