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Crítica:

'Todo sobre mi madre'

En 1999, Pedro Almodóvar rueda su película número 13, Todo sobre mi madre. Un nuevo y personal melodrama con el que triunfó en todo el mundo, y por la que consiguió el Oscar y el Globo de Oro a la mejor película en habla no inglesa, el premio en Cannes al mejor director, el César a la mejor película extranjera en Francia, el David de Donatello a la mejor película extranjera en Italia y seis premios Goya.

La mejor reflexión sobre Todo sobre mi madre fue un comentario espontáneo a la salida del estreno en el festival de Cannes de 1999 y se lo escuché a Catherine Deneuve, que dejaba la sala del Palais du Festival activamente emocionada por la película que acabábamos de ver: "Tiene razón Pedro, los hombres no son necesarios". Y durante la cena, rodeada de cinéfilos franceses o afrancesados, la gran dama del cine europeo nos confesó que Todo sobre mi madre, sin saber muy bien por qué, le había recordado a aquella Ciudad de las mujeres, de Fellini, que un día de finales de los sesenta atravesó como gato escaldado el padre (Marcello Mastroianni) de su hija Nadia en dirección a la gran derrota machista ocurrida a finales del siglo pasado.

Yo creo que Catherine, que por entonces estaba rodando con Lars von Trier (Dancer in the dark), se mostraba celosa de la dedicatoria final de Almodóvar en Todo sobre mi madre: "A la Bette Davis de Eva al desnudo (en realidad, Todo sobre Eva), a la Romy Schneider de Lo importante es amar y a la Gena Rowlands de Opening night de Cassavetes. La Deneuve, que había sido varias veces la inspiración de Buñuel, también deseaba la atención de Pedro. Porque, ante todo, esta película numero 13 de Almodóvar es también, al mismo tiempo, el mejor homenaje que se le puede hacer a las grandes actrices de la pantalla de tela. Los hombres no son necesarios, sí, pero las mujeres, y no sólo las manchegas de su infancia, han tenido que sobrevivir al machismo actuando, fingiendo, ocultando y buscando la bondad de los desconocidos.

Mujeres solas que por bemoles cotidianos tienen que ser magníficas actrices para lograr ser dueñas de su propia soledad, y actrices como la Huma de la película, la enorme Marisa Paredes, que fingen compañía para mejor representar en los escenarios la idea fundacional de soledad femenina. Así se va diseñando el proyecto de Todo sobre mi madre, un melodrama sin complejos intelectuales que expulsa al hombre inútil, valga la redundancia, de la ciudad de las mujeres almodovarianas y recrea un género clásico del cine desde la transgresión de absolutamente todos los tabúes fabricados alrededor del amor, el sexo, la pareja, la maternidad y la familia burguesa. Desde Douglas Sirk, que hace medio siglo inventó los colores del melo, no habíamos visto una reinterpretación tan brillante, actualizada y emocionada del género como en Todo sobre mi madre. Se trata de llorar y hacer llorar (a los personajes, a las actrices, al público), pero con los vivos materiales del presente y del futuro de la condición humana. Algunos críticos han escrito sobre la posmodernización del melo a propósito de esta película, por aquello de aplicarle a Pedro el sambenito pos de la movida madrileña. Pero aun en el caso de seguir aplicando prefijos reductores, yo creo que aquí, en esta hora y pico, se trata exclusivamente del prefijo trans: transexualidad, transplantes, transmisión de sentimientos y virus, transtextualidad. En definitiva, el melodrama transgresor como transmodernidad.

La película arranca con la muerte accidental del hijo (Eloy Azorín) de una enfermera de trasplantes de órganos llamada Manuela (Cecilia Roth) por culpa de un autógrafo no conseguido a la actriz que ambos admiraban, Huma, a la salida de una lluviosa función madrileña de Un tranvía llamado deseo, de T. Williams. Manuela regresa a Barcelona para buscar al padre (Lola, un travestido interpretado por Toni Miró) y decirle que su hijo ha muerto. En Barcelona, Manuela encontrará sentido a su profunda soledad a través de una serie de mujeres que irá frecuentando y entre las que pronto se establece una solidaridad espontánea y se verifica la idea de la bondad desconocida, tan querida a Almodóvar: Agrado (Antonia San Juan), un transexual que ejerce la prostitución y es todo sentimiento, risas y silicona; Rosa (Penélope Cruz), una monja de familia burguesa (Rosa María Sardá y Fernando Fernán-Gómez) que ha quedado embarazada de Lola y contagiada por el sida; Nina, la amante yonqui de Huma (Marisa Paredes), enganchada al tabaco, al teatro y al rol de actriz. Después de su recorrido por la ciudad de las mujeres de Barcelona (a veces explícitamente fellinianas, como en la secuencia magnífica de la prostitución a campo descubierto), Manuela, que logra vivir momentos de gran intensidad solidaria (el memorable guateque con Agrado, Rosa y Huma, a base de Freixenet, confidencias y cacahuetes), acaba aceptando la maternidad del bebé contaminado que Rosa, muerta en el parto, tiene con el travestido Lola, el padre letal del hijo que murió por culpa del no autógrafo de Huma y desencadenó la aventura. Almodóvar tensa las cuerdas teatrales del melodrama, que siempre fue un género realista, sí, pero contaminado por el delirio y que busca los artificios extremos, incluso inverosímiles, de la imaginación y sobre todo del propio género cinematográfico para ofrecernos a partir de estos materiales radicalmente femeninos y transmodernos, digámoslo otra vez así, una emotiva historia contemporánea que sólo intenta ser un "océano de dolor", como él mismo dijo un día de 1993 a la salida de una película de John Cassevetes con Gena Rowlands: "Ayer he visto Opening night y la he recibido como la confidencia de la que yo participo plenamente, una emoción activa (...) Fue una de las emociones más intensas de mi vida y estaría orgulloso si yo pudiera hacer algún día una película así. Tiene todos los elementos que me gustan en el cine: una actriz, una obra teatral, la relación con el director, el amante que es un actor y un inconmensurable océano de dolor".

Y lo consiguió e incluso lo superó. No olvidemos que el arranque de Todo sobre mi madre, con el accidente del hijo de Manuela bajo la lluvia en busca de un autógrafo a la salida del teatro, es una recreación expresa, nunca un guiño, a aquella secuencia primordial de Opening night (Noche de estreno) en la que la joven fan de Myrtle/Huma (Gena Rowlands/Marisa Paredes) también tiene 17 años y esperaba el mañana como uno de los mejores días de su vida.

Mankiewicz, Cassavetes, Tennesse Williams, Fellini y el delirio de Lo importante es amar. Para que no haya la menor duda de las intenciones melo y transgresoras de Almodóvar a la hora de levantar este inmenso océano de dolor trans en el que el manchego corrige aquel gran error de la Biblia señalado por la Deneuve a la salida del estreno de Cannes. Dios no creó primero al hombre, sino a Eva.

Perdonarlo todo

Realizada en 1999, Todo sobre mi madre está interpretada por Cecilia Roth, Marisa Paredes, Candela Peña, Antonia San Juan, Penélope Cruz, Rosa María Sardà, Fernando Fernán-Gómez, Toni Cantó y Eloy Azorín en sus papeles principales. Guión y dirección: Pedro Almodóvar. Guión: Pedro Almodóvar. Productor ejecutivo: Agustín Almodóvar. Productor asociado: Michel Ruben. Directora de producción: Esther García. Música original: Alberto Iglesias. Fotografía: Affonso Beato. Sonido: Manuel Rejas. Montaje: José Salcedo.

Sobre la película escribió Guillermo Cabrera Infante en EL PAÍS: "Todo sobre mi madre podría tener como divisa una frase famosa de una mujer, Mme. De Stael, que dijo: 'Comprenderlo todo es perdonarlo todo'. Ésa es la filosofía según Pedro Almodóvar".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de diciembre de 2004

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