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sábado, 4 de noviembre de 2006
Reportaje:

La memoria de un niño al que nunca preguntaron

Un hombre de 63 años descubre a los familiares la fosa donde enterraron a 14 ediles de un pueblo de Salamanca en 1936

Ciudad Rodrigo 4 NOV 2006

"Yo siempre he sabido dónde estaban, pero nunca me lo habían preguntado antes", explica Alfonso Gómez, de 63 años, la persona que ha permitido a la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) encontrar en Ciudad Rodrigo (Salamanca) la fosa donde están enterrados 14 miembros de la corporación municipal de un pueblo cercano, Fuenteguinaldo, fusilados en octubre de 1936.

"Al parecer, los falangistas le pidieron al cura del pueblo que les hiciera una lista de rojos y ateos", explica Bonifacio Sánchez, coordinador de la exhumación. "El 7 de octubre de 1936 fueron a buscarlos casa por casa. A las nueve de la noche ingresaron en la cárcel de Ciudad Rodrigo, y a las cuatro de la mañana les dijeron que les ponían en libertad, pero en la puerta les esperaba un camión que en lugar de llevarlos a casa, los trajo aquí para matarlos", explica Bonifacio.

"Al parecer, el cura hizo una lista de rojos y ateos", afirma Bonifacio Sánchez

Una máquina que la Guardia Civil usa para localizar droga o armas halló la fosa

Su tío, Evaristo Sánchez, labrador, es uno de los 14 hombres que acaban de desenterrar cinco arqueólogos de la Universidad de Valladolid, y su padre, Francisco Sánchez, entonces alcalde de Fuenteguinaldo, estuvo a punto de correr la misma suerte. "Los falangistas vinieron a casa y le pidieron a mi padre el retrato de Pablo Iglesias que tenía escondido. Mientras lo buscaba, encañonaron a mis abuelos como garantía para que no escapara. El secretario del Ayuntamiento, que era muy amigo suyo, se enteró y abortó el plan en ese preciso instante. Cuando mi padre volvió con el cuadro se encontró con los falangistas pidiéndole disculpas y marchándose. Si hubiese tardado menos, ahora estaría muerto", afirma Bonifacio.

Alfonso Gómez pasea por la fosa con una mueca de imperturbable satisfacción. Ha sido él quien ha señalado el lugar donde ahora hay una zanja y un grupo de arqueólogos recuperando esqueletos con nombre y apellidos. "Yo tenía ocho años y trabajaba en esta finca guardando cerdos y ovejas. Había otros dos chicos mayores que siempre me decían: 'Los muertos te van a agarrar una pierna', y yo pasaba un miedo terrible. La hierba crecía más y se veía el cuadrado donde les habían enterrado, pero nunca hubo curiosidad y tampoco nadie me creía, hasta que encontré a esta gente. Estoy contento por haberles ayudado a encontrar a los suyos", dice.

Aún así, no ha sido fácil. Los arqueólogos llevan año y medio buscando la fosa. "Nos ha dado mucha guerra. Ésta era la sexta vez que veníamos a buscarla. Alfonso estaba muy desconcertado, porque pensaba que íbamos a encontrarla a los cinco minutos, pero ha pasado mucho tiempo, la lluvia arrastra sedimentos y el terreno cambia. El día que aparecieron las balas de fusil era el último que nos habíamos dado de plazo", explica Germán Delibes, arqueólogo.

La intervención de un aparato que la Guardia Civil suele utilizar para localizar fardos de droga, armamentos o cuerpos enterrados, el georadar, fue clave para encontrar la fosa. "Hace radiografías del terreno y detecta si ha sido removido o no. Abrimos tres cuadrículas hasta que dimos con los cuerpos", afirma Luis Avial, propietario de la máquina, una especie de cortacésped con ordenador incluido. El detector de metales llevó entonces a las balas. Primero, las de fusil, y a unos 20 metros, las de pistola, el tiro de gracia.

"Si no hubiese sido por Alfonso, nunca hubiese encontrado a mi padre", asegura José Zato, natural de Fuenteguinaldo, de 71 años. Empezó a buscarlo hace tres, cuando murió su madre y vino desde Lasarte (Guipúzcoa), donde vive, para ver si la gente mayor de Ciudad Rodrigo recordaba algo. "Mi madre nunca quiso hablar del tema. Yo tenía año y medio cuando pasó y no tengo ningún recuerdo de mi padre. Tiempo después, mi madre conoció a un portugués y el cura no quería casarlos porque mi padre no figuraba como muerto sino como desaparecido, pero poco antes de que muriera Franco, gracias a un amigo, conseguí un acta de defunción que decía que Alejandro Zato, mi padre, había muerto por arma de fuego. Mi madre se pudo casar por fin. Tenía ya más de 60 años". José sostiene en la mano el que cree es el motivo de que se llevaran a su padre: una réplica de la hoz y el martillo con las siglas de UGT. "Se lo encargaron los de la Casa del Pueblo para el banderín de las manifestaciones. Mi padre no tenía afiliación política, era hojalatero".

Los 14 vecinos de Fuenteguinaldo fueron enterrados juntos ayer en el cementerio del pueblo. "Algunos familiares no han querido participar. Es normal. Hay una viuda que se casó con uno del otro bando, gente que no quiere saber nada...", comentan miembros de la ARMH. "Estoy muy contento. Satisfecho. Tranquilo", concluye José Zato.

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