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Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA

Hablemos de escritores

En El mal de Montano, último Premio Herralde de novela, Enrique Vila-Matas continúa moviéndose entre la ficción y el ensayo literario. La autora mexicana Margo Glantz resultó finalista con El rastro.

Nada fascina más a Vila-Matas que la dificultad para seguir creando. Como T. S. Eliot, pero desde otra perspectiva, quiere saber por qué ese arte verbal que los clásicos denominaron poesía y que ahora se llama literatura está amenazado de extinción. Eliot atribuyó al narcisismo moderno que se complace en "contemplarse escribiendo" el agotamiento que sobre ella se cierne. Vila-Matas se detiene en otro narcisismo, el del no, calcado sobre ese personaje de Herman Melville, Bartleby, que egregios ensayistas -Borges, Agamben, Deleuze o el mismo Vila-Matas- han convertido en efigie de la retirada del mundo.

Lo singular de Vila-Matas es que transforma esa efigie y su multiplicada influencia en una extraordinaria comedia, sin más trama que una especie de soliloquio interrumpido y recomenzado incesantemente. La dificultad de escribir es su tema, pero, desde luego, no es su registro: a su narrador lo que le importa es que, conscientes del significado del silencio, sus amigos, no obstante, hablen de la vida de la literatura. En realidad, su voz inconfundible y agilísima es fervorosamente jocosa y se muestra sin cesar: habla sobre los que no escriben, habla sobre las dificultades de escribir, habla sobre los escritores.

EL MAL DE MONTANO

Enrique Vila-Matas Anagrama. Barcelona, 2002 316 páginas. 16 euros

De las dos líneas que suele practicar su narrativa -la novela de casualidades tramadas y la crónica de artista-, El mal de Montano no elige una, sino que combina las dos; no sólo las combina, sino que las satura en una espiral de movimiento perpetuo. Empieza como crónica -el hijo de Montano y Montano mismo-, con ciertos toques unamunianos; sigue como enciclopedia de autores preferidos; inserta, en la tercera parte, el retrato del gran aventurero Tongoy, doble itinerante del artista; en la cuarta se vuelve reflexivo y clásicamente proustiano: "Precisamente porque la literatura nos permite comprender la vida, nos deja fuera de ella". Por fin, en la quinta parte llega la madurez, la cena con los muertos: "Me acordé de un poema en el que los hombres y las mujeres de un pueblo llamado Spoon River cuentan, en pequeños epitafios que son autobiografías, que son poemas, sus tristes vidas desde el cementerio en que yacen enterrados".

No es azaroso que aparezca Edgard Lee Masters, el más elegiaco de los poetas norteamericanos de la primera mitad del siglo XX; marca el tono de preparación para el funeral -siempre demorado- de la literatura como arte en peligro. Se puede entonces volver a preguntar: ¿qué peligro? Sería superficial atribuirlo al mercado; sería reaccionario acordar con T. S. Eliot y referirlo sólo al narcisismo autorreflexivo del siglo XX. Pero, sobre todo, sería irrelevante buscar la respuesta en El mal de Montano. La novela elude la contestación y hace del desvío una afirmación: Vila-Matas propone, precisamente, la supervivencia del arte y, sobre todo, la supervivencia de los artistas. Con su mezcla vitalista de ficción, reflexión y relato de viajes, la novela eleva la crónica -con la que empezó- a suprema exigencia genérica. Hay que llevar el registro de una sociedad literaria tan abundante como apasionada; citas, opiniones y retratos de escritores -vivos y muertos, carnales y espectros- constituyen su cuerpo central; en él, indirectamente, se escenifica la veneración del arte. Que la veneración tenga algo de danza macabra es un signo de los tiempos; aun así, el programa de Vila-Matas es el inverso del modelo de Bartleby, que no lo olvidemos, fue producto de una poderosa voluntad torrencial, la de Herman Melville. Y no deja de ser torrencial, también, la amable sociabilidad conversada que El mal de Montano propugna y a la que invita.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de diciembre de 2002

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