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Reportaje:BERLUSCONI

Anatomía de Berluscolandia

Decenas de vuelos oficiales y privados llevan cada fin de semana a Cerdeña a una milicia de bellezas que entretienen al jefe del Gobierno italiano y sus amigos. Tras las acusaciones de la primera dama y el 'Noemigate', Italia revela al mundo su clima de bajo imperio. ¿Pasará factura a Berlusconi?

Jardines infinitos, lagos artificiales, órganos sexuales al aire, juegos lésbicos, efectos especiales, pizza y helado gratis... Un geriátrico lleno de cuerpos imponentes. Las fotos censuradas en Italia por iniciativa de Silvio Berlusconi muestran la rutina desinhibida de la mansión sarda del jefe del Gobierno, en la Costa Esmeralda de la isla de Cerdeña.

Lunes 1, jardines del palacio presidencial del Quirinal, fiesta de la República: cientos de prohombres del régimen suben a saludar al primer ministro, acorralado por las reacciones suscitadas a las noticias de su amistad con Noemi Letizia, una chica de 18 años. Un 70% de esos prohombres acude a saludar a Berlusconi con su hija del brazo, en vez de con su mujer. Bienvenidos a Berluscolandia, el país donde todas las jovencitas quieren ser velinas (azafatas de televisión).

Italia ha convivido con el hecho de que Berlusconi haya cortejado y promovido a cientos de 'velinas'

"Media Italia trabaja para Berlusconi, la otra media lo desea", dice Giancarlo Santalmassi, maestro de periodistas

"Es una mina de sabiduría", escribe sobre el líder máximo la autora del libro 'Noi, le ragazze di Silvio"

Visitemos ahora Villa Certosa, la misteriosa mansión sarda del magnate milanés que oficia de primer ministro y es el actual presidente de turno del G-8 y líder elegido a mano alzada por el partido Pueblo de la Libertad. Desde que se supo que Noemi Letizia, la joven napolitana de 18 años que llama Papi a Berlusconi, pasó el fin de año en la casa con otras 30 velinas (azafatas televisivas), todos los italianos fantasean con ese nombre: Villa Certosa. La finca es el sueño de cualquier camorrista, sobre todo si está preso: olivos y palmeras, piscinas por doquier, helados y pizza gratis a discreción, lagos artificiales, un anfiteatro donde toca y canta sus canciones napolitanas el inevitable Mariano Apicella, que ha publicado dos discos con Berlusconi como autor de las letras de sus canciones...

El mar turquesa, la gran casa principal, las estancias secretas, el canal subterráneo que comunica el mar directamente con la villa -inspirado en un filme de James Bond-, el parque con sesenta hectáreas de terreno, los bungalós que el dueño pone a disposición de sus invitadas (siempre más chicas que hombres, proporción de 4 a 1), todo ello reformado y renovado en 2006 por unos módicos 12 millones de euros.

Incluso, asegura una fuente muy solvente, la villa esconde un refugio antiatómico en el subsuelo, y las provisiones son renovadas cada poco tiempo. Y luego están las velinas, esas bellezas que quizá, quién sabe, acabarán dando a conocer este extraño periodo de la historia como el berlusconismo-velinismo.

La belleza de la palabra velina (no confundir con bellina) no es menos sugerente que su origen: la velina era la nota que se mandaba a los periódicos desde la oficina de censura del fascismo diciendo qué se podía escribir y qué no. Ese carácter de cosa fuera de contexto se aplicó, con el tiempo, a las azafatas de televisión que aparecían en zonas ajenas a su tarea de florero, por ejemplo junto a la mesa donde el periodista lee las noticias. "Llega la velina". Cuajó, y así hasta hoy.

Aunque siempre ha sido un secreto a voces, Italia ha convivido sin el menor reparo moral con el hecho de que Silvio Berlusconi haya conocido, cortejado, invitado, recomendado, dado empleo, ayudado y promovido a cientos de velinas durante su carrera política. La lista es demasiado larga y anónima como para reproducirla aquí.

Durante una década de visitas, de fiestas y de escapadas, casi todas ellas, y otras muchas más, habrán pasado lógicamente por Villa Certosa. Los mejores cuerpos de Italia. Las caras más inocentes y bonitas. Aspirantes a modelos, actrices, vedettes, majorettes, presentadoras. Muchachas jovencísimas, de 17 y 18 años hasta 28 o 29, no más: mariposas recién salidas de la crisálida familiar que han entrado a formar parte del harén del jeque. Cuando las acoge en su seno, revela Concita de Gregorio, directora del diario L'Unità, "les entrega una joya en forma de mariposa a modo de contrato o de sello. Es el sello del sultán".

La política-espectáculo de Berlusconi, su talante personalista y plebiscitario, su fascinación de magnate generoso y mujeriego, han seducido durante tres lustros a las masas de televidentes y votantes italianos con sus chistes, su estilo machista, sus meteduras de pata, su ascenso social, sus triunfos electorales, incluso las victorias y los fichajes de su equipo de fútbol (esta semana paralizó la comunicación del fichaje de Kaká hasta el lunes para no dejarse un solo voto).

Todo eso forma parte natural de su bagaje a-político y a-cultural, de su populismo abierto y mundano, que paradójicamente se apoya a la vez en un no-programa no-político, tradicionalista y católico, lejanamente inspirado en la trinidad "Dios, patria y familia". Habría que añadir: "y velinas".

Villa Certosa es el símbolo de estatus del Cavaliere más discreto, su refugio no sólo nuclear. Es su tesoro, su secreto mejor guardado, el lugar donde este hombre de casi 73 años, multimillonario y prepotente, simpático y mediático, recibe a sus amigas y amigos, celebra consejos de ministros informales, cierra o prepara negocios o hazañas políticas, agasaja a los líderes de la derecha mundial, cuida de sus crisálidas, sienta a sus velinas en las rodillas y las pasea en el carrito del golf por el parque, zona militarizada y secreto de Estado desde 2006.

Según narran las fotos de Antonello Zappadu, Villa Certosa es también el lugar donde el magnate megalómano, el personaje excesivo, cómico y mitómano se olvida del abuelo que es (y que se alejó hace una década del dormitorio conyugal) y se convierte en macho otra vez, en el jeque del harén, en el Super-Silvio moreno perpetuo, y operado (también de la próstata), mientras Italia susurra preocupada que toma demasiado viagra y que sus médicos temen por su corazón.

Villa Certosa es además el lugar donde su amiga napolitana Noemi Letizia, de 18 años recién cumplidos, fue invitada a pasar las vacaciones de fin de año con otras treinta colegas y una docena de próceres del berlusconismo, casi todos setentones como él: gerontocracia y chavalas de bandera.

Como dice el filósofo Paolo Flores d'Arcais, "la pregunta no es lo que pasa o ha pasado en Villa Certosa, sino lo que habría ocurrido en Estados Unidos si se hubiera sabido que Obama ha pasado las vacaciones de Navidad con 30 vedettes de 18 años y sin su mujer, o en Alemania si se descubriera que Angela Merkel veranea con 30 gigolós macizos".

De lo que se trata, en el caso de estas jóvenes mujeres italianas, es de cumplir un sueño, de alcanzar la meta: conocer a Silvio y a sus potentes amigos, trabajar en la televisión y quizá llegar a la política, lo que en el país de la RAI y Mediaset, controladas por el mismo hombre, viene a ser lo mismo.

Muchas de esas jóvenes se han limitado, trágicamente, a encarnar el modelo de sus padres, el conformismo de esa desencantada generación pos-68 que se quedó adocenada ante el televisor en los años ochenta y noventa viendo cómo la Democracia Cristiana se disolvía, cómo Bettino Craxi se exiliaba, cómo la otrora brillante izquierda italiana se convertía a la caída del Muro de Berlín en una casta oligárquica, aburrida y alejada de las necesidades de la gente.

A algunos les parecerá repugnante; a otros, pragmática y humana esa idea del mundo y del ascenso social. Pero, ¿qué mejor forma de triunfar en la Italia de la televisión que estar cerca, muy cerca, del gran patrón de la televisión europea y quizá mundial?

Berlusconi, lo ha escrito Eugenio Scalfari, es el Rey Sol. Como dice un político sardo, "si te acercas al sol, el sol te ilumina y te calienta". Y según sostiene otro maestro de periodistas, éste represaliado por la derecha, Giancarlo Santalmassi, "media Italia trabaja para Berlusconi, la otra media lo está deseando".

Acudir a Villa Certosa asegura a las chicas ese lugar bajo el sol, un teléfono al que poder llamar, quizá una recomendación del emperador, un pulgar hacia arriba, un casting al que acudir a la vuelta a Roma o a Milán, el domingo por la noche o el lunes por la mañana, tras las noches largas y divertidas, las charlas políticas de Silvio, los paseos, las salidas a comprar al centro comercial de Porto Rotondo (paga Papi, hasta 1.500 euros por chica), los bailes desenfrenados, algún striptease más alcohólico que pagado, el machismo en su índole peor.

No es fácil estar entre las elegidas, llegar a vestal de Villa Certosa, insiste un político sardo, que prefiere no identificarse por razones de seguridad: "El que va a la villa, cuenta; el que duerme allí, cuenta mucho, y el que pasa las vacaciones, está en el corazón del César".

El César, que empezó con el ladrillo, tiene siete villas más en Cerdeña, otra en Antigua, incontables mansiones en Roma y en Milán, pero Villa Certosa es la medida de todas las cosas. Incluso los ministros y ministras del Gabinete se dividen entre los muy habituales (como el silencioso Gianni Letta) y los ocasionales que apenas han ido una vez o sólo lo han hecho para participar en algún consejo de ministros (o de administración) fuera de temporada.

Entre las ministras, la que más ha estado es Mara Carfagna, la titular de Igualdad de Oportunidades, a la que por cierto le honra su fidelidad, pues ha sido la única que se ha atrevido a defender su actuación a lo largo del esperpento llamado Noemigate. A su juicio, Berlusconi está siendo atacado por envidia y sin razón, porque es una persona "buena".

Para las chicas, la mejor forma de entrar es captar el ojo experto del viejo calavera. Como le pasó a Noemi Letizia o a la propia Carfagna y a tantos otros cientos de muchachas. Noemi, una dulce muchacha criada en ambientes cercanos a la Camorra napolitana, quería ser artista. Así que se hizo un libro de fotos y lo mandó a una agencia de Roma. El periodista de Canale 4 Emilio Fede, íntimo de Berlusconi, lo recogió y se lo llevó bajo el brazo, casualmente lo olvidó sobre la mesa, su capo cogió el teléfono y marcó el móvil de la joven. Le dijo que tenía una mirada angelical y que debía conservarse así, pura.

Eso era en octubre, reveló Gino, el obrero que fue novio de Noemi hasta que apareció Papi, en una entrevista a La Repubblica. Poco después, Noemi fue vista en una fiesta de la moda en Villa Madama, y en otra del Milan. En ambos casos la sentaron en las mesas presidenciales. Según han contado tanto Berlusconi como sus padres, la amistad venía de antiguo; Gino y una tía de Noemi lo han desmentido.

El caso es que, en diciembre, Noemi estaba ya en Villa Certosa con su amiga Roberta, una de las tres amigas con las que rodó un vídeo casero que circula por Youtube en el que se declaran fantásticas e inalcanzables. Aunque, bien pensado, quizá fuera antes, porque la propia Noemi declaró al empezar a ser famosa que había visto a Papi a menudo, que él no siempre podía ir a Nápoles con lo ocupado que estaba, y que ambos cantaban juntos las canciones de Apicella. Ahora la joven, en un último intento desesperado de salvar los muebles, ha dicho en una entrevista a la revista Chi, por supuesto de Berlusconi, que sigue siendo virgen.

Otra forma de llegar a Villa Certosa, de alcanzar el rango de mariposa y pasar a formar parte de la colección del gran entomólogo, es conocer a los amigos del Sultán. Mejor si son empresarios VIP del círculo estrictamente judicial (lo judicial une mucho), como Marcello dell'Utri, el patrón de la escudería de Renault y compañero de fatigas off shore Flavio Briatore (que le recomendó a Berlusconi al abogado británico David Mills, creador corrompido del imperio Fininvest B), o el complaciente Fede Confalonieri, presidente de Mediaset.

Tampoco viene mal conocer a esos brillantes periodistas de la tercera edad, estrellas refulgentes del firmamento televisivo oficialista, gente como Fede (autor del telediario más surrealista del continente), o como el siempre genuflexo Bruno Vespa, capaz de entrevistar doce veces al año al amo y sortear siempre la pregunta incómoda.

Todos ellos conforman la esencia decadente del berlusconismo-velinismo, y como tales frecuentan la casa sarda desde hace años. Buscan seguridad, compadreo, calor, calma, relax y cuerpos bonitos para mitigar el estrés y el agobiante ejercicio de la política, la corrupción o el siempre fatigoso (para las vértebras) periodismo de cámara.

Hay, claro, vías intermedias, proveedores diversos, aficionados al deporte del gineceo, madres alcahuetas dispuestas a renovar gratis el cuerpo de magia del prestidigitador, ministros, viceministros y secretarios de Estado dispuestos a aportar novedades a las veladas, ese enorme círculo hecho de hijas de amigos, conocidos, vasallos, empleados, esa prima de curvas prometedoras del portero, el guardaespaldas, la cocinera, la sobrina del carabinero, la aspirante a modelo que manda sus fotos vía e-mail a Palazzo Chigi con su número de móvil escrito en un tipo de letra que imita al lápiz de labios.

Toda Italia está en el juego, todo el país lo sabe, el problema es que todos lo cuentan, pero nadie lo dice con su nombre. Sátrapas, emperadores, monarcas y comendadores han llenado históricamente sus salones de jovencitas, pero ahora la gente tiene miedo, la omertà es condición indispensable para que la hipocresía no termine, la información está bajo control directo o indirecto del emperador (publicidad institucional, subvenciones públicas, promesas, créditos...), si alguien se sale del tiesto le puede costar el puesto, la Iglesia de Roma no debe enterarse (y por eso reclama sobriedad como toda crítica), y encima hay crisis, y vivimos en un país subterráneo por definición, ese maravilloso belpaese que siempre se declara orgulloso de su arte casero para arreglarse improvisando, "da igual Francia o España, lo importante es que se mangia (se come)".

La entrada de las velinas televisivas en la política, que se encuentra en el origen de esta crisis moral, era la consecuencia inevitable de la historia y del sistema. Forza Italia nunca ha sido un partido, sino un grupo de tifosi, de empleados comandados por Dell'Utri que reclutaron a toda prisa a la plantilla entera de secretarias de Publitalia en 1994 para llenar a tiempo las listas.

Su sucesor, el Pueblo de la Libertad, tampoco es un partido, más bien un aluvión de consejeros medianos, gestores sumisos y rostros bonitos sin tradición, ideología, bases. La televisión y la propaganda como única política; y la política se hace en televisión. Italia sigue siendo el paraíso del enchufe, el que no tiene un amigo está huérfano, y el gran jefe electricista se llama Silvio. Silvio aggiustatutto.

El benefactor es Berlusconi; los colegios y las casas están llenos, rebosantes de bellas Uranitas, y el sitio donde ellas se ponen a tiro es Villa Certosa.

Escuchen a la ex profesora de Noemi Letizia: "Es muy lógico, él le ayudará, a todos nos conviene tener amigos, un médico que te escriba las recetas".

Elisa Alloro, una de las velinas que han estado en la casa madre, ha publicado esta semana un libro interesante, titulado Noi, le ragazze di Silvio. En él revela que también ella llama Papi a Berlusconi, y no sólo ella, desde mucho antes de que apareciera en la vida del Cavaliere la cenicienta Noemi.

"Es una mina de sabiduría", escribe sobre el líder máximo la velina periodista, de 32 años. Nacida en Reggio Calabria, Alloro participó en el curso de formación política de 25 jóvenes velinas del PDL, impartido con vistas a las elecciones europeas por, entre otros, el ministro de Exteriores, Franco Frattini, y el vicepresidente del Europarlamento, Mario Mauro, a petición del primer ministro.

Presentadora, Alloro fue preseleccionada por el Cavaliere, junto a, entre otras, Eleonora Gaggioli, aspirante a actriz; Camilla Ferranti, aspirante a presentadora; Angela Sozio, pelirroja de Gran Hermano a la que Zappadu fotografió en 2007 en las rodillas del premier (junto a cuatro más), y Barbara Matera, concursante en el Miss Italia de la Puglia, amiga del doctor Letta, y finalmente (tras el "yo acuso" de Verónica Lario) la única candidata velina de las 25 precandidatas.

La primera que llamó Papi a Berlusconi, revela Alloro, fue Renata, una velina brasileña y milanista. El apelativo se extendió como un virus. "Y ahora, muchas ragazze se dirigen a él con ese nombre, es una costumbre, quizá el fruto de un acuerdo tácito, una especie de nombre en código nacido, quién sabe, del atávico temor a ser interceptadas (por las escuchas telefónicas)".

El libro, de 100 páginas, está escrito en forma de carta a Verónica Lario, rechaza las acusaciones de "quincalla" y defiende al jefe: "Es una mina de sabiduría, cada minuto pasado con él es como si fuera un don divino".

Su relato narra que conoció en 2004 a Berlusconi cuando trabajaba para Mediaset. Debía entrevistarle sobre el puente del Estrecho de Messina, pero en apenas un batir de pestañas se encontró catapultada a Cerdeña, "a una comida de trabajo con profesionales del staff presidencial, yo la única mujer", escribe.

Llegaron juntos desde el aeropuerto romano de Ciampino, sede de los vuelos oficiales de Estado, a bordo del avión presidencial; durante el viaje descubrió que Berlusconi lo sabía todo de ella ("me enseñó un voluminoso dossier"), y éste le hizo una oferta de trabajo que ella rechazó. "Me explicó que estaba organizando una task force de 50 jóvenes periodistas que hicieran de oficina de prensa puente entre Roma y Bruselas. A su currículo le convendría enormemente, me dijo...".

Acabada la comida, de nuevo vuelo en el avión de Estado hacia San Siro, donde jugaba el Milan. Escolta de coches oficial, las sirenas ululando y luego un nuevo traslado aéreo a Ciampino.

Tras dejar Mediaset, Elisa siguió viendo a Berlusconi: "A veces me ha invitado a ir a Villa Certosa, a cenas con decenas de invitados". De Noemi tiene recuerdos vagos ("nos presentaron fugazmente durante una fiesta"). Pero imposible olvidar, escribe, a las dos gemelitas montenegrinas que escenificaron "un baile loco y disparatado ante los ojos consternados del primer ministro". Y las "otras apariciones no anunciadas, femeninas y no, a las puertas de sus habitaciones".

Eso es Italia, ya lo ha dicho la primera dama, Verónica Lario, mucho menos despechada que harta, lisístrata, patriota y revolucionaria, al condenar la podredumbre del berlusconismo-velinismo: "Padres dispuestos a ofrecer a sus vestales al Dragón", "quincalla política y machista sin pudor", un marido y primer ministro que "frecuenta menores y no está bien". Imposible decir más en menos palabras.

El equipo del Cavaliere está al tanto de las necesidades. Los periodistas que cubren los movimientos del premier cuentan que hay una guapa moza en su escuadra de prensa que viaja con él a todas partes aunque no sabe hacer la o con un canuto. Su asesora de imagen, Miti Simonetto, le cubre las flaquezas como puede e intenta que el César parezca honrado.

Hay otro personaje misterioso, una mujer cuarentona, morena, guapa, siempre con traje de chaqueta, que Zappadu ha fotografiado muy a menudo en el aeropuerto de Olbia. Se trata de Sabina Began (SB), la preferida: la prensa del cotilleo romano le llama la abeja reina. El día de la Liberación de Italia, el 25 de abril de 2008, durante los festejos de la victoria electoral, Berlusconi; el presidente del Senado, Renato Schifani; Apicella y otros jerarcas estaban rodeados por un ramillete de muchachas curvas. Don Silvio sólo tenía ojos para SB, que se tatuó en un tobillo "SB, el encuentro que me cambió la vida". Mientras la tenía en sus rodillas y le canturreaba Malafemmena, Berlusconi dijo: "Si hubiese aquí un fotógrafo, esta foto valdría 100.000 euros".

Como ha afirmado Lario, la historia política que está en juego va mucho más allá del caso Noemi, la pobre Noemi es sólo la última víctima de este gigantesco Gran Hermano. ¿Será la casa, Villa Certosa, como Las mil y una noches, un búnker de lujo algo hortera con juegos eróticos o Berluscolandia o algo peor y más lujurioso?

Seguramente, ninguna y a la vez una mezcla de las tres cosas, contestan diversas fuentes sardas. Y las fotos de Zappadu, que nos introducen en ese submundo. Berluscolandia es bello, eso no se puede negar, aunque la naturaleza sarda es mucho más agreste y menos postiza que esas postales de césped bien cortado, ese huerto de hierbas medicinales redondo, esas torres naghuras de imitación.

La primera cosa que salta a la vista es la desmesura. Sesenta hectáreas de terreno son muchas. Sobre todo en Costa Esmeralda. Caben dos playas privadas, tres lagos artificiales, media docena de piscinas, el anfiteatro donde actúan Apicella (el cantautor para el que escribe Berlusconi), las bailarinas y bailaoras (la afición flamenca todavía se pregunta quién es y qué hacía ahí esa intrusa).

A un lado de la finca está el Country, uno de los lugares preferidos del primer ministro, una discoteca con velas, alfombras orientales y un privado llamado, ironías del asunto, Harem. Pero no sufran las almas cándidas. Ninguno de los miles de visitantes de Villa Certosa ha hablado nunca de sexo. Allí no hay sexo. Lo más, helado.

Beppe Severgnini, comentarista de Il Corriere, lo ha explicado así: "Villa Certosa está asumiendo, en las fantasías nacionales, magnitudes legendarias. Los amigos del protagonista, intentando minimizar, contribuyen a enriquecer la puesta en escena. Marcello Dell'Utri: "Hay una heladería. Tú vas y te sirven todo el helado que quieres. Gratis. Si se piensa, es un hallazgo muy divertido". Flavio Briatore: "Está el juego del volcán. Se charla de esto y aquello cuando el grupo se acerca al lago, Berlusconi finge preocuparse, dice que Cerdeña es una zona volcánica. Y en ese momento se oye una explosión increíble, hay efectos tipo llamas...". Sandro Bondi, ministro de Cultura, intentando explicar la desnudez de Topolanek, el ex primer ministro checo: "Bah... Por otro lado, piense que la villa está a pocos metros del mar. Un mar, como usted sabrá, de una belleza absoluta".

Dell'Utri no ha podido negar que sí, que a la vez que hay helado y pizza, la finca siempre está llena de jovencitas bellísimas, que pasean y se bañan, se duchan y se exhiben.

Lo más complicado para Berlusconi no será justificar estas fotos, que ya ha definido como "inútiles". El problema es que haya otras más comprometidas. "Berlusconi sabe que hay un topo en Villa Certosa. Alguien le ha traicionado desde dentro, pero no sabe quién es", explica Marco Mostallino, un periodista local. "Berlusconi debe creer que está entre los guardias de seguridad. No por casualidad ha acusado a su mujer desde el periódico de su hermano de estar liada con su guardaespaldas".

Villa Certosa está vigilada 24 horas como una fortaleza por militares y carabineros. También hay guardias privados, y otros que llegan de todas partes. La historia de la seguridad en Costa Esmeralda está vinculada al agá Jan, el primer promotor turístico de Cerdeña, y empezó con los vigilantes (en español). "Jan contrató a todos los hombres disponibles, y muchos de ellos tenían antecedentes", asegura Mostallino.

Unos años más tarde, Berlusconi llegó a la isla. "Llegó con su hermano Paolo hacia 1981 o 1982", recuerda el político sardo. "Su idea era construir dos millones de metros cúbicos sobre el mar, en un terreno de 200 hectáreas al sur de Olbia, entre Le Saline y Capo Cerasso. Para abrumar, venía con unos libros enormes que decía contenían la valoración del impacto económico. Viajaba con un séquito de arquitectos, ingenieros, asesores fiscales, economistas. El proyecto tardó diez años en ser aprobado, sólo se le dejó hacer un cuarto de la extensión inicial, y en la montaña, lejos del mar. Pero cuando se aprobó no tenía el dinero. Era 1993, y en seguida entró en política".

Silvio y Paolo construyeron la villa en los primeros años noventa. Con el tiempo fueron convirtiéndola en una casa digna de una película de James Bond. El irónico Severgnini ha escrito en Il Corriere della Sera que algún día alguien escribirá la historia de Villa Certosa: "La cínica elasticidad italiana consentiría contar mucho, si no todo. El último escollo es la coherencia oficial. Los políticos, incluso los de menos prejuicios, no están listos todavía para admitir lo que hacen, temiendo que alguien lo confronte con lo que dicen".

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 7 de junio de 2009