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Reportaje:

La leyenda del extremo escondido

Giacinto Facchetti, el defensa del Inter que inauguró la era de los carrileros, muere a los 64 años tras una larga enfermedad

Giacinto Facchetti, el futbolista que reinventó el papel de los defensas laterales, símbolo de la pujanza italiana de los sesenta, murió ayer, a los 64 años, tras una larga enfermedad, según informó el Inter de Milán, el club en el que militó durante 18 años.

Poquísimos jugadores italianos han tenido la influencia de Facchetti entre sus compatriotas. El hombre era un concentrado de las aspiraciones míticas de la tifoseria. Se trataba de un delantero reprimido que se reconvirtió en defensa para fundar la saga de los laterales largos. Esta nueva función, muy del gusto nacional, armonizaba la complejidad táctica con la eficacia. Facchetti deslumbró a los aficionados ejerciéndola con una convicción y una elegancia desconcertante.

La estadística revela su naturaleza especial: jugó 634 partidos en el Inter, como lateral o, ya al final, como libero y anotó 75 goles. En el camino puso fin a la hegemonía del Madrid de Di Stéfano, conquistó dos Copas de Europa con su club y una Eurocopa con su selección. En el Mundial de 1970, en México, no pudo alzar la Copa porque tuvo que jugar la final contra Jairzinho, Gerson, Tostão, Pelé y Rivelino.

"Un caballero", dijo Joaquín Peiró al conocer la noticia; "un gentleman". Peiró jugó con Facchetti en el Inter entre 1964 y 1966. Lo primero que le viene a la mente al evocar a su compañero es su poder físico y su bondad: "Era un lateral potente que jugaba con temple. Fue capitán de la selección y del Inter durante muchos años, pero no era el líder del equipo. Los líderes eran Mazzola, Corso y Luis Suárez. Él era un hombre bueno. Se desvivía por atender a sus compañeros".

"Facchetti era un defensa que atacaba por la izquierda", prosigue; "como un extremo. Corso, el 11, partía desde la izquierda y abría un hueco moviéndose hacia el medio. Entonces, por el carril que dejaba, subía Facchetti".

Esta maniobra, teóricamente sencilla, fue recibida como una revolución en los mentideros del fútbol. A su inventor, el técnico Helenio Herrera, le llamaron El Mago. Hombre excéntrico que tomaba decisiones inesperadas, fichó a Facchetti tras verlo actuar como delantero en el Trevigliese, el equipo de su pueblo natal. Lo hizo debutar como lateral izquierdo, contra el Roma, en la temporada 1961-62. El resultado fue decepcionante. Los cronistas hablaron de un Facchetti desastroso. Pero Herrera se interpuso con una frase premonitoria: "Éste chaval será la columna vertebral del equipo".

Facchetti prosperó como lateral zurdo. Pero no lo hizo defendiendo. En Europa no tardó en propagarse el rumor de la existencia de un delantero tapado, un extremo que escapaba de la cueva para aparecer por sorpresa en el callejón del diez tirando diagonales mortíferas. Semanas antes del fichaje de Peiró por el Inter, el 27 de mayo de 1964, este rumor desencadenó uno de los episodios más tristes de la historia del Madrid. El origen de la tragedia fue Facchetti.

El 27 de mayo, el Madrid se presentó en el Prater de Viena para disputar su séptima final de la Copa de Europa. El rival, el Inter, inspiraba todo tipo de aprehensiones en el técnico madridista, Miguel Muñoz. Gento suele recordarlo con una memoria brillante: "Muñoz se equivocó porque estaba obsesionado con parar a Facchetti. Para conseguirlo puso a Amancio a seguirlo y perdimos un delantero. Alfredo [Di Stéfano] no estaba de acuerdo y terminó mandando a Muñoz a la mierda".

El Inter se impuso por 3-1 con goles de Mazzola y Milani. Facchetti no hizo mucho y Di Stéfano no volvió a jugar con el Madrid. Pero ese día la figura del italiano cobró una trascendencia enorme. Amancio, que se enfrentó a él en dos ocasiones, lo recordó con emoción: "El día de la final de Viena se quedó más estático en línea. Cuando subió, yo le seguí hasta donde pude... No era rápido, pero tenía una zancada larguísima. Todavía no se había hecho el nombre que tendría luego. Era tres años más joven que yo y ya se veía un gran jugador y una bellísima persona. Medía 1,90 y entraba muy bien al remate. Como defensa era exquisito. No era brusco con los delanteros, no iba al suelo, no tiraba un pelotazo... Le gustaba salir con el balón jugado. Era el tipo de jugador que cuando falta sus equipos sienten la pérdida".

Dejó la selección en 1977, en vísperas del Mundial de Argentina 78. Renunció porque entendió que no se había recuperado de una lesión. Al dejar el equipo había completado un récord de 94 internacionalidades y tres Mundiales. Sus seleccionadores, Fabbri y Bearzot, nunca le permitieron descolgarse en el ataque como hizo Herrera. Al morir, el técnico le dejó en herencia sus diarios de apuntes. Fue un reconocimiento al jugador que definió su obra.

Quien recupere una foto de la formación del Gran Inter verá que en la de los once titulares posando para la cámara todas las líneas conducen al vértice de la pirámide. En el punto más elevado, sobre Suárez, Jair, Mazzola y Corso, brillará para siempre una onda de pelo de pan de oro y una mirada de halcón sobre dos brazos cruzados. El rostro huesudo, como de grandullón hambriento, le confería el aspecto de un blasón nobiliario en la punta de una pica.

Era el extremo escondido. El gran Facchetti, muerto ayer.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de septiembre de 2006