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viernes, 21 de julio de 2006
Crónica:TOUR 2006 | Decimoséptima etapa

La rabia de un campeón

Landis culmina a lo grande un ataque lejano, se coloca a 30s de Pereiro y a 18s de Sastre y se convierte en el gran favorito

Nada, Landis no dijo nada. No explicó nada. Sólo repetía que lo sentía por el equipo, que les había fallado a todos, que lo sentía, que lo sentía.

La noche cayó triste sobre la zona del hotel de La Toussuire en que se alojaba el Phonak el miércoles. No hay ánimos para nada. El jefe ha hecho crac, catacrac, el Tour está perdido. Sólo caben el silencio y la lamentación. Desde enfrente, cruzando el patio, llegan hasta su ventana las alegrías, los brindis, de la gente del Caisse d'Épargne, del equipo de Pereiro, que ha recuperado el maillot amarillo, que sueña con mantenerlo hasta París, que teme, sin embargo, el Joux Plane, el último puerto del Tour, el más duro, que sabe que en un Tour tan loco cualquier desenlace, cualquier absurdo es posible. Que saben perfectamente que nada hay más terrible que la rabia de un campeón derrotado. La soberbia. Landis, campeón derrotado, campeón ridiculizado. Hundido.

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Clasificación

Por la mañana, Landis se levanta de la cama y parece otro hombre. Da un puñetazo en la puerta que hace temblar todo el albergue. A su alrededor se organiza una célula de crisis. Landis es un extraterrestre. Para él, un yanqui nato, el ciclismo es un deporte de zumbados, de gente sin referencias culturales de la vieja Europa. Su único amor es por la estética, por las fotos amarillentas, por el culto al cuerpo. Landis es un analfabeto funcional ciclísticamente hablando, pero tiene suerte: su equipo es una mina. Su equipo cuenta entre sus filas con Axel Merckx, el hijo del caníbal, y lo dirige John Lelangue, hijo de Bob, director del caníbal, también. Entre todos, por teléfono los distantes, le recuerdan quién fue Eddy Merckx, quién Luis Ocaña. Cómo en la etapa siguiente a que Ocaña le dejara a más de 8m en la subida a Orcières-Merlette en 1971, Merckx organizó un raid de su banda, el Molteni, que dejó al pelotón fuera de control camino de Marsella y a Ocaña pidiendo árnica. Cómo, un día de 1969, en los Pirineos, Merckx porque sí atacó en el Tourmalet y solo, como los campeones, dejó a todo el pelotón en la distancia.

"Tienes que atacar de lejos", le dice Merckx por teléfono a Landis, el menonita de la cadera descabezada. "Estás a 8m de Pereiro, pero no todo está perdido. La etapa es ideal, tres puertos tendidos, Saisies, Aravis, Colombière, y el trueno del Joux Plane".

El mensaje cala. Landis se convence. El equipo hace el resto. Llegado el puerto de Saisies, kilómetro 70 de la etapa, a 130 de la meta, el Phonak acelera en cabeza, estira el pelotón, lo rompe. Landis se desgaja. Se va. Se va en busca de su honor perdido. De su orgullo. Se va como se fue Pantani en el mismo sitio hace seis años, en la misma etapa, en su último día en el Tour, herido por el desprecio de Armstrong, el que voceó que le había dejado ganar en el Ventoux. Se va y nadie piensa que llegará muy lejos, nadie cree que aguantará hasta el final. Nadie piensa que volverá a dar la vuelta al Tour. Se va cojeando, dándose masaje en los descensos al muslo derecho, el de su mala cadera. Como Chiappucci en el 92, cuando hizo temblar a Indurain camino de Sestriere.

Por detrás, Pereiro pone a trabajar a sus chicos, a Zandio y a Arroyo. A hacer lo que puedan. Por detrás, a su rueda, Carlos Sastre, Andreas Kloden, afilan el cuchillo. Sus equipos, parados, esperan el desfallecimiento, el debilitamiento del líder, su soledad en el Joux Plane. Juegan con fuego. En la cumbre de Saisies, la ventaja de Landis, que supera vertiginosamente, uno por uno, a los fugados matinales, es de 3m 25s. Seis minutos en Aravis. 8m35s en La Colombière. Ya es líder virtual. Ya Pereiro ordena parar a sus chicos. Ya Sastre y Kloden, sudores fríos por la espalda, ordenan acelerar a los suyos. Ya comprenden que Landis conseguirá lo que hacía años nadie conseguía en el Tour. El ataque de Sastre, en medio del sombrío bosque del Joux Plane, en la parte más dura, se queda perdido en medio de ese guión. Ejemplo hermoso de la pérdida de tiempo. Por delante, Landis gana incluso tiempo en el descenso. Por detrás, Pereiro, sin cegarse, limita el desgaste.

Termina la etapa. Landis vuelve a soltar su puño con rabia, con fuerza. Esta vez al aire. Gracias a las bonificaciones se coloca a medio minuto de Pereiro, de quien estaba a más de 8m la noche anterior, a 18s de Sastre. Los dos españoles se quedan como Perico Delgado en 1987 y en el mismo sitio: perdidos, con una ventaja mínima, simbólica, en vistas de la contrarreloj de mañana. Y los aficionados españoles creen resurgir los tiempos anteriores a Indurain, el cainismo, la desesperación de una raza de saladores siempre superados por los monstruos del cronómetro.

Landis hace un gesto de rabia al cruzar la meta como vencedor. / ASSOCIATED PRESS

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