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Reportaje:

El arte que emociona a Saramago

Emilio Fornieles trabaja en Lepe en una serie pictórica dedicada a niños africanos

El Premio Nobel de Literatura José Saramago tiene un artista predilecto: el joven pintor catalán Emilio Fornieles (Terrassa, Barcelona, 1976). Hasta 2006 ayudaba en un estudio de arquitectura y en su tiempo libre realizaba encargos de pinturas que acabaron por ahogarle. "Venía la gente con fotos de familiares que acababan de morir. Me cansé de pintar a gente muerta", sostiene el artista desde Lepe (Huelva), donde ha vivido desde pequeño.

Así fue cómo comenzó su carrera profesional. Fastidiado. Un día, a principios de 2007, encontró un armario en un contenedor. Alguien se había mudado y lo había dejado, medio desmontado, en plena calle. En menos de una hora, un retrato con el rostro de Picasso parecía estar vivo en aquella madera contrachapada de dos metros por uno. Pocos días después, Fornieles plasmó a la pintora mexicana Frida Kahlo en otra madera.

"Nunca he pretendido vivir de la pintura. Creo que es imposible"

En unos meses, su serie Pintores con Letra Grande había recorrido España y Portugal y había llegado a Italia. Recibió el premio BECArte 2007 de la Junta y amplió los 12 retratos originales a 35: Lorca, Dalí, Cela, García Márquez, Cortázar, Borges.... Entre ellos, figuraba José Saramago, que nada más verse en el lienzo, se enamoró de la serie y decidió apadrinar al artista. "A mi marido y a mí nos emocionó muchísimo cuando un día, en Castril, Granada, vimos a gente, sobre todo a niños, que leían a Lorca delante de un retrato enorme e inquietante. Aquello era inspirador. Decidimos comprar la exposición entera para que pudiera rotar por toda España y Portugal", evoca Pilar del Río, esposa del escritor portugués, desde Lisboa.

A Fornieles "nadie, nunca" le ha enseñado a pintar. "No sé, me inspiro en fotografías y en las cosas que veo", cuenta desde su estudio. Mientras habla, no puede dejar de mostrar cuadros y más cuadros, esculturas, botes con pinturas y materiales reciclados. Los retratos se llevaron a cabo con un material insólito: toner de impresora. Con ese polvillo negro salieron de su pincel Jackson Pollock, Truman Capote o Salman Rushdie.

Ahora el catalán, onubense de adopción, trabaja en la ampliación de otra serie: Angelitos Negros. Se trata de niños africanos, dibujados con gran realismo, que parecen mirar a los ojos del espectador. "Me gusta acercarme a África a través de mis creaciones. Quiero reflejar esas sociedades infantiles que tienen que organizarse por sí mismas.

Fornieles saca un bote viejo y oxidado, de bastante capacidad, y muestra su hallazgo pictórico. "Para el fondo de estos cuadros conseguí el color exacto, el ébano". Su estudio, que realmente es un garaje, está repleto de objetos inservibles, telas, alambres, maderas, un ordenador con manchas de pintura y una motocicleta. El refugio del creador. "Parto del caos, de la mancha, para después crear orden. Como en mi vida real", bromea el artista.

El pasado 15 de septiembre, Pintores con Letra Grande más Angelitos Negros inauguraron el segundo centro cultural Sete Sois Sete Luas, en Ponte do Sor (Portugal). Poco antes, el 16 de julio, se exhibía en Pontedera, en la Toscana italiana. Su próxima cita, en abril, es la inauguración del Museo de Arte Contemporáneo de Gibraléon (Huelva) y, en diciembre, en el Museo Provincial de Huelva.

El problema ahora, tras el reconocimiento, es sacar tiempo para ser libre. "Nunca he pretendido vivir de la pintura. Creo que es imposible", dice Fornieles con una humildad aplastante. "Para ello, tienes que perder la libertad creativa y, a mí, eso me mataría", zanja el pintor.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 15 de enero de 2010