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Crónica:LA CRÓNICA

Monumento al morlaco desconocido

Conozco igual a pasionales partidarios que a furibundos detractores pero, como la inmensa mayoría, yo me sitúo entre aquéllos sin opinión sobre el tema. ¿Es moral matar toros? ¡Y yo qué sé! En esto del toreo tengo bien pocas experiencias personales. Pongamos en un platillo de la balanza un niño muy rubio y muy ceporro de mi clase que quiso ser un Albert Pla avant la léttre y dio un disgusto morrocotudo a su familia. En el otro pongamos a un diestro que vio truncada su carrera por un amorío, el Tito Juan. Hombre de verónicas y quiebros a la vida, como los torerillos de salón que en su barrio -el Poble Sec- retrataba Oriol Maspons. Ya lo ven, un empate como una casa. En vista de lo cual -sin haber pisado en mi vida un ruedo- digamos que de tauromaquia ni mu.

El bar Borrell sobrevive desde los días de esplendor del Paral·lel

Fue el primero en servir cenas en los camerinos de las divas del vodevil

Digo esto a raíz de la cola que aún se arrastra tras la sonada faena de José Tomás. Desde ese día, siempre hay un pelma cornigacho que me recuerda la gran afición a las corridas que tuvo esta ciudad. Y razón no le falta (no será por afición a las corridas). Barcelona fue la única capital con tres plazas de toros y el único lugar del planeta -que yo sepa- donde una mala tarde de las reses causó una quema de conventos e iglesias que a punto estuvo de acabar en revolución. Por no mentar la capea improvisada -los mayores del barrio se acordarán- que protagonizaron John Lennon y un grupito de juerguistas, una madrugada de verano de 1967, frente a la catedral. Capea interrumpida por la policía armada que, vista la identidad de los lidiadores, no se atrevieron a practicar diligencias.

Con tan magro equipaje, me voy a reflexionar al bar Borrell, único superviviente de los días de esplendor del Paral·lel, frente al futuro Molino. Desde aquí, 100 años de historia local me contemplan. En los momentos álgidos de la alegre avenida fue un pequeño y discreto establecimiento, encajonado por el trapío de gigantes como el café Español -dicen que, en su tiempo, la terraza más larga de Europa-, el Café-Concert Sevilla o el bar La Tranquilidad, con su clientela de anarquistas y asesinos a sueldo. Metido en el burladero, ponía olivas y banderillas a la sombra de los cabezas de cartel, como el Café del Paralelo, la Bodega Apolo, el Ambos Mundos, el Rosales y El Toro. No obstante, aquellos titanes de la distracción cerraron y desaparecieron. Mientras él, pequeño y botinero, conservó los palitroques y les sobrevivió a todos.

El Borrell tomó la alternativa en 1909, cuando Josep Borrell se gastó sus magros ahorros en abrir un restaurante que atendiera los peculiares horarios de la farándula. Su faena más recordada fue ser el primero en servir cenas en los camerinos de las divas del vodevil. Pero, tras la guerra, aquel mundo de los teatros fue desapareciendo, razón comprensible para cortarse la coleta, guardar la taleguilla y aceptar su nueva condición de bar de barrio. Y así le pilló el tardofranquismo, olvidado por la afición como todo el Paral·lel. Suerte tuvimos con que sus sucesivos dueños decidieran conservar la decoración, esperando tiempos mejores. Y así continúa hoy, con ese aire menestral, alejado de las rutas turísticas.

Una terraza perdida en una avenida que sigue empeñada en resurgir de su decadencia. Una vidriera de un modernismo popular y sencillo, con el nombre del local y su año de fundación grabado en la vidriera. Nada más entrar, la cabeza de un toro, embobado con los tiradores de cerveza de la estrecha barra que tiene enfrente. Y al fondo, el comedor, en otras épocas la sala de estar para muchos de sus clientes. Un espacio evocador, modesto y adornado con objetos dispares. Gramolas antiguas, radios viejas, fotografías en blanco y negro, publicidad de hogaño y una estantería elevada llena de libros. Recuerdo de cuando en este local, durante la posguerra, se daban cita alguno de los cenáculos más animados de la ciudad.

En esos años se iba a discutir de casi cualquier cosa. A falta de libertades políticas, los ciudadanos tomaban partido por un equipo o por un torero, razón por la que una de aquellas tertulias del Borrell, la dedicada a los toros, estuviese en plena efervescencia desde mediados de los sesenta hasta finales de los setenta, integrada por seguidores del diestro de Santa Coloma de Gramanet, Joaquín Bernadó. Hasta que, con la llegada de la Transición, desapareció sin aclararnos si era o no reprobable el oficio de matador.

Yo vuelvo a mirar al toro de la pared, un animal de proporciones no demasiado amenazadoras. Le imagino presidiendo los debates, escuchando los razonamientos, mudo espectador del ajetreo de los grifos de cerveza, siempre sediento, sin poder probar ni gota. Le imagino caído en la arena, no de una plaza sino de un desierto. Un heroico caído, un rumiante negro azabache, sin nombre ni recordatorio alguno, como un monumento disecado "al Morlaco Desconocido". Entonces vuelvo a preguntarme, ¿es moral matar toros? Y el pobre bicho, con cara de inocentorro, me mira como si él ya supiese la respuesta.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 13 de septiembre de 2007