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lunes, 12 de julio de 2010
Reportaje:SUDÁFRICA 2010 | El octavo campeón

El nuevo orden mundial

Tres selecciones europeas copan el podio, algo inédito fuera del continente

Johanesburgo 12 JUL 2010

Entre los cascotes de las viejas potencias, España y Holanda han impuesto su culto al balón como el camino para establecer el nuevo orden mundial. Tampoco puede hablarse de sorpresa. Las dos finalistas venían de una clasificación impecable y, en el caso de España, de una Eurocopa dominada de principio a fin dos años atrás. Estas dos selecciones, después de décadas de decepciones, aprendieron a competir. Con muchos matices que las distinguen, España, Holanda y Alemania abordaron el Mundial de manera proactiva, jugaron esencialmente al ataque y obtuvieron los mejores premios. A pesar de la pujanza inicial de Sudamérica, Europa ha sido la gran vencedora de Sudáfrica, ocupando los tres primeros puestos del podio, algo inédito en un torneo celebrado fuera del viejo continente. Las tres primeras clasificadas comparten, además, una característica fundamental: el cuidado esmerado de la cantera. Y Europa ya supera a Sudamérica en títulos mundiales: 10 a 9.

Los sudamericanos, aun sin recompensa final, también fueron protagonistas

Sudáfrica castigó duramente a las selecciones más mezquinas con el juego. Brasil, especialmente. La pentacampeona sigue empeñada en reproducir el modelo ganador del 94 y 2002, pero sin el talento de Romario, Bebeto, Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho. El dunguismo se estrelló contra sí mismo, en una actuación calamitosa frente a Holanda de Felipe Melo, símbolo de un entrenador empeñado en acotar la fantasía de un país tan desbordante en ella. Siguiendo este ejemplo, Carlos Queiroz ahogó a Portugal en la misma charca: apelotonada en torno a su portero Eduardo, dejando a Cristiano Ronaldo solo y desesperado.

Inglaterra se traicionó a sí misma. Se italianizó en el peor momento, cuando ni el propio seleccionador, Fabio Capello, bañado en un sueldo de ocho millones de libras anuales, supo gestionar la presión sobre una selección siempre favorita, aunque desde el 66 no tenga motivos para ello. Tan valorados en la glamourosa Premier, sus jugadores han quedado muy desprestigiados.

Italia fue el canto del cisne de Marcello Lippi, que gestionó el equipo con menos recursos de la historia de la Nazionale. En parte porque prescindió, al igual que Dunga, de algunos espíritus libres como Cassano o Balotelli que chirriaban en una mentalidad cuadriculada. Nada que ver con el proceso de antropofagia que sufrió Francia, incapaz de soportar ni un segundo más a su entrenador, Raymond Domenech, verdugo de la esencia francesa de épocas tan distintas como las que marcaron Tigana, Girese y Platini o la más reciente de Zidane, Pirès y Djorkaeff.

Entre sus pares, solo ha salido reforzada Alemania, reinventándose a sí misma, olvidándose de los viejos valores de su fútbol mecanizado para abrazar la fe de la supremacía de la pelota. La selección de Joachim Löw fue una loa al juego mestizo de futbolistas procedentes de diferentes partes del mundo, pero formados ya en las emergentes canteras alemanas. Agradecido, el presidente de Alemania, Christian Wulff, anunció ayer que le concederá a Löw la Orden del Mérito.

Aunque sin recompensa final, los sudamericanos fueron muy protagonistas. El seleccionador de Uruguay, Óscar Tabárez, dejó reflexiones para pensar. "Aunque ganásemos la Copa", explicó antes de la semifinal ante Holanda, "no cambiaría nuestra posición en el orden mundial. La distancia entre el primer mundo futbolístico y el tercero es cada vez más grande debido a las migraciones de jugadores a edades cada vez más tempranas". Tras este baño de realidad, Uruguay llegó donde nadie creía que podía, una cuarta posición que hizo feliz a este minúsculo país de tres millones y medio de habitantes.

Chile también salió bien parada. A Marcelo Bielsa le sobró ambición al formar uno de los equipos más atractivos del torneo, pero le faltaron jugadores en los momentos decisivos: había perdido a sus dos centrales en el cruce de cuartos frente a Brasil.

La decepción sudamericana vino de Argentina, que se olvidó de los centrocampistas el día en que Alemania le dio una lección en la medular. Desde el 86, Argentina parece haberlo probado todo, con técnicos tan alejados como Bielsa y Maradona, sin haber avanzado nada. El presidente de la Federación, Julio Grondona, no quiere que siga Maradona, pero no se atreve a proclamarlo: pese a la derrota, Diego sigue siendo una religión en su país.

En su casa, el fracaso de África es más ruidoso. De tanto mirarse en el espejo europeo, el fútbol africano ha perdido sus señas de identidad. Y, salvo Ghana, la mejor cantera, África se ha convertido en una congregación de musculosos detrás del balón. Puesto que los ganadores siempre marcan el camino, España, Holanda y Alemania enseñaron al mundo un sello diferente y mucho más atractivo. El del nuevo orden mundial.

El centrocampista alemán Thomas Müller, durante el partido contra Uruguay. / AFP

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