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Tribuna:

Democracia y humanidades

El autor reflexiona sobre la aplicación de los Planes de Bolonia para las titulaciones universitarias y polemiza con un artículo anterior de Joan Subirats a propósito de "ciencias duras" y "blandas"

En un artículo editado en estas mismas páginas el pasado 12 de julio, el politólogo Joan Subirats se refería a un reportaje publicado previamente por el periodista Llàtzer Moix en La Vanguardia. En él tres profesores de otras tantas universidades catalanas (UB, UPF y UAB) opinábamos acerca de las repercusiones que, a nuestro juicio, iba a tener la aplicación ya inminente de los llamados Planes de Bolonia o proyecto de homologación de las titulaciones universitarias en el conjunto de los países de la Unión Europea.

Subirats escribió un artículo espléndido, en el que explicaba la diferencia que existe entre lo que él denominaba las "ciencias duras" -las técnico-científicas, básicamente- y las "ciencias blandas" -las humanísticas en general, con mención explícita, a título de ejemplo, de la historia, la geografía, la pedagogía, el derecho, la sociología y la ciencia política-. Resulta extraño que se olvidara, precisamente, de las más "blandas" de las disciplinas humanísticas que se imparten en casi todas las universidades de Europa: la filología, la filosofía y la teología.

Ésta es una cuestión crucial, y a ella dedicaré el resto de este artículo. A semejanza de mi colega, entiendo muy bien que los que estudian para ingeniero, médico, enfermera, físico, químico o gimnasta reciban en sus respectivas facultades un tipo de conocimientos que puedan convertirlos, un día, en profesionales competentes en el mercado laboral. Pero respecto a las que considero las tres ramas más nobles del saber humanístico, las que he citado -empezando por la filología, que es la madre de todas las demás, incluso de la historia, de la sociología, del periodismo, y, si me apuran, de todas las formas de comunicación audiovisual-, no basta la benigna consideración de que sus respectivos estudiantes se forman cada vez más "en contextos internacionales" o que "se han acostumbrado a establecer redes europeas o transeuropeas" para la mejora de su proyección universal.

La cuestión no reside, a mi juicio, en los contactos contextuales o en la "movilidad" de profesores y estudiantes. Lo que debe entrar en consideración es si los Planes de Bolonia pueden aceptarse sin más en lo que atañe a las más altas ramas del saber humanístico, o si, por el contrario, hay que presentar ante ellos la resistencia más activa y más tenaz habida cuenta de su trasfondo mercantilista.

En términos globales, la Unión Europea se debate en estos momentos entre los planteamientos mercantiles que se encuentran en sus orígenes como institución económica internacional, y la necesaria constitución de una ciudadanía sólidamente educada y vinculada a los valores de la democracia, al respeto de las diferencias étnicas, culturales y religiosas, a la civilidad y a la larga suma de valores que hemos heredado de una tradición sabia y pedagógica que pasa por Palestina, Grecia, Roma, el cristianismo en todas sus versiones y el enorme acervo filosófico, literario, artístico y cultural que esta tradición ha depositado en todo el continente.

Sólo estos elementos, que ofrece ante todo la formación humanística más "blanda", convierten Europa en algo más que un fabuloso intercambio de técnicas o de mercancías. Más aún: entrando en el terreno de aquellas utopías que son de obligado cumplimiento en todo avance, consolidación y progreso de una sociedad "urbanizada", sólo estos conocimientos parecen capaces de dibujar unos horizontes para la enseñanza pública, para los programas televisivos y para la producción de literatura, arte y pensamiento que actúen, como ya se ha dicho, a modo de contrapeso en el seno de unas naciones cada vez más analfabetas en términos funcionales, más indiferentes hacia la educación de escolares y ciudadanos, y más proclives, en todos los ámbitos, a mecanismos de rápido automatismo y de satisfactoria y rentable inmediatez.

La única solución a los problemas que se derivan del planteamiento neoliberal de los Planes de Bolonia respecto a los saberes filológicos, filosóficos o teológicos -y, por extensión, a todos los saberes humanísticos- no puede consistir en aplicar en estos casos los mismos criterios que se aplican a la enseñanza de las "ciencias duras", sino todo lo contrario: en rechazarlos de plano, rotundamente y por imperativo político y moral. Kant opinaba, con muy buen criterio, que el arte "no sirve para nada".

Hoy, casi por una razón de urgencia político-educativa, hay que reivindicar la "inutilidad" comercial de los saberes humanísticos, salvo que deseemos que éstos pasen a convertirse en mercancía, en lugar de un saber intangible, pero eficiente. Lo que debe dirimirse no es sólo el libre mercado en Europa, sino, con carácter perentorio, la construcción de un lugar común en el que la palabra adquiera un valor de carácter imprescindible en la construcción de un demos no sólo experto en "habilidades", sino también preparado para la construcción de una gran democracia de ámbito continental.

Es importante que los licenciados se ganen la vida; pero lo es más todavía que Europa se construya como una entidad política ilustrada, culta y capaz de cultivar en el futuro -como a veces lo hizo en el pasado- aquellos valores que puedan asegurar la configuración de una sociedad plurinacional sólidamente arraigada en el siempre fructífero diálogo y en la dignidad de la palabra, fundamentos esenciales de toda democracia.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de julio de 2007