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jueves, 28 de junio de 2001
Editorial:

Macedonia se abisma

La volatilidad de Macedonia bordea el descontrol. Pactos o treguas se hacen y deshacen en un día, la atmósfera es de creciente caos y los acontecimientos van en dirección contraria a la avanzada por la OTAN. La Alianza está dispuesta a enviar sus fuerzas para desarmar a la guerrilla si los partidos eslavos y albaneses se ponen antes de acuerdo en un marco de reforma constitucional. Pero en el clima político de la antigua república yugoslava, con un Gobierno de unidad débil y dividido entre pacificadores y belicistas y una brecha étnica cada vez más acentuada por la violencia incesante, la consecución de un pacto ecuánime parece cada vez más lejana.

La Unión Europea acaba de destinar a Skopje a un enviado permanente -Jacques Léotard, impuesto por París- para intentar atajar el incendio. La situación deriva hacia un escenario en el que la acción del poder político es cada vez más irrelevante y el rumbo de los acontecimientos puede ser dictado por el último incidente en cualquier rincón del país. Esta semana, la evacuación por la OTAN de un grupo de guerrilleros armados de una localidad próxima a la capital, operación pactada con el Gobierno, ha estado a punto de desatar una insurrección del eslavismo más extremista. El intento de asalto al Parlamento forzó el escape del presidente Borís Trajkovski, un moderado.

Las potencias occidentales han aprendido poco en los Balcanes, pese a la década transcurrida desde el comienzo de las guerras de descomposición de la antigua Yugoslavia. No era difícil prever que la siembra aniquiladora de Slobodan Milosevic -iniciada en Eslovenia y tan devastadoramente extendida a Bosnia, Croacia o Kosovo- acabara prendiendo en Macedonia, un frágil experimento entre una mayoría eslava dominante y una minoría dominada de origen albanés. Sobre todo después de que la ocupación por la OTAN del fronterizo Kosovo dejase sin propósito a una confusa guerrilla bien engrasada económicamente, que tiene en Macedonia un campo fértil en forma de contencioso étnico no resuelto, pero afrontado hasta hace poco en un marco de convivencia.

Pese a haber invertido recientemente un gran caudal de energía política, la UE y la OTAN no han asumido la facilidad con que el polvorín macedonio puede convertirse en deflagración general. La parsimoniosa estrategia prevista por Bruselas -reforma constitucional más alto el fuego, seguida de negociaciones para desarmar a los rebeldes- está al borde del naufragio precisamente por la sencillez con que en un contexto tan degradado por la violencia los extremistas de uno y otro bando pueden atraer a su campo a los más indefinidos. La explosión del miedo étnico y de la tensión contenida es un fenómeno trágicamente familiar en la región. Desde febrero, casi 100.000 personas han huido de Macedonia.

La OTAN no puede invadir Macedonia para detener los combates. Pero sí puede ser férrea en el control de la frontera con Kosovo y meridiana en disipar cualquier expectativa de partición que pudieran acariciar los insurgentes albaneses. Como debe serlo la UE en su renovación inequívoca de apoyo político y económico al Gobierno prooccidental de Skopje, condicionado a su mesura militar. Pero, en cualquier caso, los estrategas de una y otra organización harían bien en poner a punto un escenario alternativo y menos sometido al estricto cumplimiento por todos los implicados de una secuencia de condiciones que hoy parecen imposibles. Por las gravísimas implicaciones de un estallido en Macedonia para la estabilidad regional y el conjunto de Europa, la situación exige de los poderes occidentales una agenda flexible y enérgica, de inmediato cumplimiento y pegada a la crítica situación sobre el terreno. Diez años de tragedia balcánica son suficientes.

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