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jueves, 29 de abril de 2010

Le pones una u, y el Metro ya es el muerto

Una imagen no vale más que mil palabras, pero puede multiplicarlas y hacer que valgan dos mil. Eso es lo que ocurre, por lo general, en los dibujos de El Roto que publica EL PAÍS a diario. En el de ayer, se veía a Unamuno bajo la lluvia afirmando que de lo que sufre parte de este país es de histerioesclerosis, y uno tiene la sensación de que con esa sentencia el filosofoilustrador lo resume todo. Quietos ahí, académicos y demás ortodoxos, ¿quién ha dicho que no se puede alemanizar el idioma y clavar dos sustantivos? Escribir es jugar y dos palos dejan de serlo cuando atas uno a otro y empiezan a ser una espada. Y si quieren más, acuérdense del poeta peruanoafrancesado César Moro, para quien no había equilibrio más bello que el de dos trenes que chocan. Más claro, agua.

Uno tiembla con la idea de que lo que graban las cámaras sea un resumen de nuestro país

La histerioesclerosis afecta a algunos magistrados que te hacen recordar día sí y día no aquella frase de Bertolt Brecht: "La mayor parte de los jueces son incorruptibles: nadie puede inducirlos a hacer justicia". Afecta a algunos políticos que al mirar una estatua de un dictador sólo ven una escultura. Y afecta a gente como el supuesto antifascista que entró en un vagón del Metro, dejó su mochila en el suelo y le dio una paliza siniestra a un ultraderechista, a un nazi, según decía el agresor y confirma la policía, tal vez seguro de que con eso defendía a la izquierda. Qué va, hombre, eso no se parece más que a la ideología de los puños y las pistolas, de la que hablaba José Antonio Primo de Rivera, y lo único que demuestra es que se puede ser falangista con una camisa azul y con una bandera roja. Pero lo peor es que uno se echa a temblar si se le pasa por la cabeza la idea de que quizá lo que graban las cámaras del Metro sea un resumen de nuestro país, porque lo que se ve en esas imágenes es a unos vigilantes que en lugar de defender a los viajeros, los apalean, los derriban, los insultan, les azuzan perros o, como ocurrió hace no mucho, los dejan morir en un banco, como hicieron con aquel muchacho enfermo al que no prestaron ayuda al pensar que se trataba de un drogadicto, como si eso, por otra parte, lo convirtiera en una alimaña. Lo que se ve en esas imágenes es a un joven que asesina a otro de una puñalada porque era punki; o a otro que patea bestialmente a una inmigrante por gusto, porque llevaba un par de copas de más... Y el caso es que todos esos energúmenos con y sin uniforme afirman tener una coartada, defender algo, actuar en nombre de una moral o una tendencia política... ¿Cómo llamaría a eso El Roto? ¿Estupideas? ¿Hipocrideologías? Quién sabe, pero está claro que a la hora de definir ciertas cosas, una sola palabra no sirve, hay que apuntalarla con otra, como cuando Pablo Neruda inventó los nixonicidios o Rafael Alberti llamaba a Franco el funeralísimo o se refería a los dictadores latinoamericanos que sí puede perseguir Garzón como pinosanguinochetburundá, y cosas por el estilo.

"O sea", me dice Juan Urbano, "que el Metro, con eme mayúscula, es el sistema de medida de la bestialidad. Ya lo ves, le añades a Metro una u, y ya estás en muerto". Espero que no tenga razón, y que lo que se ve que ocurre allí abajo no sea una plantilla de lo que es esta ciudad, porque en ese caso estamos rodeados de matones que, eso sí, nos atacan porque están defendiendo algo. Ojalá les cobren muy caro cada golpe. Por si acaso, vamos a ir sumándole palabras al diccionario de la violencia impune: magistarado, leympunidad, reburrovolucionario y todas las que se les ocurran. Se admiten sugerencias.

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