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Reportaje:DIOSES Y MONSTRUOS

Ciudad de cine y de pecado

El buen cine nos ha dado variadas y complejas visiones de ciudades como Nueva York y San Francisco. Sin embargo, en la retina del espectador solo existe una Nueva Orleans: pequeña y misteriosa, inquietante y golfa, húmeda y sofocante. En la serie 'Treme', último invento de David Simon, la música contagia su ritmo al cuerpo e inyecta alegría al alma

En el arranque de la serie Treme, último invento de ese individuo genial llamado David Simon, se palpan las devastadoras huellas del Katrina en Nueva Orleans, la sensación de que el viento no solo se llevó infinitas cosas materiales, sino que también inyectó el miedo y la incertidumbre en una ciudad ancestralmente bulliciosa. Pero seis meses después del desastre sus habitantes no lloriquean ni se autocompadecen, intentan en medio de la ruina poner en pie sus antiguos refugios, la música sigue sonando para despedir a los muertos, porque es la forma de hablar de esa ciudad, por placer y por trabajo, porque sí. El lema con el que se identificaba Nueva Orleans era "dejad que los buenos tiempos duren", ese inaplazable carpe diem para los que saben que el esplendor siempre es provisional. En una secuencia magistral de Treme vemos a un ensimismado Elvis Costello disfrutando en un garito humeante de la virtuosa actuación de músicos nativos interpretando blues. Alguien reconoce a la estrella de rock y también la posibilidad de que la fascinación de este hacia la genuina y grandiosa música que hace ese grupo anónimo sirva para que les firme un contrato como teloneros en su próxima gira. Cuando el agente le suelta el sabroso cebo a su representado, este le mira con expresión desdeñosa y le cuenta que no tiene el menor interés en hacerse rico y famoso si a cambio debe renunciar a su barrio, las barbacoas y las copas con los colegas, la bendita rutina de tocar todas las noches en el mismo tugurio y ante una clientela fija que comprende el lenguaje de su música.

El buen cine nos ha dado variadas y complejas visiones de ciudades como Nueva York y San Francisco. Cuando las visitas por primera vez tienes la sensación de que ya las conocías, que tu subconsciente está maravillosamente colonizado por esos paisajes, que nada en tu recuerdo huele a decorado, que has pasado muchos de los momentos más gratos de tu existencia viviendo en ellas antes de pisarlas. Y allí te han ocurrido comedias y dramas, transparencia y oscuridad, épica urbana y suspense. No hay un espíritu común, unas claves determinadas, una atmósfera reconocible, sino muchas, aunque el Empire State y el Golden Gate nunca cambien de lugar y permanezcan inmutables.

Sin embargo, en la retina del espectador solo existe una Nueva Orleans. Tal vez responda a tópicos exóticos destinados a alimentar el turismo, pero solo puedo imaginármela como en las historias que ha contado siempre el cine sobre ella, como una ciudad pequeña y misteriosa, inquietante y golfa, húmeda y sofocante, adecuada para la alucinación, regida por el vudú y los exorcismos, ancestral cuna de vampiros, refugio final de perdedores y gánsteres sin estrella, ambientada día y noche por una música que contagia su ritmo al cuerpo e inyecta alegría al alma, en la que todo lo que se consume es fuerte, impregnada de leyenda, un mundo aparte.

Los clásicos del cine norteamericano no frecuentaron en su arte la turbiedad y el vitalismo de Nueva Orleans. Y es una pena. A pesar de ello, cualquier película ambientada en esa hipnótica geografía posee encanto inicialmente en el ánimo del cinéfilo. Hagamos agradecida memoria. Allí se desarrolló la más grandiosa partida de póquer de la historia del cine. Ocurría en El rey del juego. Peckinpah fue despedido por el productor a la semana de comenzar el rodaje y le reemplazó Norman Jewison. Podemos soñar con lo que hubiera logrado el primero, pero lo que consiguió el segundo no tiene desperdicio. El duelo entre el león joven y el zorro viejo para averiguar a quién le corresponde el trono del póquer, resuelto en esa jugada casi imposible de full de ases contra escalera de color, es el tenso esqueleto de un universo violento, sensual, pintoresco y fascinante. Clint Eastwood era un madero que investigaba los crímenes de putas a cargo de un disfrazado psicópata en la muy negra En la cuerda floja. Ocurría en el Barrio Francés durante el Mardi Gras. El problema es que al cazador, al obsesionado representante de la ley, al igual que su esquiva presa, está enganchado al sexo duro con las putas. Tennessee Williams también hablaba de erotismo y de neurosis en medio de una atmósfera sofocante en Un tranvía llamado Deseo y en De repente, el último verano. El acoso y derribo del macho cruel Stanley Kowalski a la hipersensible y lírica impostora Blanche DuBois transcurría casi siempre en una casa, pero el aroma de Nueva Orleans impregnaba esa relación sadomasoquista en el volcán.

La escritora Anne Rice se hizo millonaria contando la voracidad, los amores, las desventuras y la tragedia de esos seres nocturnos que se alimentan con la sangre ajena en una ciudad que reúne todas las características para ser su torturado hogar, poblado de libertinas víctimas que no pueden evitar jugar con el fuego. Neil Jordan trasladó convincentemente al cine esa poética del horror, interpretada por la seducción maligna de los excesivamente hermosos Brad Pitt y Tom Cruise, en la enfermiza y subvalorada Entrevista con el vampiro. Pitt también se metería en la insólita piel y el aterrorizado corazón de un hombre que nace con la apariencia de un anciano monstruoso y muere cuando su enfermedad le ha convertido en un desvalido bebé en la tan conmovedora como poética El extraño caso de Benjamin Button. Nueva Orleans es generosa con esa criatura marcada desde su nacimiento por un destino trágico. Le adoptarán en una residencia de ancianos, un pigmeo vagabundo que se lleva bien con la soledad a la que le condena su anormalidad física le iniciará en los ritos de la amistad, descubrirá en su adolescencia el consuelo del alcohol y los goces del burdel, conocerá la plenitud que regala el amor y también el desgarro de la inevitable separación con una bailarina que ha conocido desde el principio su extraña naturaleza.

Cualquier película situada en la ciudad del complacido pecado, aunque sea desvaída o insufrible, tiene un escenario hipnótico. Y unos hijos superdotados como Louis Armstrong y los hermanos Marsalis que han recreado la banda sonora, el color, el olor y el sentimiento de una ciudad que siempre estará felizmente casada con el cine.

Treme se emite en la cadena TNT. www.hbo.com/treme/index.html

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de julio de 2010