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COLUMNA

Zombi

En su reciente novela, titulada La velocidad de la luz, Javier Cercas refiere un suceso espeluznante: la existencia terrenal de un hombre que perdió su alma. A este propósito, a lo largo del relato aparece reiterada la palabra zombi. Zombi es hoy un término coloquial que denota mucho cansancio o estupor. No siempre fue así. En un brillante ensayo (Fantastic Metamorphoses, Oxford University Press, 2002), Marina Warner estudia seriamente esta figura tétrica y cita un ilustre precedente. En el noveno círculo del infierno, Dante es informado de que algunos pecadores, por la magnitud de su culpa, son enviados al infierno antes de morir; allí padecen lo indecible mientras su cuerpo, todavía entre los vivos, sigue funcionando, e mangia e bee e dorme e veste panni (y come y bebe y duerme y viste paños). En la tradición africana de las Antillas, un zombi es un ser humano que ha perdido la voluntad, pero conserva la conciencia. Las dos variantes son aplicables al personaje central de La velocidad de la luz. Come, bebe, duerme poco y reflexiona sobre la novela en los tiempos que corren.

A raíz del éxito fenomenal de Soldados de Salamina, Javier Cercas sabe mejor que nadie que la novela, o la ficción en cualquiera de sus manifestaciones coyunturales, es un instrumento poderoso y delicado. Su objetivo fundamental no consiste tanto en identificar al lector con las peripecias de los personajes como en forzarle a comprenderlos y a enfrentarse al dilema moral que le plantea su conducta, de la que es juez y casi parte. Relegarla a simple entretenimiento o, a modo de alternativa, a un artilugio susceptible de análisis académico, es condenar a la novela a la condición de zombi. Un zombi de lujo, con un pasado ilustre, un zombi de buena familia, pero en definitiva, un zombi.

A explorar este arduo territorio Javier Cercas ha dedicado su experiencia, su empeño y su talento. El resultado es una novela absorbente y en muchos momentos dolorosa, en la que el protagonista y el narrador, que es y no es Javier Cercas, se esfuerzan por enfrentarnos a esta difícil tesitura: comprender un horror que es ajeno y es ficticio y también es real y es el nuestro, y calibrar la capacidad de la ficción para guiarnos por el hondo mar de la tragedia.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de abril de 2005