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domingo, 8 de marzo de 2009
Reportaje:EL EFECTO FEIJÓO

El hijo del Saturnino y la Sira

Alberto Núñez Feijóo, el próximo presidente de la Xunta de Galicia, ganó contra pronóstico y devolvió el aliento a Rajoy. Ésta es su historia

Acabo de tirar al Touro en el contenedor", le confesó una tarde de éstas la señora Ramona a su vecina Geluca, en alusión a los carteles con la cara de Touriño. En el pueblo de Os Peares, el único de Galicia que está dividido -por tres ríos y la vía del tren- en cuatro municipios y dos provincias, todos los habitantes se han unido por la causa de Feijóo. "Alberto, o noso presidente", proclama gloriosa una pancarta que atraviesa la vía a la entrada de la localidad. Detrás del letrero, la primera casa que aparece es una de piedra en la que el próximo gobernante de Galicia nació el 10 de septiembre de 1961, y vivió casi toda su infancia y adolescencia. El número 6 del lugar de O Mesón, Ayuntamiento de Nogueira de Ramuín, provincia de Ourense, feudo hoy del barón popular José Luis Baltar, ya era entonces un caserón habitado por cuatro familias. Eladia, la abuela de Feijóo, su abuela del alma, y el abuelo Manolo, que era panadero, ocupaban, con sus ocho hijos y luego también con el yerno, el nieto Alberto y su hermana Micaela, parte del primer piso y de la planta baja. Allí, Eladia atendía al mismo tiempo una expendeduría de tabacos y una tienda de ultramarinos menos surtida que la de la acera de enfrente, la del Alpargateiro.

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En Os Peares había una tienda debajo de cada casa y la clientela se repartía. "Era difícil llegar a rico y ellos eran bastante pobres", recuerda ahora Ramona, que a sus 93 años es la más anciana del pueblo. "Si vienes buscando cosas, aquí nadie te hablará mal de los de la Eladia, y menos del Alberto", advierte la vecina. Un rincón de Galicia difícil de gobernar, donde todo va lento porque es preciso el consenso de cuatro alcaldes y dos diputaciones.

El nieto de Eladia no será sólo el próximo presidente de Galicia: el niño nacido en el número 6 de O Mesón ha logrado salvar a Mariano Rajoy, asediado por las tramas de espías y de corrupción, de los enemigos internos que se aprestaban a cortarle la cabeza, esperando la previsible derrota del PP en las elecciones gallegas.

En Os Peares están Alberto, el hijo de Pepito dos Barcos, y Alberto, el hijo del Quintela. Pero el Alberto por antonomasia es el que ya sólo pasa de vez en cuando de visita, acompañado de políticos conocidos, para saludar a todos y comer en el bar Barra. Es Alberto, "el hijo del Saturnino y la Sira", aquí no tiene apellidos. Su padre empezó de "listero". Pasaba lista y controlaba a los obreros que construían la carretera y los embalses del río Sil. Luego llegó a encargado. Mientras, el niño, "responsable y obediente", estudiaba todo el día. Todo el mundo lo recuerda así: encerrado siempre en casa. "Sólo salía a estirar las piernas". Daba "un par de vueltas" por la acera y volvía sobre sus libros. Casi nunca iba a jugar con los otros chicos.

Con el tiempo, los Núñez Feijóo compraron su parte de inmueble, y hace cuatro años la vendieron con la condición de que Alberto pudiese seguir ocupando un cuarto con llave. Allí, según Rosa Caride, la nueva propietaria, guarda "papeles, libros, botellas de vino y ese montón de regalos que le hacen desde que está tan arriba". Hasta que la familia marchó a vivir a Ourense, no tuvo baño en casa.

Si Saturnino, su padre, no se hubiese quedado en paro, Alberto no habría sido presidente de Galicia. Porque el chico, que acababa de terminar Derecho, no mostraba interés por la política y lo que quería era llegar a juez. Pero al perder Saturnino el empleo, y con una hermana seis años menor, Alberto tuvo que ponerse a trabajar. En 1984, preparó en dos meses las primeras oposiciones a la Xunta y las aprobó con el número dos. El primero fue un amigo de la universidad, Carlos Negreira, que tenía fama de ser más listo, pero también menos disciplinado. En estas elecciones, Negreira iba de primero en la lista del PP por A Coruña. Y Feijóo, de primero por Pontevedra. Otro compañero de Derecho, el socialista José Blanco, dice que no se acuerda de él porque estuvo poco tiempo en la Facultad; pero alguna vez Feijóo ha preguntado por los apuntes que Blanco nunca le devolvió, sólo para dejar claro que él era mejor estudiante.

Dos años antes de entrar en la Xunta, el hombre que el domingo pasado salvó a un Rajoy en caída libre había votado a Felipe González. No tenía una ideología formada. Lo que le preocupaba era sacar buenas notas, ayudar a su familia y no perder el tiempo. Era, y sigue siendo, según los que lo conocen, "católico, apostólico y romano", y frecuentaba algo más la iglesia que en la actualidad. En su casa natal se hablaba más castellano que gallego. Al pueblo que medró gracias a las centrales hidráulicas había llegado mucha gente de fuera, y la denostada lengua propia era lo que se hablaba "en la montaña", allá en núcleos alejados.

Con Feijóo, el PP abandonó la política de apoyo a la lengua gallega que durante años había defendido Fraga y se enfrentó por ello al Gobierno bipartito. Durante la precampaña, la cúpula del partido encabezó la manifestación del colectivo Galicia Bilingüe, que acabó con enfrentamientos violentos entre grupos independentistas y la policía. Él no asistió. Estaba en Argentina visitando a la emigración votante. Unos días antes, le había asegurado al periodista Jiménez Losantos que apoyaba la marcha en defensa del castellano. El mismo Jiménez Losantos que en una ocasión le preguntó a Rajoy "de qué escombrera ideológica" le había sacado.

Feijóo suele contar que se interesó por la política viendo por la tele las tertulias de La Clave. José Luis Balbín tuvo la culpa, pero también el antiguo conselleiro y ministro José Manuel Romay Beccaría, su verdadero padrino en el PP. Romay era el representante más visible, junto a Rajoy, del sector urbano de los populares gallegos (los que en el partido llamaban del birrete, conservadores tradicionales) enfrentado en una larguísima disputa interna a la facción rural y caciquil, impregnada de galleguismo y populismo y encarnada por Xosé Cuiña y José Luis Baltar, los de la boina, adversarios de la dirección nacional del PP. Romay no lo conocía de nada, pero en 1991, siendo conselleiro de Agricultura, necesitaba un secretario general para su departamento. Así que hizo una encuesta rápida entre el cuerpo de letrados y todos le comentaron que el que más valía era un tal Alberto, de 29 años.

Lo llamó a su despacho, charló con él, y en el acto decidió su nombramiento. Se lo llevó después, como secretario general, al Servizo Galego de Saúde. Y cuando José María Aznar nombró a Romay ministro de Sanidad, Feijóo se convirtió en presidente del sistema sanitario nacional. Tenía 35 años. Se cuenta que Romay lo dejó en el edificio del Insalud y ya no volvió. La leyenda dice también que al llegar le hicieron una advertencia: "De la tercera planta hacia arriba no trabaja ni dios". "Pues él los puso a trabajar, porque tiene una capacidad de motivación tremenda, contagia su energía", asegura ahora el ex ministro. A la hora de hacer equipos y nombrar gerentes de hospital, no miraba el carné político de nadie. Todo el mundo le tenía por un gestor pragmático sin inclinaciones ideológicas, que se había limitado a hacer carrera en administraciones del PP. De hecho, no se afilió hasta 2002.

"Todavía se recuerda su gestión porque en cuatro años redujo las listas de espera quirúrgicas de 212 a 53 días. Acabó con las diferencias regionales. Y yo entonces ya pensaba que podría llegar a presidente de la Xunta". Romay, que está "orgullosísimo", destaca su "capacidad de trabajo, su liderazgo, su honestidad y su gran sentido de la oportunidad". En sus tiempos, él no logró imponer el birrete, pero su delfín ha "unificado el partido", y tras ganar estas elecciones, Baltar, el último patriarca con boina, ha anunciado que se irá "en dos o tres años".

"En un día acabaré con el caciquismo", prometía Feijóo en la campaña. Mientras, el barón Baltar enrarecía la contienda dando rienda suelta a su lengua desbocada. Insultos (del tipo "maricón" y "sinvergüenza") hacia unos y comentarios sobre la supuesta vida íntima del nacionalista Anxo Quintana. Ése era el contenido de sus mítines por los pueblos. Y su juego sucio resultó doblemente eficaz cuando algunos medios publicaron noticias y fotos comprometidas sobre el líder del BNG.

El error más grave de Quintana, en los primeros días de la campaña, fue dar un mitin ante un grupo de ancianos que habían asistido engañados por un colectivo organizador del acto. Habían pagado 15 euros para viajar a Portugal y el autobús paró en un hotel a pocos kilómetros de la frontera. El PP se cebó en este hecho a pesar de que Baltar es el gurú de lo que en Galicia se llama carrexo (transporte al colegio electoral de votantes, por lo general de cierta edad, en coches particulares de los políticos locales). El sábado de reflexión, la Diputación de Ourense movilizó una flota de vehículos para llevar de excursión por la Ribeira Sacra a vecinos de varios municipios. El BNG y el PSOE denuncian que tanto los alcaldes como Baltar, presidente de la institución provincial, compartieron banquete con los potenciales electores. Al día siguiente, el carrexo se volvió a repetir. Hay pruebas gráficas y denuncias, ante la Guardia Civil y la Junta Electoral, de que incluso se transportó a los votantes hasta el colegio electoral en autocar... Pero Feijóo promete que acabará en un día con el caciquismo.

Cuando Romay dejó el ministerio, Álvarez-Cascos, que también había puesto los ojos en el empollón de Os Peares -y Feijóo le considera otro padrino político-, se lo llevó de director general a Correos. De ahí, y de su etapa en el Insalud, viene su estrecha amistad con varios sindicalistas como Regino Martín, de CC OO. En esta organización aseguran que su gestión fue "muy buena", que con él se consiguió firmar un plan de pensiones que sigue en vigor y el primer convenio colectivo, que consolidó 10.000 empleos.

Unos cuantos años después, Esperanza Aguirre lo quiso fichar como consejero de Sanidad, pero entonces el ahijado político de Romay ya estaba "casado con Galicia", como dice su madre. "Se casó con Galicia, pero Galicia no me da nietos", se lamentaba la madre en un vídeo electoral propagandístico, con el que el partido intentaba acercar la figura distante y todavía desconocida del candidato. La frase era, en realidad, una indirecta. Porque aunque casi nadie lo sabía entonces, Feijóo tiene una novia ocho días más joven que él. "Los dos somos virgo, y por lo tanto, tímidos y reservados", comentó ella un día. Lo de la timidez de Alberto, disfrazada de chulería y un humor desconcertante cuando trata con quienes no le dan confianza, es vox pópuli. Y sus rivales lo saben y lo utilizan. El socialista Francisco Cerviño, diputado autonómico, explica que es fácil percibir cuándo en un debate se ha dado en el blanco "porque se pone todo colorado". Pese a ello, dicen que "encaja bien los golpes".

La periodista madrileña Carmen Gámir, Chinny (de chinita) para todo el mundo, porque su madre es española nacida en Filipinas, lo conoció en el año 2000, cuando lo entrevistó como director de Correos para el diario orensano La Región. Durante nueve años mantuvieron su relación en secreto. A Feijóo se le atribuyeron antes otras relaciones. Pero en el ecuador de esta campaña Gámir salió a la luz, precisamente en un reportaje que le dedicaba su diario. La periodista, que trabaja para el semanario internacional de La Región, terminó pidiendo una excedencia hace algo más de dos meses para seguir a Alberto y vive con él en una de las dos torres gemelas más altas y exclusivas de Vigo. Feijóo está pagando la hipoteca y presume de ello, pero sus allegados no aclaran si tiene más propiedades.

En contra de lo que mostraba otro vídeo electoral, Feijóo no recoge los platos en su domicilio. "Un día a la semana", explica un amigo, "le va una mujer", pero eso es porque "trabaja 16 horas al día". Pese a que es un hombre "corriente", o quizá por eso, el líder del PP gallego "jamás plancha". Los domingos por la noche telefonea a su padre para que le cuente cómo han quedado el Depor y el Madrid. En la noche electoral también lo llamó. Saturnino, en lugar de darle la enhorabuena, le cantó los resultados de la jornada.

En una muestra de heterodoxia para el PP, Feijóo suele afirmar que "el matrimonio es la institución menos democrática que hay". En una ocasión, Fraga dijo que su único defecto era estar soltero. Años antes, el ex presidente de la Xunta también le había recomendado a Rajoy que se casase y tuviese hijos. En una charla en el Club Financiero de Vigo, le preguntaron a Feijóo qué medidas pensaba tomar para fomentar la natalidad. Siempre rápido en sus respuestas, contestó con otra pregunta, "¿vais con segundas?", y con una afirmación: "Yo, por lo pronto, el año que viene me pongo a ello".

Desde una ventana de su domicilio, el presidente in péctore de Galicia se despide de la ría por la mañana, antes de marchar a Santiago en el C6 negro que puso hace tiempo a su servicio la factoría viguesa de Citroën (la misma empresa que ahora fabricará su coche presidencial, en Francia). Feijóo no ha confirmado aún si piensa instalarse en la residencia oficial de Monte Pío, en Santiago. "Le gusta demasiado el mar", cuenta uno de sus próximos. Él pesca y tiene "muchos amigos marineros".

Lo que ya ha puesto a la venta, dice Feijóo, es el lujoso Audi oficial de Touriño, que seguramente tantos votos le valió al PP. El mensaje sobre los gastos astronómicos del presidente socialista ("con el Audi de Touriño se podrían comprar 24 ambulancias") y una historia de sillas a 2.269 euros para una sala de la Xunta (que en realidad nunca fueron compradas) caló en la opinión más que las noticias de corrupción y casos de espionaje del PP. Ni siquiera llamó la atención un escándalo del dinero procedente de las Caimán que había cobrado Luis Carrera, el número uno del PP por Ourense, sin declararlo a Hacienda. Feijóo ganó con holgura tras una campaña en la que el chaval vergonzoso, interno de los 10 a los 14 en los Maristas de León, aparcó sus escrúpulos y abundó en la demagogia. "Él estaba seguro de que iba a ganar, y logró transmitirlo", afirman sus íntimos. "Hace años que en los mítines del PP no había tanta alegría y tanta gente".

Feijóo presume de ser leal, humilde y austero. Sus amigos aseguran que "no le gusta gastar por gastar". Lleva años con el mismo móvil Nokia. Un modelo básico roto por todas partes. Durante el tiempo que ejerció cargos públicos en Madrid se resistió a cambiar de vehículo. Al llegar a la Xunta llamado por Fraga, primero para sustituir a Cuiña como conselleiro de Política Territorial y luego como vicepresidente, heredó un Audi A8 y con éste siguió hasta que el bipartito le arrebató el poder al PP en 2005. Entonces aquel gestor sin ideología aparente fue el hombre elegido por Rajoy para suceder a don Manuel. Ofrecía una imagen centrista y moderada, que en buena parte se ha roto con la dureza de la reciente campaña.

Cuando era vicepresidente, le ofrecieron un A8 nuevo, pero él se negó a estrenarlo. En un acto, durante el traspaso de poderes, Quintana le preguntó qué coche tenía. Feijóo le aconsejó que fuese a mirar en el garaje de la Xunta: "Hay un A8 sin estrenar que yo nunca acepté". En un segundo encuentro, el del BNG le volvió a preguntar: "Es que no está donde me dijiste". "Pregúntale a Méndez Romeu [conselleiro socialista de Presidencia]; lo está usando él", le contestó Feijóo, dando muestras de que se encontraba más al tanto de las cosas de palacio que el socio nacionalista de Touriño.

Esta semana, cuando después de la victoria viajó a Madrid para reunirse con la dirección del partido, Feijóo cenó en un bar de carretera. Era muy tarde, sólo estaban los camareros, pero lo reconocieron y le felicitaron. Luego, él, su novia y su chófer se sentaron en una mesa y pidieron, para los hombres, un pepito de ternera, y para ella, un sándwich. Su primera cena como presidente recién elegido era de veras modesta.

Y suele decir que sus platos favoritos son "las xoubas [sardinillas] fritas y los huevos fritos", aunque siempre que puede acude al restaurante Estrella, del municipio pontevedrés de Bueu, en el que trabaja su amigo Andrés Pérez, percebeiro de mañana y cocinero por las tardes. "Es de buen diente", asegura Pérez, "suele pedir percebes, centollas, arroz con bogavante, rape y lenguado". En verano, con éste y con otros amigos, Feijóo suele pasar unos días en la isla de Ons. Con otro de sus colegas, los fines de semana va a correr por el parque vigués de Castrelos. "Está en forma y eso le valió para aguantar como un toro la campaña". A diario visitaba tres provincias, pero físicamente no se resintió. Él, "que suele sufrir de la garganta", conservó la voz todo el tiempo y "sólo se acatarró el último día". Mientras Quintana, por ejemplo, perdió siete kilos, Feijóo sólo adelgazó uno y medio.

El de Os Peares sigue haciendo alarde de su origen y llama "señoritos" a sus contrincantes. Nunca se arrepentirá lo suficiente de aquella foto, durante los terribles incendios del verano de 2006, que lo mostraba sosteniendo una manguerita vestido de domingo. Combatir su fama de estirado es tarea difícil. Tras una encuesta entre los alcaldes del PP, concluyó que tenía que cambiar de imagen. En la precampaña, el candidato que de niño se lavaba en una palangana se cortó el pelo y abandonó la gomina para siempre.

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Alberto Núñez Feijóo, en el Hostal de los Reyes Católicos de Santiago de Compostela. / FOTO: ANXO IGLESIAS

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