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sábado, 21 de julio de 2007
Crítica:

¡Es el marco, imbécil!

  • George Lakoff
Esa idea de que los políticos deben decir la verdad se ha quedado anticuada. Ahora se lleva infantilizar a los votantes y reemplazar el debate político por la contienda de los valores y las identidades. Esa y otras máximas son utilizadas por George Lakoff para explicar a los votantes demócratas por qué sus rivales republicanos les han tomado la delantera.

Hay libros que, más allá de sus propósitos explícitos, sobresalen por sus efectos colaterales. Es el caso de este texto, soberbiamente traducido al castellano y escrito para dar a los votantes del Partido Demócrata estadounidense una explicación científica de por qué sus rivales conservadores les han tomado la delantera ante la opinión pública. Al escuchar esta expresión ("explicación científica") el lector puede pensar en largas investigaciones sociológicas, información estadística, infraestructura teórica pesada y costosos dispositivos de contrastación empírica. Nada de eso. Es un best seller de lo más mondo. Lo primero que ha hecho Lakoff es rebajar drásticamente la complejidad que la "psicología del marco" presentaba en sus padres fundadores, como notamos cuando confiesa el agotador ejercicio que propone a sus alumnos de primero de ciencias cognitivas: intenten no pensar en un elefante; claro, la palabra "elefante" crea un marco de grandes orejas, larga trompa y gruesas patas redondeadas del cual es imposible salir, y nadie consigue pensar en otra cosa. A continuación, esta perspicacia le ha permitido descubrir cuál es el "marco" que crea el discurso del Partido Republicano y que ha resultado tan difícil de esquivar para los demócratas como el elefante para sus alumnos: consiste en presentar al Presidente bajo la figura de un John Wayne padre de familia que educa severamente a sus hijos para que puedan sobrevivir en un mundo ferozmente competitivo en el cual nadie tiene derecho a nada más que a lo que pueda conseguir mediante su esfuerzo y astucia. Primer efecto colateral: una inmensa sombra se extiende sobre el sistema educativo de un país en el cual es preciso llegar a ser catedrático de ciencia cognitiva en Berkeley para darse cuenta de semejante simpleza.

NO PIENSES EN UN ELEFANTE

George Lakoff

Traducción de M. Mora

Complutense. Madrid, 2007

174 páginas. 10 euros

Quizá alguien pudiera pensar que lo procedente tras este descubrimiento sería denunciar ante los votantes que el poder político les está tratando como a idiotas. Pues no. Después de que algunos amigos le hicieran notar discretamente que el empleo republicano de tan grosero "marco" no era en absoluto inconsciente, y que un publicista estaba ya ganando casi 200 millones de dólares anuales comercializando el merchandising asociado a la marca (perdón, al marco), Lakoff analiza el "retraso" de los demócratas: por una parte, están anclados en el viejo "mito" ilustrado de que los políticos deben decir la verdad, craso error que la invasión de Irak ha puesto al descubierto mostrando a las claras que para el político lo primero ha de ser la confianza de los electores, y a la verdad que la zurzan; por otra parte, mientras los demócratas gastaban su dinero en ayudar a los más necesitados, los republicanos invertían el suyo en construir su marco (quiero decir "su marca"), formando un gigantesco think tank con cientos de intelectuales adiestrados y distribuidos por el país, hasta el punto de que el 80% de los bustos parlantes de la televisión norteamericana proceden de estas escuelas. Nótese, pues, una segunda consecuencia adyacente: no conformes con llamar "ciencia cognitiva" a las técnicas del marketing publicitario (un auténtico caso de éxito a la hora de "cambiar el marco" desprestigiado por otro de mejor reputación), resulta que llamamos "tanques de pensamiento" a las escuelas de adoctrinamiento propagandístico e "intelectuales" a los presentadores de televisión. Nixon no perdió la presidencia debido a la guerra de Vietnam ni al escándalo Watergate, la perdió porque apareció en televisión diciendo: "No soy un chorizo" (como quien dice: "No penséis en un elefante"), y por tanto aceptó el marco en el cual sus adversarios ya habían colocado su retrato (el típico marco que se les pone a las fotos de los chorizos). Y los republicanos no perderán las elecciones debido a la guerra de Irak o a sus políticas sociales o económicas, las perderán solamente si los demócratas consiguen cambiar el marco. Por eso Lakoff se ha pasado al best seller y ha fundado un think tank para la difusión del nuevo evangelio del marco alternativo. La revelación le vino de cierto intelectual televisivo que se refería a republicanos y demócratas como "el partido de papi" y "el partido de mami", respectivamente. Se trata, por tanto, de presentar al Presidente no como un Master and Commander de la familia competitiva sino como una madre protectora y amorosa que cuida de sus hijos y les educa para que ayuden a quienes más lo necesitan en lugar de pisotearles. Para esto necesitan los demócratas desprenderse de todos los programas salvo de los televisivos, y construirse una visión progresista básica (muy básica, diría yo) "en diez palabras" y "tan americana como el pastel de manzana": a la hora de votar, "más importantes que el terrorismo, que la guerra, que la economía y que la sanidad" son los valores y la identidad y, sobre todo, la familia (pues de ahora en adelante cuando vayamos a votar elegiremos entre papá y mamá). Quienes hayan seguido la campaña de las últimas presidenciales francesas notarán hasta qué punto no va nada descaminado.

Y aquí llega el último y más

grave de los efectos secundarios: si seguimos el programa de Lakoff, ¿estamos cambiando el marco del triunfante "pensamiento" conservador? ¿No consiste precisamente el éxito del conservadurismo en hacer desaparecer la política a fuerza de sustituirla por la moral, infantilizar a los votantes y reemplazar el debate político por la contienda de los valores, las identidades y el pastel de manzana (o la paella)? Aristóteles, que desde luego nunca llegó a catedrático en Berkeley, decía que la polis, "al avanzar en este sentido y hacerse más unitaria, ya no será polis. Pues la polis es por su naturaleza una cierta pluralidad, y al hacerse más una dejará de ser polis y se convertirá en familia (

...). De modo que, si alguien fuera capaz de hacer esto, no debería hacerlo, porque destruiría la polis (...). Una polis no resulta de individuos semejantes. Una cosa es una alianza militar y otra una polis (...). En el mismo sentido diferirá la polis de la tribu (...). Por lo tanto, de todo esto es claro que la polis no es tan unitaria por naturaleza como algunos dicen, y que lo que llaman 'el mayor bien de la polis' la destruye" (Política, 1261 a-b). Para terminar les pido algo más fácil que no pensar en un elefante: piensen que en Europa estamos reformando nuestras universidades según el modelo estadounidense para evitar el defecto que los expertos han detectado en ellas: la sobrecualificación, y que en unos pocos años nos habremos descualificado lo suficiente como para tener catedráticos de ciencia cognitiva peritos en marquetería que asesorarán a los líderes políticos acerca del modelo de familia unida en el cual hay que convertir el Estado (ya contamos con una bonita disputa de valores e identidades), que las fundaciones de los partidos -transformadas en carros blindados contra cualquier pensamiento- reducirán la condición intelectual a la de busto parlante (no sé si les han llegado a ustedes los comentarios de cierto programa de televisión en el cual se exige a los hombres públicos que se dejen de política y que hablen de las cosas básicas de la vida, me temo que del decálogo filosófico del partido de papi y del de mami) y que será difícil distinguir un best seller de una explicación científica. Ustedes verán lo que hacen.

George W. Bush, en el año 2000, durante la Convención Nacional del Partido Republicano en Tejas. / AP

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