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sábado, 28 de julio de 2007
Crítica:

El sueño del amor

  • William C. Carter
LUIS ANTONIO DE VILLENA 28 JUL 2007
William Carter reconstruye en un nuevo libro la biografía amorosa de Marcel Proust. Mimado hasta el extremo e hipersensible, el autor de la magna En busca del tiempo perdido se afanó a lo largo de su vida en la búsqueda de una satisfacción que nunca alcanzó. Desde aristócratas hasta chóferes, su historia sentimental es un fracaso.
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Marcel Proust (1871-1922) es sin duda uno de los grandes mitos y de los verdaderos genios de la literatura del siglo XX. La genialidad viene de su escritura, de su novela espléndida En busca del tiempo perdido, que él mismo comparó en carta a una catedral. El mito viene de la estrecha y plural combinación de la vida total del escritor con su novela: retratos y transformaciones.

Se han escrito muchas biografías de Marcel Proust y algunas magníficas (la de Painter y la de Tadié, sobre todo) pero hasta donde sé nunca se había entrado con tanto detalle en la vida amorosa y sexual del escritor francés como en este muy buen libro de William C. Carter -un especialista estadounidense- Proust enamorado que publicó originalmente en 2006 la Universidad de Yale.

Niño mimado al extremo y

además asmático e hipersensible, Proust vivió en el sólido mundo de la alta burguesía francesa de fines de 1800, y se relacionó con aristócratas y con gente del pueblo: complementarios polos opuestos. Llegó a creer que la felicidad no se había hecho para él, que no sabía ser feliz, y posiblemente fuera verdad. Apasionado del amor (que analiza al microscopio en su novela) no supo amar bien, porque como tal niño mimado propendía a tiranizar a quienes amaba. Su madre fue su verdadero gran amor, porque ella se desvivió por él, pero era muy difícil (sino imposible) que hallara después nada semejante. Agobiaba de celos y cariño a sus enamorados, y en ese lazo solía ahogar el amor -del tipo que fuese- porque nadie resistía tanta presión o vigilancia. Homosexual que pensó mucho en esa condición (aunque sus teorías no sean hoy las más aceptadas), Marcel Proust se enamoró en su juventud mundana de chicos homosexuales y cultos también, más o menos de su clase y de su medio: Reynaldo Hahn (que sería compositor) fue tal vez el amor de su vida, pues conservaron la amistad, aunque el amor se ahogó entre los celos de Marcel, y su apetito picaflor y algo promiscuo. Lucien Duadet -uno de los hijos del célebre escritor, que a su vez hizo algunos pinitos literarios- sería ese segundo amor, pronto acabado. Hasta ahí, por decirlo de un modo que deploro, Proust se movió en la "normalidad".

Cuando se enamoró del

muy apuesto y joven conde Bertrand de Fénelon (el principal modelo de Saint-Loup), Marcel empezó a no saber amar por nuevos motivos: idealizaba a guapos caballeretes que se las daban -como era de rigor- de heterosexuales, aunque al fin no lo fueran tan al completo. El amor vuelto sueño y quimera pese a su esencia divina, debía buscarse entonces en otro lugar: donde pudiera comprarse. Entre lacayos, botones, chóferes o camareros, un amor venal para el que Marcel Proust no tuvo el menor inconveniente. Visitó saunas y prostíbulos clandestinos y pagó con generosidad a los jóvenes que buscó (a veces para peculiares prácticas masoquistas) y que al parecer fueron muchos. Pero se enamoró de un chófer casado, de 24 años, Alfred Agostinelli, y lo tuvo "prisionero" en su casa como su secretario y llenándolo de regalos, hasta que el joven -harto- se escapó porque quería ser aviador y no volvió. Alfred Agostinelli murió poco después en un accidente, practicando su afición, al borde de la Primera Guerra Mundial, y Proust, el enamorado que no supo amar, siempre se creyó algo culpable. Llegó luego el turno de los camareros del Ritz (adonde Marcel acudía a cenar, durante la guerra, a horas estrafalarias) y entre los varios jóvenes que pudo probar, terminó enamorándose, a su modo, de uno suizo llamado Henri Rochat -20 años- al que también llevó a su casa y llamó secretario, aunque las aficiones del chico (que buscaba dinero) no iban por tal camino. Harto -Proust esta vez- le buscó un buen empleo en Buenos Aires y lo echó a volar...

Estaba ya demasiado inmerso en la redacción de su novela y en la lucha, contra el tiempo y su frágil y descuidada salud, por acabarla. Proust supo que el amor es maravilloso y hace sufrir, y deseó con toda su alma amar (y ser correspondido) pero no supo hacerlo. Su vida fue un maravilloso y raro fracaso en el altar de una gran obra de arte: En busca del tiempo perdido. La prosa salvó su vida, tan frágil, tan singular, tan compleja y tan desacorde. ¿No tenemos nada que ver con ese mundo? Sirve mucho al lector y seguro que a muchos más individuos de los que, al pronto, lo suponen. Un libro excelente.

 
 

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