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martes, 2 de enero de 2001
COLUMNA

El siglo y el progreso

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Pregunta Antoni Bassas si hemos progresado durante el siglo XX. Comparto mesa en Catalunya Ràdio con Victòria Camps, Jorge Wagensberg, Ramon Grau y Salvador Moya. Mi idea del progreso es muy clásica, es la idea ilustrada de la emancipación individual: que cada cual sea capaz de pensar y decidir por sí mismo. El progreso se mide por lo que se haya avanzado en esta dirección. Y, en este sentido, el siglo nos deja un legado positivo: la consagración de los derechos individuales (y sus complementos sociales y culturales), sin distinción de sexo ni condición. En este marco, el proceso de emancipación de la mujer parece irreversible. Al mismo tiempo, los progresos científicos y técnicos, especialmente en aquellas materias que conciernen a las opciones de vida personal, otorgan al individuo enormes responsabilidades que antes estaban reservadas a los dioses o a los poderes absolutos y que ahora le interpelan directamente. Todo esto debería contribuir a hacer del individuo un sujeto más pleno.

Si los que están arriba no bajan unos peldaños para que los de abajo puedan subirlos, el siglo XXI verá como la conflictividad aumenta, y puede que la caducidad de la especie sobre el planeta puede estar más próxima de lo que querríamos imaginarnos

Algunos piensan que el ser humano es bueno por naturaleza. Rousseau hizo de ello una poética y a partir de su teoría se construyeron doctrinas que, a la vista del rosario de atrocidades en que acabaron traduciéndose, dejan en mal sitio las ilusiones del autor del Contrato social. A menudo se ha dicho que en el siglo XX se estrellaron en forma de totalitarismo las grandes fantasías cultivadas durante los dos siglos anteriores. El siglo XX nos ha confirmado que las relaciones entre los hombres (el hombre es un ser social; por tanto, vive, aunque sea incómodamente, siempre en relación con los demás) son relaciones de poder; es decir, que el poder es inmanente a toda relación entre dos o más sujetos (e incluso de un sujeto consigo mismo, pero aquí entraríamos ya en los procelosos campos de la psicología y prefiero dejarlo) y que el poder conduce al abuso. Humillar al empleado, pegar a la mujer, torturar al discrepante, explotar al inmigrante, son ejemplos de como el fuerte se ensaña en la relación de poder, aunque a veces sólo sea para disimular su debilidad. En este sentido, es progreso aquello que, desde el respeto a la autonomía del individuo, pone freno a la tendencia espontánea al abuso de poder, que para mí es el mal.

Desde esta perspectiva, el siglo ha sido contradictorio. Ha batido récords de atrocidades y, al mismo tiempo, ha abierto expectativas jurídicas para un mayor respeto del individuo. Es el siglo de la aceleración, que acaba a una velocidad de vértigo que obliga a preguntarse por los efectos que sobre la propia bestia humana va a tener una cultura -en el sentido de producción, deseo y comunicación- cuyo ritmo parece desbordar la capacidad de asimilación de la especie. Uno de los efectos perversos de esta aceleración -que ha crecido espectacularmente en las últimas décadas- es que ha vuelto a extender la idea de que todo es posible. Dos totalitarismos, dos guerras mundiales y decenas de millones de muertos parecía que nos habían vacunado contra esta pretensión. Pero los macropoderes contemporáneos, convencidos de su omnipotencia, parecen hacer caso omiso a la experiencia. Abundan los diagnósticos -incluso en conferencias oficiales- sobre la imposibilidad de seguir comiendo mundo al ritmo actual. Nadie hace nada para frenar este impulso depredador a gran escala. A la ciudadanía corresponde la presión democrática necesaria para frenar tanta irresponsabilidad. Pero esto significa implicación política, y la política -en este sentido de amplia participación democrática- lleva tiempo de vacaciones. Con los datos actuales -si la ciencia no lo remedia-, si los que están más arriba no bajan unos peldaños para que los que están más abajo puedan subirlos, el siglo XXI verá como la conflictividad aumenta y puede que la fecha de caducidad de la especie sobre el planeta puede estar más próxima de lo que querríamos imaginarnos.

Todo balance del siglo se encuentra con la escasa homogeneidad de un planeta en el que conviven lo más arcaico y lo más moderno. Los elementos de progreso técnico, económico y jurídico que pueden ser indiscutibles en las sociedades más avanzadas dicen poco a miles de millones de seres humanos. Un breve pero imprescindible recordatorio: 200 millones de personas han muerto de hambre -y sus efectos epidémicos- desde el fin de la guerra fría, 2.000 millones no tienen electricidad, 1.500 millones viven con menos de un dólar diario, 27 millones -según el riguroso trabajo de Kevin Bates- están sometidos a la esclavitud (más que el total de africanos que el comercio de esclavos traslado a América).

Puede que el siglo XX no haya sido más atroz que otros. Simplemente por número de personas y por potencialidad destructiva ha alcanzado cifras superiores a cualquier otro. La voluntad de poder ha sido bien repartida a lo largo de toda la historia: el abuso de poder ha acudido siempre a la cita. Lo que sí ha ideado este siglo es lo que Camus llamó los crímenes de lógica: el crimen sistemático, organizado, con argumentos racionales y con el pretexto de la construcción de la sociedad racional perfecta. Y, sin embargo, hay razones para contemplar el futuro con alguna esperanza. Escojo tres, como ejemplo.

La emancipación de la mujer. Ha sido uno los grandes fenómenos de este fin de siglo. No va a cambiar la naturaleza de la especie porque está hecha de relaciones de poder y las mujeres tampoco escapan a esta lógica. Pero cabe esperar que su uso de las estrategias y las tácticas (tanto en la microfísica como en la macrofísica del poder), su manera de actuar sobre los demás sea más sutil, menos grosera, que la del poder masculino, y dé unas formas de convivencia menos humillantes, más ingeniosas, más selectivas, más placenteras. En el bien entendido que todo poder, el de las mujeres también, tiene que ser sometido a crítica porque tiende inexorablemente al abuso.

La ruptura de las fronteras. La globalización es un mito neocapitalista que confunde acerca de la realidad de un mundo que está lejos de ser homogéneo. Pero la movilidad de personas y de ideas aumenta. Y con la movilidad, el contacto entre gentes diversas, que debería ser promesa de fertilidad y no una amenaza como la presentan los poderes más reactivos y los pánicos que éstos alimentan. El peligro es que las fronteras se hagan transversales y que extiendan por el mundo bolsas identitarias cerradas, con escaso contacto con los entornos.

Las biotécnicas al servicio de la calidad de la vida. Nuevas capacidades de actuar sobre la bestia exige mayor responsabilidad. Nos hacen más adultos. Pero la obsesión por el orden hace que las nuevas técnicas puedan servir para hacernos más previsibles. Se habla de genes culturales. Como si el fanatismo religioso, ideológico o identitario pudiera ser una fatalidad natural. Triste manera de eludir la responsabilidad y reducirnos a animales sometidos al imperio indestructible de la necesidad, es decir, de robarnos nuestro secreto: la libertad y el deseo.

Al final del siglo, la responsabilidad sigue siendo la cuestión crucial. La responsabilidad finalmente es el reconocimiento de que no todo es posible. Y de que hay que establecer opciones. Opciones que serán de progreso si contribuyen a la dignidad y autonomía del individuo y a la mayor libertad de cada cual. Todo lo demás, por muchos avances que incluya, es un viaje hacia el pozo de la indiferencia. Es decir, de la sociedad que aguanta impávida todos los abusos de todos los poderes.

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