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COLUMNA

¡Pásame otra gamba!

En La Vía Láctea, de Luis Buñuel, dos peregrinos hacen un alto en el Camino de Santiago para comer. De repente, uno le pregunta al otro: "¿Crees en la existencia de Dios?". El compañero, como si tal cosa, responde: "Pásame otra gamba". Cuando hablo de literatura infantil y juvenil (LIJ) siento en muchas ocasiones unas ganas enormes de repetir esa frase. ¡Pásame otra gamba! ¿Es la LIJ una literatura "de segunda"? ¡Pásame otra gamba! ¿Tiene menos calidad literaria que la "de adultos"? ¡Pásame otra gamba! ¿Hay muchos libros malos de LIJ? ¡Pásame otra gamba! ¿Se rebaja un escritor cuando escribe LIJ? ¡Pásame otra gamba! Etcétera. Hace un año y pico recibí un premio literario. En el acto de entrega hubo princesa, ministro y muchas autoridades. Todos tomaron la palabra y, curiosamente, el ministro del ramo, en su turno, se limitó a cuestionar la existencia de la LIJ con ese argumento archisabido de que sólo hay libros buenos y malos. Pero, ¿quién lo duda? ¡Pásame otra gamba, ministro! Pronto me entregarán el Premio Nacional de LIJ, que acabo de ganar, y espero que nadie, en los discursos oficiales, repita los mismos tópicos. A sesudos intelectuales les he oído decir -para repudiar indirectamente la LIJ, por supuesto- que se iniciaron en la lectura a los cinco o seis años con la Ilíada, la Odisea, o las obras completas de Shakespeare. Me alegro por ellos y por su precocidad, pero les aseguro que se han perdido libros maravillosos, que ya nunca se van a atrever a recuperar -aunque sí a denostar-. Y no voy a caer en la tentación de citar ahora esos libros clásicos de la LIJ, ya convertidos en estandarte. Me refiero a esos, por supuesto, pero también a otros muchos, menos conocidos. Escribir literatura infantil y juvenil es elegir una de las opciones más mágicas y creativas que puede tomar un adulto que siente la llamada de las letras; es recrear con total libertad el mundo infinito y complejo de los niños y de los jóvenes, un mundo que debería interesar también y de manera especial a los adultos; es aplicar los cinco sentidos a la obra literaria; es rigor absoluto para levantar un sólido puente de palabras que una el universo del que escribe con el universo del que lee; es pasión, amor, dolor, incertidumbre, gozo, duda, curiosidad, trabajo... En este punto alguien podría añadir que todo eso también lo siente el que escribe "para adultos". ¡Pásame otra gamba! Todo cabe en la literatura infantil y juvenil, y todo cabe de mil maneras distintas. Del derecho y del revés, desde fuera y desde dentro, con lógica o sin sentido, con risa o con llanto, con los ojos abiertos o con los ojos cerrados... Un escritor puede expresar todo lo que lleva dentro aunque escriba para niños y jóvenes. Sueños, frustraciones, alegrías, pesadillas. Todo. Y quizá, en ese intento por conseguir simplemente que los niños y los jóvenes le entiendan, él mismo podrá entenderse mejor. Escribir para niños y para jóvenes nos lleva a explorar los maravillosos y complicadísimos caminos de la sencillez desnuda, que nunca es simpleza. La concisión. La brevedad. La palabra precisa y adecuada. Eso es Cervantes. "Llaneza, muchacho". No estaría mal que todos los escritores hiciesen una incursión en la LIJ. ¡Aprenderían tanto! Es mucho más fácil la retórica. Es mucho más fácil perderse deliberadamente en el laberinto, sabedores de que el Minotauro ya está muerto, e ignorar el atajo luminoso. La literatura infantil y juvenil es ese atajo, el camino que nos lleva directamente. Y en el fondo la literatura es solo eso: el hilo misterioso y clarividente de Ariadna.

Alfredo Gómez Cerdá (Madrid, 1951) es premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2009 por su libro Barro de Medellín (Edelvives. 2008. 7,90 euros). www.almezzer.com/

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 19 de diciembre de 2009