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Reportaje:FIN DE SEMANA

Un paseo bajo en decibelios

Peñalba de Santiago y el valle del Silencio, naturaleza remota al sur de El Bierzo leonés

Se ha hablado muchas veces del impacto que tiene la mano del hombre en la naturaleza, del modo en el que la afea o la engrandece, pero casi nunca se habla de lo contrario: del sello soberbio que en ocasiones deja la naturaleza en la obra del hombre. En Montes de Valdueza, una aldea leonesa perdida en medio de la montaña, hay un monasterio benedictino del siglo X en ruinas. El monasterio de San Pedro, fundado en el siglo VII y reedificado luego por san Genadio. Se mantienen en pie sus muros destechados de piedra de sillar, sus arcos, las columnas de su claustro. Pero sobre ellos, sobre los restos de aquella construcción que debió de ser magnífica, ha ido aposentándose la naturaleza. Ha crecido el musgo en las paredes, hay retamas alzándose en las cornisas y algunos árboles surgen con aplomo en mitad de una galería y trepan apoyándose en los muros. Es una decoración vegetal y fiera de ese románico cadáver. La mujer que enseña las ruinas y la iglesia adyacente se queja con amargura del retraso con que llegan las subvenciones prometidas para la restauración del monasterio, pero cabría preguntarse si esa edificación devastada por el tiempo no luce mejor así, emboscada y rota, abierta al cielo, devorada por la hierba.

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San Genadio fundó otro monasterio en Peñalba de Santiago, una aldea que se encuentra pocos kilómetros más arriba siguiendo una carretera tortuosa y escarpada en la que difícilmente caben dos coches y desde la que en algunos tramos se avista el abismo. Según algunos lugareños, ése es el secreto del valle del Silencio: "Cuando nos arreglen la carretera, esto se llenará de gente y habremos perdido todo lo bueno que tenemos. La dureza del camino siempre purifica". La carretera, además, muere allí, de modo que en el viaje no hay tránsito ni azar.

Hogazas gigantes

Peñalba, a diferencia de Montes de Valdueza, es una aldea pulida y acicalada. Sus casas de piedra casi bruñida, con balcones de madera y tejados de pizarra, tienen un aire algo relamido. A pesar de lo escabroso del camino, hay varias casas rurales con cierto postín y un bar-restaurante recio en el que se exhiben hogazas de pan gigantescas, aperos de labranza tradicionales y fotografías artísticas de la zona. Los viajeros desafían los peligros de la carretera para conocer esa pequeña Arcadia de calles en pendiente y paisajes luminosos.

Del monasterio que san Genadio fundó aquí sólo queda una iglesia estrecha que se muestra aún como ejemplo genuino de arte mozárabe. El trazo de su puerta, de dos pequeños arcos de herradura apoyados en columnas delgadas, es modélico, pero es, sobre todo, hermoso. El resto de la fachada, alzada con piezas de piedra desiguales, tiene una sobriedad cruda, casi áspera. Está desnuda, como el interior, que sólo sirve para el recogimiento. La planta de la edificación es tan escuálida que dos hombres unidos con los brazos en cruz tocarían los muros opuestos. Los peñalbinos están orgullosos de su iglesia, que es una pequeña joya arquitectónica, y la cuidan con el mismo primor con el que cuidan la aldea entera. En la fiesta de Santiago -la del pueblo- la adornan con flores para no estropear su simplicidad. Para devolverle la pureza natural que sin duda san Genadio, su fundador, quiso para ella.

San Genadio es el patrón turístico del valle del Silencio. Después de fundar los monasterios de Montes de Valdueza y de Peñalba, se marchó a una cueva en la montaña para estar más cerca de Dios, más despojado de todo. A la cueva, que conserva un altar y una talla de madera de una belleza rústica, se llega caminando a través de un sendero que serpentea por la montaña. Si se mira desde Peñalba el lugar de la cueva, al otro lado de una cañada, es posible que se desista de la excursión, pues parece remota e inaccesible para los andarines ocasionales. El secreto de un ermitaño es ése: vivir donde sólo pueda llegar Dios para que no puedan alcanzarle las distracciones. La impresión, sin embargo, es equivocada: el trayecto, que sube y baja continuamente, sin demasiada llanura, sofoca pero no ahoga. Se recorren tramos umbríos y descubiertos y se atraviesa un arroyo rumoroso antes de emprender la pendiente final. Al llegar a la cueva se divisa un panorama espectacular, como si san Genadio necesitase en realidad contemplar con admiración la obra de Dios para creer en él. Se ven bosquecillos de árboles que, al decir de los paisanos, son fresnos, chopos y nogales. Allí se puede comprobar con claridad que en el valle del Silencio no hay silencio, que la naturaleza siembre bulle: el bisbiseo del viento, las voces de pájaros, el murmullo de aguas encañonadas y el crujido seco de la montaña.

Es verano cuando atravieso esas tierras de san Genadio, pero al parecer se vuelven más hermosas en otoño, cuando los colores pardos, amarillentos y cárdenos de los árboles y la tibieza de la luz, más melancólica, amansan el paisaje. El monasterio de Montes de Valdueza, cuyos muros vi mordidos por una vegetación verde, debe de aparecer en esa época rojizo y ceniciento, con la piel leonada, como si esa tarea hecha a medias por la mano del hombre y por el boscaje se rematara del todo.

Estamos en el sur de El Bierzo, y para regresar no queda más remedio que desandar el camino enfilando esa carretera colgada en el borde de la montaña que nos ha traído. Antes de abandonarla atravesamos Valdefrancos y San Esteban de Valdueza, que nos ofrecen imágenes pintorescas y una sensación de sosiego de otro siglo. A partir de ahí se abre de nuevo el mundo y las maravillas vecinas de la comarca: Las Médulas, Villafranca del Bierzo, Ponferrada, Carracedo. Otro silencio diferente.

» Luisgé Martín es autor de la novela Las manos cortadas (Alfaguara).

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* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de octubre de 2009