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miércoles, 20 de febrero de 2008
COLUMNA

En el callejón del Gato

Han desaparecido los espejos deformantes del callejón del Gato, en los que Valle-Inclán vio la tragedia de España transformada en esperpento a través de los ojos agonizantes de Max Estrella. Ni el callejón era ya el callejón, ni los espejos los mismos que inspiraron la reflexión del último bohemio en su postrera madrugada.

El callejón es hoy calle de Álvarez Gato, poeta cortesano de rancio linaje madrileño que llegó a ser mayordomo de Isabel la Católica; y los espejos, que hasta hace poco servían de reclamo de un establecimiento especializado en "patatas bravas", eran copias reducidas de los dos grandes espejos de cuerpo entero, cóncavo el uno y convexo el otro, a los que, según Pedro de Répide, iban "los niños y los adolescentes por ver sus imágenes deformadas pareciéndose a Quijotes y Sanchos".

Sé de un noctámbulo que evita el paso por el lugar desde que se viera cabalmente retratado

El callejón, la calle, peatonal desde siempre, es un hervidero de tabernas y lleva el aire perfumado con humo de guisos y frituras de las más variadas procedencias regionales e internacionales.

El callejón no ofrece hoy a parroquianos y paseantes la alternativa de verse como Sanchos y Quijotes, o la más inquietante, la de reflejarse como tragicómicos esperpentos de sí mismos.

Sé de un noctámbulo que evita el paso por aquí desde que, en una noche de brumas alcohólicas, se viera cabalmente retratado en uno de los espejos como su estereotipo caricaturesco y patético.

El bullicio tabernario marca la tónica en este pasaje de entrada al barrio de Huertas, también llamado con merecimiento de las Musas, de las Tablas y de las Letras, barrio de pícaros y de genios, de cómicos y bohemios.

La algarabía reinante desde primeras horas de la noche perturba la meditación en el callejón del Gato al que quería mudarse, in extremis, el iluminado Max Estrella con su amigo don Latino de Hispalis para esperpentizarse definitivamente. La Historia se ve de otra manera desde el callejón del Gato, más descompuesta y grotesca si cabe.

En el callejón del Gato cabría reflexionar, por ejemplo y si tuviéramos ánimo para ello, sobre la fugacidad de las cosas terrenas.

El imprescindible Pedro de Répide incluye en su amplia nota sobre tan corta y angosta vía unos versos de su titular, el caballero Álvarez Gato, los mismos que ordenó que labraran sobre su tumba: "Procuremos buenos fines / que las vidas más loadas/ por sus cabos son juzgadas". Los buenos finales redimen los malos principios, pero no está el horno para muchas empanadas mentales, el ambiente festivo del barrio incita más bien a la disipación y al ocio.

De poeta a poeta, la calleja de don Juan Álvarez Gato desemboca en la calle de don Gaspar Núñez de Arce, severo vate neoclásico cuyo numen no fue tampoco proclive a muchas alegrías. Ironías del callejero, a don Gaspar y a don José de Echegaray, adusto poeta y tremebundo dramaturgo, les corresponden las vías más animadas del barrio.

En la esquina de estas dos calles, las de don Juan y don Gaspar, permanecen, milagrosamente incólumes los patrióticos azulejos de Villa Rosa, antiguo colmado, sala de fiestas que fuera muy frecuentada por don Miguel Primo de Rivera, extravagante dictador y eximio juerguista que allí visitaba y cortejaba a su favorita, conocida bajo el apodo de La Caoba.

A dos pasos se abre la plaza de Santa Ana, la más espaciosa del barrio, escenario privilegiado de su principal teatro, corral de comedias y tragedias, cenáculo de conspiraciones y fábulas.

Don Pedro Calderón de la Barca supervisa el trasiego, convidado de piedra en esta representación mudable y secular. En sus alrededores vivieron y malvivieron los más ilustres ingenios de aquel siglo de oro y de miserias: Félix Lope de Vega, Miguel de Cervantes Saavedra, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, esmerado poeta cordobés que sufrió en sus carnes la peor de las ignominias cuando fue desahuciado de su humilde vivienda por un casero contumaz que era al mismo tiempo su rival de versos y denuestos. Don Francisco de Quevedo adquirió la casa que don Luis de Góngora y Argote había alquilado y aprovechó el primer impago de su incómodo inquilino para ponerle con los muebles en la calle.

La plaza de Santa Ana sigue siendo en este nuevo siglo escenario de intrigas, ni poéticas, ni cortesanas, más bien municipales y espesas como las de la Operación Guateque.

La Guardia Civil, en una operación de vigilancia, instaló cámaras y micrófonos en una chocolatería de la plaza donde se reunían algunos conspiradores, contrabandistas de licencias y muñidores de corrupciones varias.

"Paquito el chocolatero" y sus cómplices fueron grabados y escuchados aunque no llegaron a captarse sus transacciones pecuniarias porque, al parecer, las efectuaban en la intimidad del WC.

Puro esperpento contemporáneo.

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