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sábado, 14 de noviembre de 2009
Reportaje:REPORTAJE

Aprendiendo de L.A.

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La ciudad, que atrae a miles de personas por su creatividad, lucha por superar sus graves problemas de movilidad y contaminación apoyándose en la enorme vitalidad de sus barrios

No es ningún secreto que la ciudad de Los Ángeles es insostenible por su dispersión y por su dependencia del coche. Pero no menos cierto es que tiene una infinita capacidad para reinventarse permanentemente y seguir siendo una de las ciudades más atractivas del planeta. A L.A. siguen mudándose cada año miles de personas porque aún produce más oportunidades por metro cuadrado que ningún otro lugar.

Una estructura flexible de solares bien conectados que se pueden agrupar o desagrupar según las necesidades le ha permitido producir de todo. En lo que eran naranjales después se han fabricado misiles y aviones. Donde se ha diseñado moda y cosmética ahora se crean también videojuegos. La ciudad se ha ido orientando hacia sectores de alto valor añadido, flexibles y rentables. El ambiente es propicio para la creatividad, y cuenta con el mejor departamento de marketing para vender con sus películas tendencias por todo el mundo. Los Ángeles es una máquina perfecta de fabricar dólares, y puestos de trabajo.

Pero Los Ángeles es un gigantesco monstruo que no para de quemar gasolina, y se tiene que adaptar ahora a los verdes tiempos que corren. La batalla se centra fundamentalmente en disminuir el número de viajes que se realizan en la ciudad. Los atascos y la contaminación son una pesadilla. En el área metropolitana, que se compone de 5 condados y más de 160 ayuntamientos, se mueven 15 millones de personas, casi todas en coche, generando 40 millones de desplazamientos diarios, tantos, por ejemplo, como en todo el pasado mes de agosto en las carreteras españolas.

Para conseguirlo, está intentando disminuir el tráfico. En los últimos años se han ido construyendo vías para vehículos con dos o más pasajeros, que a partir de ahora podrán usar también los vehículos con bajas emisiones de CO2. También se obliga a las empresas a tomar medidas para que los empleados compartan el coche para ir al trabajo. El transporte público ha mejorado mucho. La red de autobuses se ha extendido notablemente. El metro, casi recién nacido, tiene ya cinco líneas, este mes de noviembre se inaugura una nueva ampliación, y en 2010 está prevista la apertura del Expoline, un tren ligero al que acompaña un parque lineal. Todas estas inversiones son prioritarias para el alcalde de Los Ángeles, Antonio Villaraigosa, que busca frenéticamente los billones de dólares necesarios para acelerar los proyectos en curso.

Pero estas ingentes inversiones se diluyen en un inmenso territorio inundado de coches. Para Martin Wachs, profesor de Planeamiento Urbano y Regional de la Universidad de California, estas mejoras ni siquiera llegan a contrarrestar el aumento de desplazamientos que generan los recién llegados. Según él, la única manera de que la situación cambie es que sea mucho más caro el coche que el transporte colectivo, gravando con más impuestos la gasolina y los seguros de automóvil o subiendo las tarifas de los aparcamientos, pero este tipo de políticas también son muy cuestionadas porque penalizan a los más pobres, y no están siendo aplicadas.

La otra manera de incidir sobre la movilidad es favoreciendo una vida local más diversa, una estrategia que potenciaría una de las mayores riquezas que tiene Los Ángeles, la vitalidad de sus miles de barrios. El Ayuntamiento acaba de actualizar el Bycicle Plan, que prevé la construcción de más de 1.000 kilómetros de nuevos carriles para bicicletas. Y también ha modificado las ordenanzas de los entornos de las estaciones de metro, para permitir la construcción de más viviendas sobre las mismas parcelas y aumentar la densidad. Cuanto más autosuficiente sea la vida local, menos desplazamientos en coche habrá. Por otro lado, han aparecido nuevas urbanizaciones, como Playa Vista en el West Side, que, siguiendo las pautas del Nuevo Urbanismo, incluye servicios y espacios para trabajar. El resultado es bastante parecido a un Montecarmelo o un Sanchinarro, pero en versión californiana, algo impensable en Los Ángeles hace tan sólo unos años. Pero si bien cumplen con las premisas de ofrecer de todo a sus habitantes para que no tengan que desplazarse, son muy exclusivas y no favorecen la mezcla ni el intercambio.

Y precisamente, uno de los grandes retos de Los Ángeles es mejorar la integración entre sus miles de barrios que flotan desparramados entre sus autopistas urbanas. Las tensiones sociales generadas por la segregación racial y las tremendas desigualdades no pueden ser obviadas por la galaxia urbana del sur de California. El proyecto de regeneración del río Los Ángeles, promovido por asociaciones ciudadanas y apoyado ahora por la clase política, quiere transformar lo que es ahora una rambla abandonada recubierta de hormigón en un gran parque lineal, para enlazar su desembocadura en Long Beach con las montañas de San Gabriel, conectando las comunidades que atraviesa.

Esta vía verde es de lo más esperanzadora, porque favorece el desarrollo y la integración de muchas comunidades. Al borde del Pacífico, la ciudad frontera entre América y Asia tiene que apoyarse en la vitalidad de sus barrios para evolucionar hacia la sostenibilidad.

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