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domingo, 29 de noviembre de 2009
Reportaje:

... y Elena dijo: "Sí, quiero"

La Infanta pone fin a 14 años de un matrimonio que nació por la insistencia de Jaime de Marichalar

Llovía en París. En un coche se despedía una pareja. Eran Luis Astolfi y Elena de Borbón. Compañeros en el circuito hípico, llevaban varios meses saliendo a escondidas. Llegó el momento de definir la relación y Astolfi confesó a la Infanta que no se creía capaz de afrontar la vida pública que requería salir con la hija mayor de los reyes de España. A Elena se le rompió el corazón.

En su tiempo de estudiante en París, la Infanta frecuentaba la amistad de algunos españoles instalados en la ciudad, entre ellos Jaime Marichalar, el "de" llegó más tarde. El hijo de los condes de Ripalda se convirtió en el acompañante perfecto, siempre dispuesto, siempre atento. Seguía a doña Elena incluso cuando montaba en los concursos. "Nos conocíamos hace mucho tiempo, pero Jaime no ha parado hasta convencerme", contó la Infanta en noviembre de 1994 cuando se hizo público el compromiso de la pareja. Esa frase tiene ahora más significado que nunca.

La hija de los reyes y su esposo vivieron una década de desencuentros

Doña Elena y Marichalar fueron felices en sus primeros años de casados. El tiempo en que vieron nacer a sus dos hijos, Felipe, que ahora tiene 11 años, y Victoria, de 9. Fue también la época de la gran transformación de la Infanta, que se convirtió en una de las mujeres más elegantes de la nobleza europea. De ese cambio el responsable fue Marichalar, al que se veía en los aviones a París cargado con portatrajes y sombrereras de las grandes firmas de moda de alta costura.

Pero cuando en diciembre de 2001 el duque de Lugo sufrió su primer accidente vascular en un gimnasio de Madrid, las cosas entre ellos ya no iban bien. Sus vidas cada vez tomaban caminos más distantes. Plantearse en esos momentos una separación era difícil por muchas cosas; la más importante: el príncipe Felipe permanecía soltero y la línea de sucesión al trono no estaba asegurada.

En mayo de 2002, Marichalar sufrió el segundo accidente vascular en un avión. El paciente no hacía caso a los médicos y viajaba, aunque le recomendaban que no lo hiciera, y descuidaba su rehabilitación. Fue entonces cuando el matrimonio se trasladó a Nueva York para que el duque se recuperara sin distracciones.

El círculo que rodeó a la pareja en Estados Unidos recuerda a Marichalar siempre acompañado de un mayordomo y a doña Elena sola con semblante triste. La isquemia cerebral le provocó una hemiplejia en la parte izquierda de su cuerpo y un cambio profundo en su carácter. Pasaba por temporadas de gran euforia y actividad, en las que salía todas las noches y viajaba allá adonde le invitaban, a otras en las que se sumía en la melancolía. Perdía los nervios con frecuencia y llegó incluso a provocar situaciones embarazosas por salidas de tono en público.

De regreso a España, doña Elena se quedó embarazada, pero a los tres meses- en junio de 2003- sufrió un aborto espontáneo. Fue el último intento de retomar su matrimonio.

La Infanta se refugió en sus hijos, en el colegio que abrió con su amigo Borja Prado y en el que daba clases de inglés, y retomó las salidas con su pandilla de la hípica. Y siempre a su lado, su mejor amiga, Rita Allende-Salazar. Ella fue quien le ayudó a mudarse a la pequeña casa que le prestaron cuando dejó el domicilio conyugal del barrio de Salamanca, que Marichalar compró con el dinero de una herencia millonaria de una tía. Ella también le acompañó en sus largos fines de semana en el campo de Ávila, donde cuentan que también acudía un amigo de la Infanta con el que montaba a caballo.

Los Reyes permitieron a su hija que se separara tras un verano complicado en Marivent. La Infanta llegó a marcharse de Palma en pleno mes de agosto dejando allí a su marido e hijos para viajar a Croacia con su hermana Cristina y unos amigos.

Doña Elena encontró el apoyo del Rey, que tiene debilidad por ella, y la reticencia de la Reina, que intentó convencerla de que al ser miembro de la familia real tenía obligaciones que cumplir, como ella misma hacía. El debate se resolvió con el llamado "cese temporal de la convivencia".

En estos dos años previos al anuncio del divorcio, que se produjo el pasado miércoles, no ha habido ni un solo síntoma de acercamiento y sí ha permitido ver a dos personas que han evolucionado de manera muy diferente. Mientras Elena aparecía feliz, se compraba una casa nueva y comenzaba a trabajar en la Fundación Mapfre, Marichalar vagaba solo por las fiestas, perdía puestos en los consejos de administración y confesaba a sus amigos que su tríplex del barrio de Salamanca se le caía encima. Sólo sonríe con sus hijos, lo único que le une a Madrid porque ganas no le faltan de volver a París.

Marichalar no quiso nunca el divorcio, lo ha firmado al darse cuenta de que la vuelta atrás era imposible. En primavera, cuando Victoria, su hija, hizo la primera comunión, aparecieron juntos por primera vez en dos años: apenas se miraron. Marichalar tampoco quiere la nulidad, pero doña Elena está dispuesta a seguir adelante. Quiere ser soltera y no descarta rehacer su vida. Tiene 45 años y se siente más segura que nunca de sí misma.

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Jaime de Marichalar y la infanta Elena, en una imagen de 1998.

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