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viernes, 24 de noviembre de 2006
Reportaje:

Ocho bolsas de plasma con EPO

El análisis de las pruebas de la Operación Puerto revela sustancias dopantes en la sangre requisada a Eufemiano Fuentes

Los deportistas que recurrían a los servicios del grupo de Eufemiano Fuentes no sólo se dopaban antes de proceder a las extracciones de sangre sino que, además, no eran capaces de controlar las dosis y la duración en su organismo de las sustancias prohibidas que tomaban.

Así se desprende de los resultados de los análisis a que han sido sometidas en el laboratorio antidopaje del IMIM de Barcelona, a petición judicial, las bolsas de plasma halladas en las neveras de los pisos registrados durante la Operación Puerto en mayo pasado. Pese a que el juez envió 99 bolsas para el análisis, sólo se han examinado las más sospechosas, y en ocho de ellas, según consta en el informe que obra en poder del juez, se encontraron elevadas cantidades de EPO recombinante. En el informe no figura la identificación de los deportistas a quienes corresponde el plasma, detalle que no es fundamental en el caso, sino sólo los números y los códigos con que los señalaba Eufemiano Fuentes.

Los deportistas seguían un tratamiento de EPO antes de proceder a la extracción de sangre

Los análisis se efectuaron en el laboratorio antidopaje de Barcelona, homologado por la AMA

Como el laboratorio sólo analizó aquellas bolsas que ofrecían parámetros más sospechosos, no se descarta que si el juez ordena analizar más, se encuentren más resultados positivos.

El juez Antonio Serrano, del 31 de la plaza de Castilla, instruye en la actualidad un sumario por presunto delito contra la salud pública por el que están imputadas ocho personas: los médicos Eufemiano y Yolanda Fuentes y Alfredo Córdova, el hematólogo José Luis Merino Batres, los directores deportivos Manolo Saiz, Vicente Belda e Ignacio Labarta, y el ex ciclista Alberto León. Todos ellos, según las investigaciones de la Guardia Civil, formaban una trama de dopaje de la que se beneficiaban, al menos, 58 ciclistas. Su especialidad consistía en las transfusiones de sangre, indetectables.

Semanas antes de las competiciones, a los deportistas se les extraía sangre, que inmediatamente era centrifugada para proceder a la separación entre los glóbulos rojos, concentrado de hematíes, y plasma. Ambos productos se conservaban congelados y refrigerados. Llegada la competición, el deportista se reinyectaba el concentrado de glóbulos rojos, con lo que automáticamente aumentaban su hematocrito y hemoglobina, y con ellos su capacidad de transporte de oxígeno, parámetro fundamental en los deportes de resistencia. El plasma se conservaba por si era necesario "aligerar" la sangre, es decir, por si tras una reinfusión el hematocrito se elevaba peligrosamente y era necesario aumentar el volumen sanguíneo.

A diferencia de los concentrados de hematíes, con una vida media limitada incluso si se conservan congelados, el plasma no tiene fecha de caducidad, por lo que los acusados conservaban bolsas extraídas hace varios años.

La manera más directa para probar un delito contra la salud -suponiendo que la extracción, conservación y reinfusión de sangre en las condiciones en que se practicaba no lo fuera- era demostrar que había habido una manipulación previa o posterior a la extracción y, sobre todo, que los médicos no fueran capaces de prever las consecuencias para el organismo de las sustancias que ordenaban ingerir. Por eso el juez pidió que se analizara el plasma y no los concentrados de glóbulos rojos, ya que los restos de EPO exógena, por ejemplo, se quedan en el líquido y no se habrían encontrado en los glóbulos. La técnica de detección de EPO en plasma es más complicada que la habitual, que se practica en la orina de los deportistas, y no todos los laboratorios están preparados para efectuarla.

La práctica de la transfusión con fines dopantes se inicia habitualmente con un tratamiento de EPO para que aumente el hematocrito del deportista. Unos días después, cuando se cree que el organismo ha eliminado la EPO, se procede a la extracción. Y dado que el deportista llega con los valores altos tras la toma de EPO, no hay temor a que se produzca una anemia u otra enfermedad que impida que se siga entrenando.

Los especialistas sostienen que los médicos que practicaban las transfusiones debían extremar el cuidado para evitar que quedaran restos de EPO, sobre todo, pero también de hormona del crecimiento o de otros productos dopantes, en el plasma, ya que la posterior reinfusión de éste podía provocar un inesperado control positivo.

Así, el hecho de que, pese a extremar las precauciones, el laboratorio antidopaje de Barcelona, homologado por el Comité Olímpico Internacional (COI) y la Agencia Mundial Antidopaje (AMA), hallara restos de EPO exógena en ocho muestras puede dar a entender que los que organizaban el dopaje no tenían un absoluto control sobre el efecto en el organismo de las sustancias que recetaban. La detección, además, puede servir para desbaratar otro de los argumentos de la defensa, que es el de que se conservaba la sangre de los deportistas por motivos necesarios, por si era necesarios tenerla a mano en caso de necesidad.

Eufemiano Fuentes, cuando era médico de la UD Las Palmas. / DIARIO AS

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