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COLUMNA

La 'plaza'

El antiguo mercado de San Miguel, que abasteció desde los años veinte del pasado siglo a los vecinos, y sobre todo a las vecinas, de la Plaza Mayor y sus aledaños, se ha transformado, en palabras de la presidenta Aguirre, en un lugar "cosmopolita y vanguardista", un pequeño y coqueto centro comercial para amantes de las delicatessen y turistas en busca de lo auténtico: auténticas carnes francesas, legítima pasta italiana, incontestables exquisiteces de Lhardy y cosmopolitas caprichos de chefs vanguardistas. A los dos únicos comerciantes a la antigua usanza que se resistieron a abandonar sus puestos ni siquiera les invitaron a la inauguración, tal vez para que no desentonaran con tanta vanguardia y tanto cosmopolitismo.

Cerrar un mercado es matar un barrio, romper un poco más la trama que lo articula

El mercado de San Miguel era el último de los mercados de estructura metálica, a la moda de Eiffel, que en los primeros años del siglo XX sustituyeron por cuestiones de higiene a los tradicionales tenduchos al aire libre que desbordaban los límites de las plazas y se desparramaban por las calles adyacentes entorpeciendo el tráfico de vehículos y viandantes. El más importante de los nuevos mercados de hierro, por sus dimensiones y su arquitectura, fue el de la plaza de la Cebada, que pronto resultaría anticuado para las cosmopolitas y vanguardistas autoridades franquistas de la ciudad, que ordenaron su demolición para sustituirlo por un mamotreto que pasó de moderno a decrépito en muy poco tiempo. Hoy quedan todavía madrileños que se preguntan qué se hizo con los hierros del primitivo mercado, toneladas y toneladas de ferralla que desaparecieron por arte de birlibirloque y sin que nadie diera cuenta de ellas.

Cerrar un mercado es matar un barrio, cierran los puestos pero también los pequeños comercios de la zona, obligando al vecindario a desplazarse a supermercados, hipermercados y centros comerciales. La transición del mercado, la plaza por antonomasia, al supermercado comenzó en los años sesenta con fines más especulativos que higiénicos. El innombrable Carlos Arias Navarro ordenó la demolición del mercado de San Ildefonso, en el corazón de un barrio que no tardaría en llamarse de Malasaña. La desaparición del antiguo edificio de mampostería dejó un cráter, reconvertido malamente en plazuela, y obligó a las amas de casa a cruzar la frontera de la calle de Fuencarral para comprar en el nuevo mercado de Barceló, hoy viejo y a punto de reconvertirse en... centro comercial, seguramente cosmopolita y vanguardista. El alcalde Miguel Ángel García Lomas, innombrable sucesor del innombrable Arias, pasaría a la historia madrileña de la infamia al ordenar la voladura del mercado de Olavide, obra singular de un arquitecto que, según las malas lenguas, habría suspendido al futuro alcalde cuando era estudiante de Arquitectura y se presentaba a los exámenes con uniforme falangista. La vendetta forzaría a las vecinas y vecinos de Chamberí a trasladarse a unas nuevas galerías comerciales cerca de la glorieta de Bilbao, hoy también obsoletas.

Cerrar un mercado es romper un poco más la trama que articula un barrio, porque la plaza siempre fue algo más que un espacio para el trato comercial: lugar de encuentro, mentidero y vínculo en la escasa vida social femenina de las amas de casa forzosas de antaño, enclaustradas en sus serrallos domésticos, dedicadas a los hijos, la cocina, la iglesia y siempre al servicio de los celosos cabezas de familia. Modelo también obsoleto por fortuna, aunque los mercados tradicionales y los pequeños comercios de su entorno acogerían sin traumas a los nuevos vecinos sin perder sus formas ni sus gestos.

Las pocas plazas que resisten el cerco de los centros comerciales siguen siendo algo más que comercios, los clientes son, sobre todo, parroquianos, amigos de la cháchara y el diálogo casi ritual con los tenderos conocedores de sus gustos y pródigos en el halago. Esos que le dicen "bonita" a la provecta anciana y "cariño" al recién llegado. De niño pensaba que a estos comerciantes les llamaban detallistas porque siempre tenían algún detalle con la clientela, rodajita de chorizo para el niño y prueba de jamón, jamón, para la mamá, servidas entre requiebros castizos y ocurrencias festivas.

En los pasillos de los centros comerciales hay vigilantes, pero no dependientes, cualquier diálogo no relacionado con lo estrictamente comercial resulta superfluo y los clientes cruzan sus atiborrados carritos sin cruzar palabra ni mirada, aunque a veces avizoren por el rabillo del ojo a sus competidores para hacerse con el último lote en oferta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 20 de mayo de 2009