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martes, 4 de julio de 2006
COLUMNA

Matrimonio

Nada más lejos de mi intención que criticar el deseo de los gays de casarse con el argumento seudoizquierdista de que el matrimonio es una institución retrógrada y de que reivindicar una boda es de derechas. Esta tesis, proveniente de la progresía más casposa, es una necedad con ribetes dictatoriales y algo fascistas, porque supone desdeñar los derechos de aquellos que no piensan exactamente igual que tú, como si la única manera admisible de ser gay (o persona) fuera ser un progre contrario al matrimonio. Pues no. La vida plena y democrática, y la ampliación de las libertades sociales, pasa porque cada cual pueda ser lo que quiera, en tanto en cuanto no violente la libertad de los demás. Y así, conseguir que dos hombres o dos mujeres puedan casarse es sin duda un progreso. Además, habrá que repetir que ser homosexual no te convierte en una persona diferente. Por eso entre los gays, como entre los heteros, hay gentes de todas las ideologías.

Dicho esto, debo reconocer que, para mí, el matrimonio es, en efecto, algo más bien retrógrado. Por eso nunca entendí el guirigay de la derechona contra las bodas homo, porque suponen una reivindicación y un ennoblecimiento del valor del matrimonio en momentos de decadencia de la institución. Yo provengo de una generación reacia a las bodas y me enorgullece no haberme casado. Es verdad que antes el matrimonio era peor, más tradicional y asfixiante, pero incluso ahora sigue arrastrando una carga de convencionalidad que en ocasiones pesa demasiado. Leo que el primer matrimonio homosexual ya ha pedido el divorcio. Se casaron en octubre y en junio dieron su unión por acabada. Pero lo más triste es que estaban viviendo juntos desde 1993. He aquí una pareja que presumiblemente se llevaba bien y sobre la que el matrimonio cayó como un rayo. Este efecto devastador del vínculo es bastante común. La conyugalidad, reconozcámoslo, puede crear vicios; hay personas que, tras la boda, se creen demasiado seguras del otro y le descuidan. La rutina engorda, la individualidad se resiente, familiares y amigos empiezan a hablarte en un plural perpetuo. El amor es demasiado frágil y la convivencia demasiado difícil como para sumarle la complicada ortopedia de un matrimonio.

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