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jueves, 25 de abril de 2002
Tribuna:

La crisis de lo político

Las elecciones presidenciales francesas marcan un punto de inflexión de la crisis de legitimidad política que afecta tanto a Europa como al resto del mundo. La globalización de la democracia parece conducir a la crisis de lo politíco, es decir, del sistema de representación ciudadana sobre el que se basa la democracia. Los datos estan ahí: en Francia, una tercera parte de los votantes han apoyado opciones (populistas de derecha o de extrema izquierda que no se reconocen en las instituciones democráticas ni en la Unión Europea). Mirando a Europa en estos momentos, el fenómeno Le Pen es la expresión más espectacular y dolorosa (por afectar a Francia, el país fundador de la democracia política moderna) de una corriente más profunda, que va de la Austria de Haider a la Italia de Berlusconi-Fini-Bossi, pasando por el progreso del populismo xenófobo en Holanda (con la irrupción de Pim Fortuyn), en Dinamarca (haciendo caer el Gobierno socialdemócrata), en Noruega, en Suiza y, en formas más embrionarias, en prácticamente todos los países europeos, junto con el avance en Alemania de Stoiber, el más derechista candidato que ha tenido en años la democracia cristiana, en torno a una plataforma nacionalista y de seguridad. Una ojeada rápida al entorno planetario llevaría a constatar la descomposición del sistema político japonés (que daña gravemente a la segunda economía del mundo), el rechazo unánime de la gente hacia la clase política en la Argentina desestabilizada por la globalización financiera, la vuelta al golpismo (Venezuela) y a la guerra civil (Colombia) en América Latina, la exacerbación de los odios fundamentalistas en la India y Pakistán, la penetración de redes criminales en la mayoría de los Estados africanos, la escalada de la violencia entre israelíes y palestinos, y la tensión persistente entre redes terroristas y dispositivo de seguridad estadounidense, que lleva a priorizar al estado del orden sobre el estado de la libertad. Lo que ocurre en la escena política expresa lo que dicen las encuestas de opinión política en todos los países: los ciudadanos no se sienten representados por sus gobiernos (en una proporción de 2/3 en el ámbito mundial, según Naciones Unidas), tienen una pésima opinión de la honestidad y sentido del servicio público de los políticos y votan más en contra de lo que temen que a favor de lo que esperan.

Creo que hay mucho de común en la creciente incapacidad de las formas democráticas del Estado-nación para representar a los ciudadanos a la vez en la gestión de lo global (donde reside el poder) y en la preservación de lo local (donde vive la gente). Pero tal vez podemos entender mejor el todo yendo por partes y centrándonos en lo que está pasando en Europa. La primera observación es que la crisis de representación proviene a la vez del voto de protesta populista de derecha, del desánimo de los ciudadanos con respecto a los principales partidos del arco democrático y del ascenso del voto alternativo y de extrema izquierda, en particular entre los jóvenes. Por tanto, no se trata tanto de una derechización de la politica, sino de una descomposición de la base política del centro-derecha y del centro-izquierda, según países y coyunturas. En Francia, el Frente Nacional de Le Pen llegó a rozar el 15% del voto hace una década. El impacto actual de un incremento moderado de ese porcentaje en la actual elección se debe a dos factores. Por un lado, a la reforma de la elección presidencial, que permitió la expresión de un voto de múltiples minorías, llevada a cabo por Mitterrand, precisamente para facilitar a Le Pen que quitara votos a la derecha, en uno de esos típicos gestos maquiavélicos con los que Mitterrand contaminó la vida política en Francia. Por otro lado, porque los mismos jóvenes (y menos jóvenes) que ahora se manifiestan en las calles de Francia contra Le Pen no estaban motivados para votar por la izquierda o prefirieron refugiarse en paraísos artificiales de la política, como el trotskismo del siglo XXI. Por tanto, el fenómeno no se llama derechización, sino deslegitimación de la política establecida. Algo semejante ha ocurrido en Italia, en donde el electorado eligió a un Berlusconi perseguido por la justicia, auto-amnistiado con la colaboración de la izquierda, a un Fini neofascista rehabilitado y a un Bossi xenófobo confeso, merced a la abstención de los desanimados y a la cooperación de los comunistas irredentos.

Si salimos del mundo de la política formal y miramos a la sociedad, observamos la fuerza creciente, en la calle y en la opinión pública, del movimiento antiglobalización (o en favor de una globalización alternativa, según las tendencias que coexisten en el movimiento). En los orígenes de ese movimiento está el lema de la primera gran manifestación, la de Seattle en diciembre 1999: 'No a la globalización sin representación'. En principio, se trata de un lema demagógico, porque la Organización Mundial de Comercio, y otras instituciones internacionales, estan integradas por gobiernos que, en su mayoría, son democráticamente elegidos. Pero precisamente el hecho de que esa representatividad para gestionar la globalización sea puesta en cuestión es lo significativo. Sobre todo, cuando ese cuestionamiento es crecientemente compartido por sectores importantes de la opinión pública: 350.000 manifestantes pacíficos en Barcelona no son marginales, pese a quien pese.

Pero, como me preguntaba el presidente Pujol, sinceramente preocupado, en una conversación reciente, ¿de dónde viene esa desconfianza de la gente con relación a los políticos? Le respondo a él y le respondo a usted, si es que le preocupa el tema, en base a los datos que he ido analizando en los ultimos años. Hay que partir de los temas que se repiten en la expresión de esa desconfianza, en los distintos países europeos. Se habla de inseguridad personal, de delincuencia, de violencia, de pérdida de identidad nacional (amenazada por la invasión de los inmigrantes y la supranacionalidad de la Unión Europea), de un trabajo en peligro y una seguridad social sin futuro, de un mundo dominado por las multinacionales, de una vida alienada por la tecnología, de unos gobiernos dominados por burocracias arrogantes, en Bruselas o en Washington, de un superpoder americano sin control, de una Unión Europea pusilánime en el mundo y tecnocrática en Europa, de unos mercados financieros en donde nuestros ahorros se pueden evaporar sin saber por qué, de unos medios de comunicación dominados por el sensacionalismo, de unos políticos venales, serviles y mentirosos. Si lo digo así de mezclado es porque así de mezclado está en la cabeza de la gente. Ese brebaje de miedo y confusión viene en envases diversos según ideologías: desde el populismo del miedo del votante obrero ex comunista hasta el radicalismo antisistema del joven que constata que no hay sitio para él en este mundo globalizado sin que a nadie que él conoce le hayan consultado por dónde íbamos. El mundo ha cambiado de base, en gran parte por fuerzas incontroladas, con los ideólogos del mercado como evangelizadores, el mercado y la tecnología como motores y la clase política montándose en todo lo que fun

cionara (o sea, les diera el poder) a partir de lo que decía el marketing político, el verdadero corazón del sistema político en la era de la información.

Junto a estas causas estructurales de la crisis de la ciudadanía, también ha cambiado la tecnología de la política. Los medios de comunicación se han erigido en el espacio fundamental de la política, aquel en el que se forman las opiniones y las decisiones de los ciudadanos. Esto no quiere decir que los medios de comunicación tengan el poder, pero en ellos se juega el poder. Con lo cual la política tiene que adaptarse a un lenguaje mediático. Que tiene tres reglas: simplificación del mensaje, personalización de la política, predominancia de los mensajes negativos de desprestigio del adversario sobre los positivos que tienen poca credibilidad. Todo ello conduce a la política del escándalo como arma fundamental de acceder al poder, por eliminación del contrario, como ocurrió con Felipe González en España o Helmut Kohl en Alemania y en tantos otros países que en la última década han visto la escena política dominada por acusaciones de corrupción de uno y otro lado. No es probable que haya más corrupción que antes. En realidad, las estadísticas de Transparency International (que usted puede consultar en Internet) muestran a la vez el alto grado de corrupción política en el mundo, pero también que no es más que antes y que disminuye cuanto más democrática es una sociedad. Pero lo que sí ocurre es que todos los partidos han hecho de la denuncia de la corrupción un arma favorita. Y como todos tienen que estar armados con dossiers, como disuasión, el clima general en la ciudadanía es de identificación de lo político con lo corrupto. Y los medios de comunicación no sólo tienen obligación de informar de lo que saben (generalmente filtrado por alguien), sino que también venden más e incrementan su influencia. Y así va decayendo la credibilidad de lo político en el momento preciso en que la complejidad de la política es mayor y en que los ciudadanos se sienten más confundidos y desprotegidos por la globalización incontrolada de sus vidas. De ahí surge la búsqueda ansiosa, la protesta refleja, el grito de basta. Y en ese mundo de búsqueda y confusión proliferan movimientos alternativos y demagogos populistas, sin que a veces sepamos quiénes son unos u otros hasta el día después.

Manuel Castells es autor de El poder de la identidad.

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