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sábado, 17 de mayo de 2003
Crítica:

Devoción a los ancestros

  • Niall Williams
El gusto de Niall Williams por la narración oral se ve en La caída de la luz. El autor irlandés se traslada hasta mediados del XIX para recuperar la historia de la hambruna que asoló su país, a través de las peripecias de la familia Foley, y con ellos crea un retrato del mundo que venía.

La novela de entonación lírica necesita, en general, espacios restringidos y personajes complejos, y en esa colisión se crea una zona de borrosos contornos, la intimidad que rescata la prosa poética. En sus anteriores novelas, Amor en cuatro letras (1998) y Como en el cielo (1999), ambas en Seix Barral, Niall Williams narraba conflictos e infortunios amorosos con un estilo, lírico, que se ajustaba muy bien a las emociones de sus personajes. En La caída de la luz, en cambio, al escribir sobre un asunto más panorámico y épico, la desmembración y transhumancia de una familia en la hambruna que asoló Irlanda a mediados del siglo XIX, su prosa resulta inadecuada para ofrecer las duras aristas de una experiencia que exigía un lenguaje más próximo a la epopeya que a la lírica. No obstante, pese a esta discordancia, que en ocasiones produce cierto ablandamiento cercano a la cursilería, y gracias al gusto de Williams por la narración de tradición oral, la novela consigue alzarse por encima de sus arritmias, y el resultado es una obra, en sus mejores momentos, que posee la resonancia de las grandes sagas familiares.

LA CAÍDA DE LA LUZ

Niall Williams. Traducción de Ana María de la Fuente. Seix Barral. Barcelona, 2003. 445 páginas. 19 euros

Si hemos de creer al autor, los Foley que protagonizan La caída de la luz es su propia familia, "un relato que ha pasado de padres a hijos", hasta el tataranieto que, convertido en narrador, dota a sus antepasados de un aura de leyenda. La novela comienza con una huida, y con la desesperación de encontrar un lugar donde vivir. Francis, el padre, ha robado un telescopio, porque "dentro estaba el espacio infinito, el medio de salir de los estrechos límites de la historia de su país". Ese instrumento será un símbolo de su ambición y de su fatalidad. Al cruzar un río, las aguas arrastran al padre, y sus hijos se dispersarán, cada uno en busca de su propio destino. La novela sigue las peripecias, el itinerario de los Foley, que abarcará no sólo la geografía irlandesa, sino también algo de Europa, de las lluviosas selvas de África, y mucho de Estados Unidos: la naciente Nueva York con sus bandas de inmigrantes, y las tierras aún salvajes del oeste, en los tiempos de la construcción del ferrocarril.

Mucho de lo que se cuenta en La caída de la luz está regido por la perplejidad y la admiración. Más que narrar las vidas de los Foley, Williams se complace en exaltar el prodigio de la supervivencia. La novela es un canto a los hombres de Irlanda, a sus padecimientos y su lealtad a la familia. A la vez, todo es excesivamente portentoso y fantástico. A excepción del hijo que muere en África, los otros vástagos de Francis Foley ostentan una sobrehumana fortaleza y un ímpetu de héroes cinematográficos que rozan lo inverosímil. A Williams le ha traicionado su devoción a los ancestros. Nada hay en ellos de contraluz o sombra, son relieves estatuarios atrapados en un momento de suprema energía, capaces de superar, por amor a la tierra y a la familia, las adversidades. No cabe quitar mérito a la audacia de sus personajes, pero Williams ha contado su epopeya con tan exaltado lirismo que, en lugar de conferirles veracidad, los ha convertido en arquetipos.

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