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sábado, 22 de noviembre de 2008
Tribuna:

El segundo asesinato de Joan Peiró

Acaba de aparecer otra obra póstuma de Josep Benet: Joan Peiró, afusellat (Edicions 62). Un trabajo espléndido, como todos los suyos, que pone ante nuestros ojos con todo lujo de detalles aquella farsa de proceso. Pero ahora quiero destacar la formidable base documental y testimonial de Benet que atestigua el esfuerzo de Peiró por salvar personas inocentes. En aquel sangriento verano del 36, en su ciudad de Mataró y en la comarca circundante del Maresme, se jugó la vida una y otra vez para arrancar de manos de los asesinos a eclesiásticos y a muchas otras personas inocentes. En el periódico Llibertat, de Mataró, escribía semana tras semana contra los asesinos enérgicos artículos, que recopiló en el libro Perill a la reraguarda (Edicions Llibertat, Mataró, 1936). El peligro en la retaguardia que denunciaba eran precisamente los incontrolados, o no tan incontrolados, que con los fusiles que faltaban en el frente mataban y saqueaban en la retaguardia.

La obra del obispo Antonio Montero falta a la verdad al denigrar la memoria de Peiró y lanzar contra él una segunda condena

Antonio Montero Moreno, actualmente arzobispo emérito de Badajoz-Mérida, publicó en 1961 su tesis doctoral Historia de la persecución religiosa en España 1936-1939, con un loable esfuerzo de objetividad y espíritu de reconciliación. Por primera vez se publicaba el listado de víctimas, 6.832 obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas asesinados, con lo que se desterraron definitivamente las versiones minimalistas o maximalistas. Pero incurría en numerosos errores, sobre todo por omisión, por el carácter unilateral de la documentación utilizada. En sus Aclaraciones introductorias reconocía que no se podía escribir con garantía sobre la persecución "sin acudir honradamente a lo publicado por los perseguidores y tomar buena nota de las excusas que aireaban" (p. XVI). Decía también que tanto el autor como la editorial "agradecerán muchísimo cualquier enmienda o información complementaria, elemento precioso para una edición ulterior, si el volumen tiene esta fortuna" (p. XII). Es lo que hice con una extensa recensión con numerosas observaciones concretas, que escribí para la Revue d'Histoire Ecclésiastique (1962, pp. 618-630) y envié al autor, pero que no mereció respuesta ni se ha tenido en cuenta en una reciente reimpresión (2004). En una nota del editor, el director de la Biblioteca de Autores Cristianos, Joaquín L. Ortega, dice que es una "escueta y esencial reimpresión", una "simple pero literalmente fiel reimpresión", "es pura y llana reimpresión". Pero al final se ha añadido una página con una fe de erratas e imprecisiones, con 15 nombres corregidos y 14 víctimas más añadidas. Cosas mucho más graves tenían que haberse enmendado. En el capítulo III, "extensión y profundidad de la persecución religiosa", Montero, que al principio ha dicho que su historia requería estudiar lo que decían los perseguidores, recoge palabras de diversos revolucionarios sobre la eliminación total de la Iglesia y de los sacerdotes, y entre los "gritos de victoria" de los que querían exterminar de raíz a la Iglesia, cita estas palabras de Peiró: "El anatema general contra los mosqueteros con sotana y los requetés engendrados a la sombra de los confesonarios fue tomado tan al pie de la letra, que se ha perseguido y exterminado a todos los sacerdotes y religiosos únicamente porque lo eran... Matar a Dios, si existiese, al calor de la revolución, cuando el pueblo inflamado por el odio justo, se desborda, es una medida muy natural y humana" (Antonio Montero, op. cit., p. 56, nota 9). Pero omite lo que viene después: "Matar como alguien quisiera matar

[más arriba Peiró ha estado acusando a los que matan a personas que no han cometido ningún delito] sería algo parecido a los asesinatos que un tiempo ensangrentaron las calles de Barcelona, cuando ésta estuvo presa bajo el zapato de los odiados Anido y Arlegui. Entonces, los hombres eran asesinados, no por sus actividades y procedimientos. Lo eran por sus ideas, y de esto se protestaba" (Joan Peiró, op. cit., pp. 41-43). Más adelante decía Peiró: "La persecución del sentimiento y de las creencias religiosas conculca un derecho inalienable, es un derecho semejante al que nosotros reivindicamos cuando se nos persigue por nuestros sentimientos políticos y sociales", y condena la destrucción de los símbolos y obras de arte religiosos (pp. 56-57). Y también: "Que uno sea burgués o capitalista no es razón para que los revolucionarios lo persigan y lo exterminen. Tampoco lo es perseguir y exterminar curas y frailes por el solo hecho de serlo

. Nuestra lucha es contra el fascismo, y todo el que no sea un fascista comprobado, cualesquiera que sean sus ideas, para los antifascistas, para los verdaderos revolucionarios, ha de ser una persona sagrada" (p. 93). Queda claro, pues, que lo de "se ha perseguido y exterminado a los sacerdotes y religiosos únicamente porque lo eran" no eran "gritos de victoria" de Peiró, sino firme condena.

Que en un libro que quiere ser la Biblia Vulgata de la persecución se diga y ahora se repita que Peiró fue un feroz asesino, es un asesinato moral peor que el físico de Franco. Que el autor no se sienta capaz de revisar a fondo su obra, o que ésta sea muy buscada, no es razón para difundirla de nuevo sin corregir sus graves errores y persistir, faltando a la verdad, a la justicia y al más elemental agradecimiento, en denigrar la memoria de Peiró y lanzar contra aquel hombre honrado esta suerte de segunda condena.

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Hilari Raguer es historiador y monje de Montserrat

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