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Necrológica:EN MEMORIA DE RAMÓN CALDERÓN

Muere un libre

Los adjetivos sienten compasión de la herida que dejan, al marcharse, los libres. Porque por ella sangra una pérdida que es de los hombres y sus nombres, sobremanera de los santanderinos y de sus calles, que no volverán a gozarlos. Cuál será ahora su entusiasmo. La sombra fósil empieza a acongojarlas, las barre con desdicha en esta primavera ácida e incipiente. Comienza por nosotros, y hoy se lleva a un artista.

Las generaciones de los hombres acaban de perder a Ramón Calderón López de Arróyabe. Mítico o heroico o ambas cosas, su gira por el mundo nos dejó más belleza.Es el segundo de estos calderones portentosos que desaparece en menos de un año. Su hermano Fernando, pintor, dibujante, increíble creador e inventor, se fue hace apenas un parpadeo. Juntos puede que de nuevo ardan y recorran las orillas de México o los tejados de Roma o las Bibliotecas del arte.

Nacido en Santander en 1932, en una atmósfera de cosmopolitismo y libertad, la nota biográfica de Ramón Calderón da cuenta de algo de su mucho: escultura, talento, ilustración, talento, música, talento, fotografía y entusiasmo para escribir, viajar, conocer y comprender. Deja una obra cuajada de aventuras diseminadas por el mundo, más de 40 exposiciones individuales de escultura y pintura en las capitales donde bullía la vanguardia, 33 colectivas e innumerables iniciativas, que abarcan desde el Festival Internacional de Santander, al mundo del jazz, pasando por publicaciones históricas como La Codorniz, Cambio 16, 'The London Mistery Magazine, la ilustración de Timoteo, el incomprendido, de Camilo José Cela (Santander, 1959), colaboraciones en la prensa cántabra, la organización del primer homenaje que se hizo en España a Pablo Picasso (1980) y la primera parte de su obra literaria (¡Ni modo! Relatos de México) publicada en marzo de este mismo año en Santander.

Cruzar la puerta del laboratorio maravilloso de Ramón Calderón es entrar en la estancia de un mago, pero el mago se ha ido. La ciudad de Santander pierde una época, una magia, una delicadeza y una libertad, aunque haya sido tan generoso como para dejarnos a uno de sus hijos, Pedro, volando sobre nuestras cabezas con su arte.

Estrictamente fue dos cosas: heterogéneo y fascinante. Londres, París y Roma le vivieron. También Méjico, que marcaría aún más su pasión por la vida, fronteriza entre la magia y el genio. Ha sido medio siglo de ininterrumpido y fértil sentido de hacer arte, algo tan natural como "coger unas alas y volar", en palabras del propio maestro.

Desde otro planeta cayeron en Santander tres hermanos: crearon, sin parar de viajar hacia adentro y por todo. Inquietos hasta la extenuación de las musas, que en tanto les amaban. Seres únicos de los que nos queda un único: el hermano músico, Juan Carlos Calderón, testigo solitario de su idilio renacentista con el universo.

Si alguien pudiera respondernos qué frecuentaría hoy Leonardo Da Vinci, qué hallaría, sin duda, señalará las andanzas prodigiosas de los calderones en el arte. Y en la vida, hasta en su propia imagen, radiante, que hace que nos sintamos mejor sólo por el hecho de haberlos mirado o conocido.

La cresta de la ola que lleva las cenizas de Ramón y unas rosas ojalá nos curta con el misterioso salitre de su búsqueda. Mas su abstracta e inaprensible concepción de nuestro mundo nos dice que hay que escribir su marcha, por encima del dolor, desde el deslumbramiento. Muere un libre. O los libres no mueren jamás.-

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 4 de abril de 2004