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COLUMNA

El vicio de ser amable

Alguna extraña razón debería explicar el poco éxito que tiene la amabilidad en nuestro tiempo, aunque quizás no lo ha tenido en ningún otro Resulta sorprendente si consideramos que, como virtud, la amabilidad es poco comprometida, exige escasas energías y genera, a cambio de tan poco, extraordinarios beneficios. Aún hay más: ejercitar la amabilidad es un acto hedonista. Si eres consciente de ello, disfrutas siendo amable.

Hay un poema de Bertold Brecht, escrito al final de su vida, que se reduce a un recuento de satisfacciones personales, de costumbres pequeñas y perfectas como mirar por la ventana con la primera luz del día, ducharse, contemplar el cambio de las estaciones, jugar con el perro... Pero reserva el último verso para la satisfacción más sencilla y más intensa de todas: "ser amable".

El otro día tenía un hambre de mil demonios, eran casi las cuatro de la tarde y no había probado bocado desde la cena. Alguien que me conozca sabe que adolezco de múltiples defectos, pero también que, con el estómago vacío, mis defectos cobran formas portentosas, quiméricas, míticas. Además estaba en el supermercado, tenía que hacer la compra y cada sombra humana me parecía una agresión intolerable. Estaba cansado, irritado y hambriento. Encadenado a un carro rebosante, accedí a una de las cajas. La impaciencia me había convertido en alguien aún más malhumorado y egoísta de lo que suelo ser en condiciones normales. Pues bien, llegué hasta la cajera y, de forma completamente inopinada, di con un ángel.

Ella me trató desde el principio de "señor" y yo, que a medida que envejezco me voy quitando el pudor en estas cosas, no sólo no quise que me apeara el tratamiento, sino que empecé a tratarla de usted y a llamarla "señorita". Comprendí que su cortesía no me estaba especialmente dedicada, sino que era una gran profesional. Pero lo era hasta el punto de depositar cariño en su trabajo. Y la excelencia, en el caso de un trabajo tan monótono e ingrato como el suyo, pasaba sobre todo por ser agradable y servicial. Nada más diferente de la servidumbre que el servicio, y nada menos servil que ser servicial.

Si yo ponía varias de mis botellas en una bolsa de plástico ella me regañaba y ofrecía una bolsa más, temiendo que, de no hacerlo, la primera se desgarrara con el peso. También cuidaba de meter los congelados en la misma bolsa, permanecía atenta a los más mínimos detalles y no dejaba de tratarme con cortesía. Salí de allí con la sensación de que el mundo está compuesto por un inenarrable número de estúpidos, y que todo iría mejor si nos tratáramos como ella nos trataba. Su comportamiento me halagó y me dignificó. Y logró además que yo me comportara con la misma solicitud y con el mismo respeto que merecen los demás. Sin duda es imposible que ella recuerde nada pero, desmadejando el ovillo de la distancia y del tiempo, le envío este homenaje, este imposible testimonio de gratitud. La amabilidad sirve para hacernos algo mejores. Para hacernos mejores incluso a los que ya habíamos descartado esa posibilidad.

Hay un último extremo que seguramente ronda la imaginación de algunos lectores, desde los más íntimos a aquellos otros que me tienen calado: y la cajera en cuestión, ¿cómo era? ¿qué edad tenía? Pues habrá que reseñar el último y magnífico efecto que desencadena la amabilidad en ocasiones: debo reconocer que la cajera en modo alguno me pareció una mujer fea, pero era su abrumadora gentileza la que la hacía, además, irresistiblemente hermosa.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Sábado, 1 de diciembre de 2007