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Crítica:LIBROS

Verde por fuera, roja por dentro

Autobiografía. Hay un momento en que Guillermo Cabrera Infante se pregunta cómo es que sigue adelante con "lo que quiere ser una novela y no pasará de ser una velada autobiografía", y unas cuantas páginas después se ve envuelto en un agarrón erótico con una hermosa joven de una familia acomodada y, de pronto, en medio de los besos apasionados y de los dedos que persiguen unos senos, le empieza a sonar la tripa de manera escandalosa. Así que no tiene más remedio que interrumpir el arrebato y pedir disculpas. Ella le dice que no importa: "No somos cuerpos divinos". Y de ahí le viene el nombre a este libro, que está lleno de divinos cuerpos de mujeres, pero que sobre todo es un canto a la divinidad del cuerpo y a la divinidad del placer, un elogio al vértigo de la felicidad efímera y una celebración de la complicidad y de la seducción. Es un cuento lleno de risas y lleno de lágrimas.

Cuerpos divinos

Guillermo Cabrera Infante

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores

Barcelona, 2010

555 páginas. 23,50 euros

Ya casi al final de sus más de quinientas páginas, que Cabrera Infante empezó a escribir en 1962 y a las que añadió materiales diversos hasta el final de su vida, alguno de sus amigos compara la Revolución con lo que llaman allí un melón: verde por fuera y roja por dentro. Esta velada autobiografía es también una particular crónica del cataclismo que se produjo en Cuba durante aquellos años, y termina unos meses después de la caída de Batista, tras haber empezado en el verano de 1957 con un encuentro casual del redactor jefe y crítico de cine de la revista Carteles, el propio escritor cubano, con una jovencísima muchacha que ronda los dieciséis años y que lo vuelve loco de amor. Esta historia la desarrolló en su novela póstuma La ninfa inconstante, publicada en 2008, pero aquí tiene otro tono y está metida en el barullo de la época. Fue en marzo de ese año cuando el Directorio intentó tomar el Palacio Presidencial para acabar con la dictadura y la cosa quedó en fracaso y un montón de muertos. La sangre aparece, así, manchando desde el principio unos episodios cargados con la urgencia y radicalidad de la política de entonces, pero que el autor vive embarcado en su propia guerra personal. La que se desencadenó cuando esa menor abandonó su casa y lo reclamó para que se ocupara de ella.

En los últimos años de la década de los cincuenta se confundieron en Cuba de manera íntima la historia y la vida. Por lejos que ocurrieran las batallas de la Sierra entre los rebeldes y el ejército, el afán de acabar con el tirano contagiaba en todas partes la marcha cotidiana de las cosas. Así que también la llamada a la acción movilizó a aquel periodista de Carteles y fue ayudando, como pudo, a los enemigos del régimen. Y cuando Batista cayó, se incorporó a los desafíos inmediatos trabajando como un poseso. Su propia vida pasó por una crisis profunda y, mientras su matrimonio se iba desmoronando, en esos días nació su segunda hija. Por eso su luminosa alegría y la felicidad que persigue frenético en las noches de La Habana tiene también el interior teñido de rojo.

En marzo de 1958, Cabrera Infante se encontró con Ella, el gran amor de su vida, y el libro cuenta las dificultades, el tira y afloja, las rupturas ininteligibles y la intensa complicidad que los fue amarrando e, incluso, aparece la gitana que les reveló el futuro: "Ustedes dos (...) van a estar juntos un tiempo, se van a querer mucho, pero luego se van a separar, después se van a volver a juntar y ya no se van a separar más, van a viajar mucho y conocer países extraños".

El humor es el gran conductor de la prosa del escritor cubano que, esta vez, como si la narración de las cosas de su vida le exigiera una mayor mesura y transparencia, contiene un tanto su torrencial arsenal de recursos estilísticos y se pliega a la estructura lineal. La Habana es la gran protagonista, como lo fue de Tres tristes tigres, que se desarrolla también en esos días y que ahora Cátedra ha recuperado con edición de Enrico Mario Santí y Nivia Montenegro. Ya sean Hemingway o Castro, el Che Guevara o Alicia Alonso, Lezama o Camilo Cienfuegos, el libro los desnuda con la mirada inclemente del que sólo va a rendir cuentas con la vida. Y, así, puede ver en todas partes cómo las grietas van descomponiendo los altares. La enorme melancolía que acecha tras tantas risas es la que sobreviene de manera inevitable tras cualquier cuento de amor, dicha o placer. Y más, si se constata, como lo hace Cabrera, que ha sido "siempre adolescente y creo que de ese estado pasaré a ser un anciano, no más sabio pero sí sin duda más viejo". Por eso, quizá, Cuerpos divinos tiene esa hondura y radicalidad. Y esa insolente y desaliñada hermosura. -

Tres tristes tigres. Guillermo Cabrera Infante. Edición de Enrico Mario Santí y Niyia Montenegro. Cátedra. Madrid, 2010. 680 páginas. 17 euros.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de marzo de 2010