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martes, 26 de octubre de 2004
COLUMNA

José Luis Cano

"Que yo sepa, es ésta la tercera vez que un poeta intenta, temerariamente, la aventura, no sé si útil o inútil, de una Antología de poetas andaluces". Así empezó José Luis Cano, en 1952, el prólogo a su Antología de poetas andaluces contemporáneos (Madrid, Ediciones Cultura Hispánica). Lo acabo de releer y, con su modestia, su humor y su emoción contenida, me ha devuelto la imagen -figura y voz- de aquel simpático algecireño de 1912 transplantado muy joven a Málaga y a quien, ya en Madrid, tuve la gran suerte de frecuentar esporádicamente a lo largo de unas tres décadas.

Antes de que tuviera lugar nuestro primer encuentro, allá por 1966, creo que en la tertulia que presidía Antonio Rodríguez Moñino en el café Lyon, frente a Correos, ya conocía a José Luis Cano por algunos ensayos suyos -siempre enjundiosos- y por sus artículos de Ínsula, revista que manejábamos todos los hispanistas europeos y norteamericanos y que desempeñó un papel fundamental de enlace, durante los años más difíciles de la dictadura, con el mundo exterior. Allí publicamos muchos de nosotros nuestros trabajos iniciales, y a través de la revista, y sobre todo gracias a Cano -que tenía la rara virtud de contestar siempre las cartas, además de acoger con generosidad a los que llegábamos a Madrid con nuestras pesquisas a cuestas- se creó una tupida red de amistades y de complicidades internacionales que creo no ha sido suficientemente valorada en sus consecuencias para la marcha hacia la democracia. Gran conversador, divertido pero con el fondo sobrio que él tanto apreciaba en la mejor poesía andaluza, y que me imagino caracterizaba la suya -me produce rubor admitir que apenas la conozco-, era, sobre todo, para los que andábamos obsesionados con los poetas de la Generación del 27, el vademécum que no sólo conocía al dedillo la vida y las obras de cada uno de ellos sino que había tratado a casi todos personalmente. Con una memoria elefantina y un admirable talento para la anécdota, José Luis contaba los episodios más peregrinos, como, por ejemplo, sus visitas a Dalí y Gala en Torremolinos, entonces minúscula aldea de pescadores, en la primavera de 1930 ("La mirada de Gala me impresionó. Sus ojos fulguraban como si quisiesen quemar todo lo que miraban"), o las expansiones veraniegas de Lorca en Málaga unos años antes, que dejaron una huella imborrable en la sensibilidad del quinceañero.

De los libros de José Luis quiero recordar aquí sobre todo sus biografías de Lorca y Machado, publicadas por Destino, respectivamente, en 1962 y 1975. Pensadas para informar a un gran público, acompañadas de una profusión de ilustraciones y portadoras, para quien quería entender, de un fuerte si disfrazado mensaje antifranquista, tenían detrás un trabajo de investigación muy riguroso pero que -así era la elegancia del hombre- apenas se notaba.

Cano, para quien ser andaluz fue siempre motivo de orgullo, nos dejó en 1999, calladamente como era su costumbre. Anda hoy demasiado olvidado y sería justo que se le hiciera el necesario homenaje póstumo, no sólo por su obra sino por su calidad humana y por su importantísima contribución al hispanismo.

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