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LA CRÓNICA

El Cap de Creus en invierno

A medida que uno se acerca al Cap de Creus le invade la sensación de que se adentra en un mundo inhóspito, en una especie de paisaje lunar maltratado por el viento, la lluvia y las olas. Las rocas parecen como desgarradas, hechas jirones, la hierba se resiste a crecer y los pocos pinos que sobreviven lo hacen casi en posición horizontal, en paralelo al suelo y rendidos al viento. En medio de este paisaje único, la carretera serpentea y se permite repentinas subidas y bajadas, como si jugara al escondite, o como si se esforzara en pasar con disimulo por aquellos espacios recónditos en los que menos ofende a la omnipresente diosa naturaleza. Si Cadaqués es un lugar límite, un pueblo de costa con vocación de isla, el Cap de Creus es el límite absoluto. El finis terrae, el no va más. Aquí, donde mueren los Pirineos, no hay ni bahía recogida, ni embarcaciones de recreo, ni casas de americanos ni bares que inviten a la contemplación sosegada de las olas. Es el reino del mar, el viento y las rocas. Y a menudo de la soledad. Los únicos edificios que se atreven a desafiar este paisaje abrupto son un faro en ruinas que tuvo su momento de gloria en los años sesenta, cuando fue El faro del fin del mundo para una superproducción de Hollywood, un faro moderno todavía en ejercicio y el viejo cuartel de la Guardia Civil, con las paredes desconchadas y rodeado de soledad y silencio.

Si Cadaqués es un lugar límite, un pueblo de costa con vocación de isla, el Cap de Creus es el límite absoluto. El 'finis terrae', el no va más. Ahí tiene su restaurante Christopher Little

'El invierno aquí es muy duro', confiesa Christopher Little, el inglés que hace cerca de diez años instaló en el antiguo cuartel su restaurante. 'Es un lugar difícil en el que no es de extrañar que mis parejas aguanten poco'. Sonríe. 'En verano viene gente de todo el mundo, pero ahora en invierno sólo los fines de semana viene gente de Barcelona, de Girona o de Figueres. Los demás días estás muy solo. Menos mal que tengo libros. Ahora bien, cuando tienes un mal día y estás solo y encima sopla la tramontana es realmente muy duro. Cuando hace mal tiempo de verdad la poca gente que no es derribada por el viento suele asustarse mucho'.

Little devora libros. Es su remedio contra la soledad. Confiesa haber leído varios de Patrick O'Brian, el novelista del mar por excelencia, pero añade que lee libros de todo tipo, sin detenerse en ningún género en especial. Si alguna vez le asalta la duda de si vive en el lugar adecuado, le basta con salir al exterior, sentir el viento en la cara y mirar la costa que se desparrama a su alrededor. 'El mejor momento es aquí por la mañana', dice. 'Hay una luz muy especial y todo parece como nuevo, aunque por la noche, cuando hay luna llena, también es un lugar increíble. Cuando me voy por unos días, a la vuelta siempre me sorprende de nuevo. Es un lugar mágico, sin duda'.

Sobre el Cap de Creus se cuentan en Cadaqués viejas historias de temporales, naufragios y muertes. También se recuerdan los tiempos no tan lejanos del contrabando, cuando había que burlar la vigilancia de la Guardia Civil para esconder la mercancía clandestina en las cuevas de las caletas. Le pregunto a Chris si no sobreviven en el viejo caserón los fantasmas de aquellos años. '¿Fantasmas?', sonríe. 'Aquí los únicos fantasmas son los que vienen con su Golf. Aparte de éstos, nunca he visto a ninguno'. Ni tan sólo en esas noches solitarias de viento y lluvia. 'Si uno no lleva sus fantasmas dentro, nunca los verá'.

Chris Little pasea su mirada por el paisaje abrupto y responde con calma, sin alterarse. Lleva muchos años aquí y el paisaje es de los que infunden carácter. Nació en Inglaterra, en un pueblo cerca de Cambridge, sin mar a la vista. Antes de viajar a España, sin embargo, vivió durante un tiempo en la costa de Cornualles. Ya entonces adivinó que el mar y él serían buenos amigos. Poco antes del año de gloria de 1992, viajó a Barcelona. Le gustó la ciudad. Cuando se le acabó el dinero estuvo trabajando durante un tiempo en el mítico London, cerca de la Rambla. 'Los fines de semana subía a veces a Cadaqués', cuenta, 'y enseguida me di cuenta de que era un sitio muy especial. Al final me instalé allí por un tiempo y cuando tuve la oportunidad de montar el restaurante en el viejo cuartel no lo dudé. He estado de alquiler durante ocho años y hace tan sólo un año que lo he comprado, lo que supongo que significa que pienso quedarme aquí mucho tiempo'.

Little disfruta cocinando, en especial platos indios con un curry artesano, pero también sabe cómo hacer un buen arroz o preparar el pescado que compra en Roses. '¿Pintar? No, no, nada de pintar', sonríe. 'En Cadaqués ya hay demasiada gente que va de artista. Yo ya tengo mi paisaje y mis libros'. Aunque hay momentos en que puede parecer un joven eternamente despistado, uno de esos adolescentes que se lanzan a la carretera y convierten su vida en un viaje, Little, de 38 años, tiene tras de sí un pasado de persona seria. Se doctoró nada menos que en Genética, lo que no es poco en esos tiempos de ovejas Dolly que nos ha tocado vivir. 'Me gustaba', confiesa. 'La genética es fascinante, pero no quería pasarme toda la vida en un laboratorio. Yo hacía investigaciones sobre el ADN y me gustaba, pero las barreras morales son difíciles de establecer y llega un día en que te das cuenta de que no están en tus manos, sino en las de las grandes compañías. No era libre y me cansé'.

Mira de nuevo el paisaje, como si no acabara de creerse el espectáculo de gran formato en el que está inmerso cada día, lanza un suspiro y comenta: 'El invierno es duro y solitario, sí, pero el fin de año estuvo bien. Aquí viene mucha gente porque es el primer punto de la Península donde se ve la salida del sol. Vino tanta gente que tuvieron que cortar el paso a los coches. Hice una cena especial para 70 personas y a las cinco de la mañana preparé chocolate caliente. Trabajé mucho y tuve tan solo una hora y media para estar con los amigos, pero ya está bien. Durante el resto del invierno tengo muchos días para estar solo. Es lo bueno de este sitio'.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 25 de enero de 2001